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El club de la pelea


CUANDO EL Gobierno decidió sentarse a "dialogar" con los distintos grupos que adversaban las reformas a la seguridad social olvidó un pequeño detalle: que el diálogo no es una situación natural, sino que debe ser construido racionalmente. Me explico mejor: la simple alternancia de fonemas entre dos sujetos no es el tipo de "diálogo" a que uno hace referencia cuando dice que la democracia necesita del diálogo, o que un conflicto se resuelve a través del diálogo y no de la violencia.
El diálogo implica una reflexión previa sobre los actores involucrados, las dimensiones del tema, su oportunidad, su extensión en el tiempo, sus expectativas, y su auditorio, que funciona tanto como público espectador, como notario o testigo.
El diálogo puede ser artefacto o artificio, puede ser estrategia o estratagema, porque es un compuesto de acción y lenguaje, y ni la una ni el otro han estado jamás exentos de ambigüedades. Es cierto que todo diálogo implica entender la posición del otro, pero no menos cierto es que la disposición más frecuente al diálogo proviene de la necesidad de que a uno lo entiendan. Entre entender al otro y darse uno a entender se deslizan una serie de riesgos en el que con frecuencia o uno es sorprendido por la manipulación, o el otro termina tergiversado.
¿Hay alternativas? Sí las hay, ahí está el "club de la pelea", concepto glorificado por una extraordinaria ficción cinematográfica de David Fincher con la que cayó el telón del siglo pasado, y que cada día cobra más realismo en un mundo que ya no se estremece ante los horrores de las guerras en curso, en el prevalece el cinismo, y la violencia está a flor de piel. Nadie que vio en la pantalla Fight Club (1999), basada en una novela homónima de Charles Palahniuk, pudo dejar de sentir el abismo que habita en medio de la civilización. Es el mundo en el que las palabras no tienen sentido, las intenciones están desprovistas de ideales y la rabia domina a quienes se sienten injustamente desfavorecidos por una sociedad hipócrita y vacía.
La filosofía del rencor gana espacio cada día, pero no esperemos que en la realidad nos encontraremos con las figuras masculinas de Hollywood. Antes bien, lo que vamos a ver en los medios es siempre la violencia de los débiles, de los que llegaron a este mundo con desventaja y difícilmente saldrán de ella. Es la agresión de los que se sienten víctimas de las injusticias sociales, y reciclan su dolor causando dolor a personas a las que no conocen pero que, por signos externos, identifican con el poder, la propiedad, o el gobierno. Hay gente que tiene ganas de pelear desde hace rato y ahora ha encontrado la ocasión de hacerlo. Simultáneamente, el gobierno se sentó a conversar en una mesa con CONATO, en otra con FRENADESSO, en otra con los educadores. ¿Cuántas más hay? No lo sé, pero probablemente haya otras. ¿Cuál es la estrategia? ¿Negar que la discusión tenga un carácter ciudadano y concretarse a lo meramente gremial? No lo sé. Lo que sí sé es que en el "Club de la Pelea" una de las reglas es que la contienda sólo se hace entre dos. Si hay dos grupos enfrentados, ¿es tan fácil agarrar una silla y sentarse a conversar? ¿No sería mejor buscar una instancia mediadora que garantice el respeto y la observancia de las reglas en el debate? Una conversación de dos es uno contra otro. Una de las peticiones del grupo que rechaza las reformas fue la mediación y los representantes del Ejecutivo harían bien en escucharla.
FRENADESSO también solicitó la presencia de los medios de comunicación y el gobierno igualmente se opuso. Si lo que se quiere es que haya en la sala periodistas que reporten lo ocurrido en el debate, me parece que se trata de una de las reglas elementales de la discusión pública que un asunto como la seguridad social merece. Pero si lo que un grupo quiere es sostener una sesión televisada, en la que se mira a la cámara y se habla al micrófono, todo lo cual está siendo transmitido en directo y a todo color, entonces no es difícil ver que no hay tal diálogo para llegar a un acuerdo, sino que uno se está haciendo campaña de forma gratuita. No es debate, es show, y éstos pueden ser buenos para vender productos -el liderazgo político es un producto en nuestros días-, pero no para producir consensos que generen paz social.
Hasta ahora la retórica del diálogo no ha producido más que enfrentamientos verbales que amenazan con profundizar el clima de desasosiego que ya conocemos de semanas pasadas. Si el Ejecutivo insiste en verse representado por personas que son más conocidas por su agresividad, que por su empatía, habrá mandado un claro mensaje de que el equipo de gobierno también pertenece al "club de la pelea" y que prefiere el enfrentamiento a la solución negociada.
¿Club de debate o club de la pelea? La ciudadanía tiene su opción, pero la lógica del poder produce tentaciones. No está de más recordar que esta puede ser una pelea en la que ambas partes pierdan, aunque los resultados tomen algunos años en aparecer en el marcador de las anotaciones. Aunque a los representantes del Ejecutivo les resulte desagradable la idea, en el Panamá democrático de hoy hay árbitros, gente que no son de ninguno de los bandos en conflicto, y hay jueces que quitan puntos por cada golpe que se dé debajo del cinturón, porque la ética de la discusión sí importa.
El Ejecutivo está a tiempo aún para mostrar que puede reparar los errores que sabe que cometió al imponer la reforma de la seguridad social. Pero el tiempo, como los recursos de la Caja, también se acaba.

101 años de Panamá América

 
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