El colapso de un régimen
Pocas son las voces en el exterior que lamentan la bochornosa salida de Hugo Chávez del Palacio de Miraflores. Sin embargo, no es el mejor augurio para la democracia del continente que hayan sido oficiales vestidos en uniforme de campaña quienes anunciaron el colapso de su régimen que hace pocos años llegó al poder con una inmensa ola de popularidad.
La Casa Blanca, con Bill Clinton tanto como con George W. Bush, reaccionó con asombrosa equanimidad ante la fogosa retórica que emanaba de la incansable boca del ex-capitán paracaidista que en 1992 encabezó un fracasado golpe contra el presidente Carlos Andrés Perez.
"Nos hacemos los sordos cuando habla pero estamos pendiente a lo que hace y mientras las exportaciones de petróleo siguen su curso normal nos callamos", me dijo no hace tanto John Maisto, un ex-embajador en Caracas que ahora dirige el departamento para Latinoamérica del Consejo Nacional de Seguridad que asesora al presidente Bush.
Venezuela proporciona a Estados Unidos 1,5 millones de barriles de petróleo al día; sólo por eso el Gobierno de Washington apretaba los dientes y callaba cuando Chávez viajaba a Libia o Irak, cuando se volcaba con Fidel Castro, cuando no escondía su complacencia con la guerrilla colombiana o cuando condenaba la campaña militar estadounidense sobre Afganistán.
Pocos, en Washington, dudaron de que la tolerancia que el gobierno de Bush aparentaba hacia Chávez se acababa cuando la semana pasada los trabajadores del petróleo se declararon en huelga amenazando y se paralizaron las exportaciones. Nadie disimuló su satisfacción con su derrocamiento por lo cual ni bien triunfó el golpe encabezado por el Estado Mayor del ejército venezolano, el vocero del departamento de Estado no tardó echarle en cara a Chávez todos los males que sufre Venezuela y de la crisis que acabó con su presidencia.
"El Gobierno de EE UU estaba complacido, casi encantado, con el giro político en Venezuela. Con Chávez desaparece un foco de retórica antiestadounidense que crispaba personalmente a George W. Bush", según el prestigioso periódico madrileno El País.
"El flirteo de Chávez con Irak o Cuba y su posición contraria a la campaña militar en Afganistán sólo se toleraban en Washington por el interés comercial en torno al petróleo. El portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleischer, no esperó a tener informaciones claras antes de dar su opinión, y lo reconoció: "Los detalles son todavía confusos, pero sabemos que las acciones del Gobierno de Chávez son las que provocaron la crisis", aseguró.
Según el portavoz, Chávez ordenó disparar contra los manifestantes pacíficos, y por eso militares y policías "se negaron a aceptar semejante violación de los derechos humanos".
Pero esta versión es muy discutida ya que, según algunos observadores independientes, la balacera salió de ambos lados.
Por cierto, aunque Washington no llorará en absoluto la marcha de Chávez, 19 gobiernos latinoamericanos, que conocen a fondo la rezaga que puede venir detrás de un golpe de Estado, de inmediato anunciaron que no están dispuestos a reconocer al nuevo gobierno.
La Casa Blanca expresó "solidaridad con el pueblo venezolano" y prometió cooperación "con las fuerzas democráticas para restaurar los elementos esenciales de la democracia", lo cual parecía implicar que esos elementos no habían desaparecido en las últimas horas sino en los últimos años. Fuentes del Gobierno estadounidense también remarcaron que Chávez renunció a su cargo, lo que permite no tener que valorar si los acontecimientos pueden constituir formalmente un golpe de Estado; eso evita sanciones inmediatas de Estados Unidos y de la Organización de Estados Americanos, que durante el fin de semana aún no sabía a ciencia cierta qué rumbo tomar.
Por su lado, Arturo Valenzuela, que fungió de asesor de Clinton, lamentó que la manera en que fue depuesto Chávez "representa un verdadero retroceso para el hemisferio y para la política de Estados Unidos".
Sólo un golpe de Estado ha conseguido echar a Hugo Chávez del poder en Venezuela. La situación había alcanzado tal grado de deterioro que este caudillo errático ha recibido un empujón. El ejército, espoleado por la calle, ha puesto fin al sueño de una retórica revolución bolivariana encabezada por un ex golpista que ganó legítimamente las elecciones para convertirse, desde el poder, en un autócrata peligroso para su país y el resto del mundo. Las fuerzas armadas, encabezadas por el general Efraín Vásquez, han obrado con celeridad al designar como jefe de un gobierno de transición a un civil, Pedro Carmona Estanga, presidente de la patronal venezolana, a la vez que destituía a los mandos militares compañeros y amigos del depuesto presidente.
Aprovechando la ola de hartazgo de tanta gente con la corrupción del anterior sistema de partidos, Chávez arrasó en las urnas, para hacer luego un uso abusivo de ese poder, con un autoritarismo que llegó incluso a las aulas de los colegios. Su final se veía venir tras las cada vez más numerosas declaraciones de diversos militares, el deterioro de la situación económica y la marea de protesta de la clase media, que creció con la aprobación en diciembre pasado de 49 decretos-leyes de inspiración castrista. Chávez introdujo varios centenares de asesores cubanos en Venezuela, al tiempo que suministraba a La Habana petróleo gratuito, un grifo que ahora se cierra.
