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El Colón que yo conozco


Quiero hablar del Colón que conozco, el profundo, del cual muy pocas personas hablan, o que sencillamente no les interesa conocer.

Es una de las ciudades mejor trazadas en América Latina. En ella hay “tres Colón”: el de las 16 calles, el de la carretera Transístmica y el de las costas y montañas, tiene hermosas estructuras como la mansión Blanche; con esos edificios art deco que pocos conocen. El Colón de los artistas, rastafari, el de hombres y mujeres que bajo esos pasillos inmensos juegan dominó. Y no porque no tengan otra cosa que hacer, sino porque después que salen de sus trabajos, se integran y hacen comunidad. El Colón de las iglesias que tienen sus comedores para niños que con esfuerzos propios hacen comidas para cientos de ellos, estudiantes del Abel Bravo, del Rufo A. Garay que con orgullo lucen peinados con trenzas con sus mezclas de colores son afrodescendientes, chinos, indostanes, árabes, hebreos, españoles y de la etnia kuna, mezcla extraordinaria y hermosa de esa provincia. Veo sus mujeres que se ubican fuera del mercado donde venden sus billetes y todo lo que con ellas puedan encontrar. Veo en ellos rebeldía interna de no dejarse caer. Contrario de nuestra ciudad capital, te hablan de los números de las calles. Calle tres, calle cinco, calle seis, calle once y la dirección de sus casas la encontrarás en la 20-18, 50-50. Su bella playita donde algún día podrán volverse a bañar. Paso obligado es el restaurante Eugenio para pedir una taza de café, un huevo “medio medio” y una harina como ellos le llaman a la hojaldre; al restaurante Nacional donde te encuentras a los políticos.

Te vas a la carretera y te encuentras otro Colón, de la gente que trabaja en el campo y en la zona libre, a las madres que les cuesta mandar a sus hijos a la escuela, pero que con orgullo te dicen, soy de Colón. El Colón de costas y montañas con paisaje exuberante, donde puedes hablar con sus habitantes, Yira, Betzaida, Nelson, con pies descalzos, Candadida, Piña y Virginia que te dice “ya tenemos carretera hasta Miguel de la Borda”. En Colón hay profesionales que se quedan en la provincia a pesar de las vicisitudes y hoy quiero saludar esa nueva generación que siente el compromiso de convertirse en profesional y no salir de esta hermosa provincia.

Por eso es que Colón tiene un embrujo, ese que nos llena a los hombres y mujeres que sabemos lo que significa pasar dificultades y que a pesar de ellas nos convertimos en hombres de bien.

Ese es el Colón que queremos, ese es el Colón que quiero, ese es el Colón que no voy a olvidar jamás, por siempre voy a estar con él y su gente.

101 años de Panamá América

 
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