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El clima y la arquitectura



La de Panamá puede calificarse, en algunas ocasiones, como la cultura del calco. Importamos comportamientos y tendencias del mundo entero. Pero lo hacemos sin mayor análisis ni proceso de asimilación; sin adaptaciones. Prueba de ello es lo que en las dos últimas décadas ha ocurrido con la arquitectura. Nuestras casas y edificios son reproducciones de modelos nórdicos, europeos y norteamericanos, a veces asiáticos, pero siempre septentrionales, inadecuados de cualquier manera al trópico nuestro, tan ardiente y necesitado de ventilación y control de la luz solar.
Por esa manía de la copia, Panamá es un país que abandonó la arquitectura colonial, moruna y bella, la que nos trajeron los mediterráneos, que se caracterizaba por los abiertos ventanales, la ventilación cruzada, y los aleros. En su lugar imperan, por ejemplo, las ventanas francesas, y los enormes edificios de cristal que a la postre se convierten en hornos implacables.
Curioso es que la nueva tendencia arquitectónica no vino sola, sino que trajo consigo la necesidad del aire acondicionado. En estos tiempos de crisis energética, la mezcla es suicida.
Se impone una regulación al respecto, pues no es un asunto trivial. La cultura del ahorro debe estar por encima de la moda. La preservación de nuestros bosques, de todo árbol en sitio urbano, es más que un asunto de ecologistas, pues la sombra que propicien nos ayudará en la administración de la energía. La cuestión es que no siempre el árbol compagina con el edificio de vidrio y aluminio. Y es entonces cuando la arquitectura y el clima pasan a ser un tema de supervivencia.

101 años de Panamá América

 
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