La pretensión de Chávez de expandir a todo el continente su populista "revolución bolivariana" recordaba la campaña a mediados del siglo pasado del general Juan Domingo Perón de unificar Latinoamérica con su "Doctrina Justicialista".
Como inicié mi carrera periodística en esa época en Buenos Aires y fui testigo no sólo de muchas horas de la retórica de "mi coronel" y de Santa Evita. También en la capital argentina, notoria como la urbe con el mayor número de sicoanalistas por metro cuadrado, tuve la ocurrencia de que antes de asumir el poder, cada líder político debiera pasar una temporada en el diván de don Sigmund Freud para ver, por lo menos, si lo podían curar de un exceso de gratificación oral.
Esos pensamientos recurrieron en mi mente cuando hace unos seis meses, el embajador de Venezuela, Ignacio Arcaya, me invitó un sábado a la residencia de la embajada en Washington de donde podía sintonizar el programa de televisión "Aló Presidente" a través del cual Chávez se comunicaba con su pueblo todos los fines de semana. Aunque con sus enormes audífonos el mandatario se parecía al viejo Zabludowsky de Televisa, el nivel del diálogo se parecía más al popular programa de niños, "Mr. Rogers" Neighborhood".
Para el cura, el nepotismo no es sólo una falta ética, tomando en cuenta que lo ético debe cristalizar en lo legal. “Lo público no se puede dejar sólo a la conciencia. Requiere leyes y debe haber sanciones”, recalcó.
Respecto al argumento de que si no es exagerado el número de parientes de altos funcionarios nombrados en el gobierno, no es escandaloso el nepotismo, Hanssen manifestó que si se parte de esa premisa, la gestión pública jamás saldrá de la maraña en que se encuentra.
“El problema es que el que legisla es quien tiene el poder y ningún gobierno ni Asamblea quiere legislar en su contra”, agregó.
Calificó de mezquinos a los políticos, quienes actúan con una visión a corto plazo, a diferencia de los estadistas, que lo hacen a largo plazo.
“Sólo la presión ciudadana puede cambiar eso”, dijo, pero recalcó que en el seno de la feligresía debe existir el sentido de responsabilidad cristiana de organizarse.
Lamentó que actualmente se nota lo que hacen los políticos, no por sus programas, sino por quiénes reciben las prebendas. “En el clero hay una preocupación real por la situación que vive el país”, enfatizó el director de Pastoral Social Arquidiocesana.
La Casa Blanca, con Bill Clinton tanto como con George W. Bush, reaccionó con asombrosa equanimidad ante la fogosa retórica que emanaba de la incansable boca del ex-capitán paracaidista que en 1992 encabezó un fracasado golpe contra el presidente Carlos Andrés Perez.
"Nos hacemos los sordos cuando habla pero estamos pendiente a lo que hace y mientras las exportaciones de petróleo siguen su curso normal nos callamos", me dijo no hace tanto John Maisto, un ex-embajador en Caracas que ahora dirige el departamento para Latinoamérica del Consejo Nacional de Seguridad que asesora al presidente Bush.
Venezuela proporciona a Estados Unidos 1,5 millones de barriles de petróleo al día; sólo por eso el Gobierno de Washington apretaba los dientes y callaba cuando Chávez viajaba a Libia o Irak, cuando se volcaba con Fidel Castro, cuando no escondía su complacencia con la guerrilla colombiana o cuando condenaba la campaña militar estadounidense sobre Afganistán.
Pocos, en Washington, dudaron de que la tolerancia que el gobierno de Bush aparentaba hacia Chávez se acababa cuando la semana pasada los trabajadores del petróleo se declararon en huelga amenazando y se paralizaron las exportaciones. Nadie disimuló su satisfacción con su derrocamiento por lo cual ni bien triunfó el golpe encabezado por el Estado Mayor del ejército venezolano, el vocero del departamento de Estado no tardó echarle en cara a Chávez todos los males que sufre Venezuela y de la crisis que acabó con su presidencia.
"El Gobierno de EE UU estaba complacido, casi encantado, con el giro político en Venezuela. Con Chávez desaparece un foco de retórica antiestadounidense que crispaba personalmente a George W. Bush", según el prestigioso periódico madrileno El País.
"El flirteo de Chávez con Irak o Cuba y su posición contraria a la campaña militar en Afganistán sólo se toleraban en Washington por el interés comercial en torno al petróleo. El portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleischer, no esperó a tener informaciones claras antes de dar su opinión, y lo reconoció: "Los detalles son todavía confusos, pero sabemos que las acciones del Gobierno de Chávez son las que provocaron la crisis", aseguró.
Según el portavoz, Chávez ordenó disparar contra los manifestantes pacíficos, y por eso militares y policías "se negaron a aceptar semejante violación de los derechos humanos".
