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El clientelismo político


Sancionado públicamente por los políticos, el clientelismo es, sin embargo, una realidad secular. Para los partidos políticos no ideológicos es una forma de cambiar votos por privilegios; es decir, a cambio de excluir de beneficios gubernamentales a los que no son simpatizantes o miembros del partido. Para los "beneficiarios" del clientelismo, es una forma de subsistencia diaria, huérfana de solidaridad o ideología.

El clientelismo se alimenta de la violencia estructural de un sistema que crea excluidos a los que los partidos brindan beneficios temporales sólo a condición de inscribirse o favorecer a sus candidatos, lo que a su vez produce que otras personas sean excluidas de esos beneficios en un ciclo interminable de violencia contra la dignidad de las personas.

Pero la cultura del clientelismo no es exclusiva de dirigentes políticos no ideológicos, pues ha sumado a gran parte de la población. No es extraño escuchar a cualquiera decir públicamente que las autoridades electas no le han cumplido las promesas de campaña (básicamente, empleo, sin atender su preparación académica o experiencia).

Es lo que el autor panameño Pedro Rivera describe como un pacto de villanos, donde los políticos, a cambio del voto, mantienen las exclusiones sociales, favoreciendo sólo a sus copartidarios y amigos de forma inmediata (una camiseta, un tanque de gas; un mes de luz o agua; etc.), o posterior (puestos de trabajo en la administración pública).

El clientelismo se expresa en la participación en actos de masa durante las campañas electorales, donde los "clientes" participan de lo mismos, a cambio de dinero; viajar al lugar de la concentración y algo de comida para el día (generalmente un emparedado o algo semejante), además de un sueter con los logos del candidato o el partido. Estos obtienen una publicidad que destaca su capacidad de convocatoria. En el medio están los "organizadores" que normalmente también obtienen beneficios sobre todo de carácter económico, hasta hacer de esto un modo de vida, al menos en campaña electoral.

El clientelismo no aporta al desarrollo del país, ni al de los partidos políticos, ni a los excluidos sociales más allá de triviales beneficios momentáneos y cuando se designan en los cargos públicos sin atender su experiencia o preparación, pierde obviamente el país, aunque alguien se alimente "aunque sea por 5 años".

Sería conveniente pensar más en el país, romper el pacto de villanos y provocar compromisos sociales de candidatos y partidos, más allá de las elecciones. Sólo así se sale del subdesarrollo y del repudiado clientelismo.

101 años de Panamá América

 
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