Pero esta versión es muy discutida ya que, según algunos observadores independientes, la balacera salió de ambos lados.
Por cierto, aunque Washington no llorará en absoluto la marcha de Chávez, 19 gobiernos latinoamericanos, que conocen a fondo la rezaga que puede venir detrás de un golpe de Estado, de inmediato anunciaron que no están dispuestos a reconocer al nuevo gobierno.
La Casa Blanca expresó "solidaridad con el pueblo venezolano" y prometió cooperación "con las fuerzas democráticas para restaurar los elementos esenciales de la democracia", lo cual parecía implicar que esos elementos no habían desaparecido en las últimas horas sino en los últimos años. Fuentes del Gobierno estadounidense también remarcaron que Chávez renunció a su cargo, lo que permite no tener que valorar si los acontecimientos pueden constituir formalmente un golpe de Estado; eso evita sanciones inmediatas de Estados Unidos y de la Organización de Estados Americanos, que durante el fin de semana aún no sabía a ciencia cierta qué rumbo tomar.
Por su lado, Arturo Valenzuela, que fungió de asesor de Clinton, lamentó que la manera en que fue depuesto Chávez "representa un verdadero retroceso para el hemisferio y para la política de Estados Unidos".
Sólo un golpe de Estado ha conseguido echar a Hugo Chávez del poder en Venezuela. La situación había alcanzado tal grado de deterioro que este caudillo errático ha recibido un empujón. El ejército, espoleado por la calle, ha puesto fin al sueño de una retórica revolución bolivariana encabezada por un ex golpista que ganó legítimamente las elecciones para convertirse, desde el poder, en un autócrata peligroso para su país y el resto del mundo. Las fuerzas armadas, encabezadas por el general Efraín Vásquez, han obrado con celeridad al designar como jefe de un gobierno de transición a un civil, Pedro Carmona Estanga, presidente de la patronal venezolana, a la vez que destituía a los mandos militares compañeros y amigos del depuesto presidente.
Aprovechando la ola de hartazgo de tanta gente con la corrupción del anterior sistema de partidos, Chávez arrasó en las urnas, para hacer luego un uso abusivo de ese poder, con un autoritarismo que llegó incluso a las aulas de los colegios. Su final se veía venir tras las cada vez más numerosas declaraciones de diversos militares, el deterioro de la situación económica y la marea de protesta de la clase media, que creció con la aprobación en diciembre pasado de 49 decretos-leyes de inspiración castrista. Chávez introdujo varios centenares de asesores cubanos en Venezuela, al tiempo que suministraba a La Habana petróleo gratuito, un grifo que ahora se cierra.
La pretensión de Chávez de expandir a todo el continente su populista "revolución bolivariana" recordaba la campaña a mediados del siglo pasado del general Juan Domingo Perón de unificar Latinoamérica con su "Doctrina Justicialista".
Como inicié mi carrera periodística en esa época en Buenos Aires y fui testigo no sólo de muchas horas de la retórica de "mi coronel" y de Santa Evita. También en la capital argentina, notoria como la urbe con el mayor número de sicoanalistas por metro cuadrado, tuve la ocurrencia de que antes de asumir el poder, cada líder político debiera pasar una temporada en el diván de don Sigmund Freud para ver, por lo menos, si lo podían curar de un exceso de gratificación oral.
Esos pensamientos recurrieron en mi mente cuando hace unos seis meses, el embajador de Venezuela, Ignacio Arcaya, me invitó un sábado a la residencia de la embajada en Washington de donde podía sintonizar el programa de televisión "Aló Presidente" a través del cual Chávez se comunicaba con su pueblo todos los fines de semana. Aunque con sus enormes audífonos el mandatario se parecía al viejo Zabludowsky de Televisa, el nivel del diálogo se parecía más al popular programa de niños, "Mr. Rogers" Neighborhood".
Para el cura, el nepotismo no es sólo una falta ética, tomando en cuenta que lo ético debe cristalizar en lo legal. “Lo público no se puede dejar sólo a la conciencia. Requiere leyes y debe haber sanciones”, recalcó.
Respecto al argumento de que si no es exagerado el número de parientes de altos funcionarios nombrados en el gobierno, no es escandaloso el nepotismo, Hanssen manifestó que si se parte de esa premisa, la gestión pública jamás saldrá de la maraña en que se encuentra.
“El problema es que el que legisla es quien tiene el poder y ningún gobierno ni Asamblea quiere legislar en su contra”, agregó.
Calificó de mezquinos a los políticos, quienes actúan con una visión a corto plazo, a diferencia de los estadistas, que lo hacen a largo plazo.
“Sólo la presión ciudadana puede cambiar eso”, dijo, pero recalcó que en el seno de la feligresía debe existir el sentido de responsabilidad cristiana de organizarse.
Lamentó que actualmente se nota lo que hacen los políticos, no por sus programas, sino por quiénes reciben las prebendas. “En el clero hay una preocupación real por la situación que vive el país”, enfatizó el director de Pastoral Social Arquidiocesana.