El corazón sobre la tierra
Pese a nuestro pasado militar bolivariano, en 1903 en Panamá se desmanteló al naciente ejército, gracias a un puñado de connacionales que aceptaron sin mayores remilgos esta exigencia de Estados Unidos, con la misma incuria con que ratificaron el ignominioso Tratado Hay Buneau-Varilla y el artículo intervencionista (No. 136) de la Constitución de 1904. Ellos son los mismos que en 1925 pidieron la intervención militar norteamericana que cobró la vida de Ferdín Jaén y las heridas a decenas de humildes panameños que protestaban por el alza de los alquileres.
Las fuerzas armadas nacionales, cuando al fin surgieron, se convirtieron en instrumento represivo al servicio de una oligarquía migajera, a menudo sin proyecto nacional, sin más fin que el de acumular riquezas. Con el tiempo -gracias a las constantes intrigas y conspiraciones palaciegas- los militares criollos sumarían a su calidad siervos y verdugos, la de árbitros de los conflictos sociales y políticos locales. Y este fue el fundamento de las instituciones armadas panameñas de la primera mitad del siglo XX, hasta que concluida la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos decidió librar una nueva conflagración -la llamada Guerra Fría-, y le impuso una nueva doctrina a los ejércitos de América Latina, cuyo principal objetivo fue el de aniquilar, por los medios que fuera, a los movimientos populares, revolucionarios o simplemente a aquellos que expresaran ideas ajenas a sus intereses imperiales.
Los principales centros de enseñanza y propagación de esta nueva doctrina se establecieron en Panamá, donde las bases militares se convirtieron en "fábricas de gorilas". La persecución, los encarcelamientos ilegales, el secuestro, la tortura y el crimen eran las tácticas de esta nueva guerra. Casi siempre, el "enemigo" de Estados Unidos en esa guerra lo era asimismo el de las clases dominantes locales.
Así y a nombre de la democracia hubo decenas de miles de víctimas. Aquí, para citar ejemplos que recuerdo, se asesinó a Rodolfo Aguilar Delgado, líder de las huelgas bananeras de inicios de los "60; a Juan Navas cuando era "interrogado" por agentes del DENI tras regresar de la Unión Soviética de curarse lesiones sufridas durante la rebelión popular de enero de 1964; dejaron enfermar hasta morir (sin prestarle debida atención médica) al dirigente obrero José del Carmen Tuñón, de más de 60 años de edad, en una mazmorra de la Cárcel Modelo.
Responsabilizar directamente a Torrijos de todo cuanto ocurrió, precisamente el dirigente que trató de cambiar esta doctrina y "casar en segundas nupcias a las fuerzas armadas con su pueblo" (por eso lo mataron), es una venganza política.
En Panamá siempre hubo civilistas, los más de los cuales eran aquellos que sufrieron en carne propia los excesos de los militares -los de pañuelos rojos, no blancos-, quienes siempre estuvieron dispuestos a poner el corazón sobre la tierra por las causas populares y por la aniquilación del enclave colonial.
La oligarquía nunca fue civilista. Si acaso, algunas débiles voces cuando algún partido gobernante usaba la fuerza pública contra sus opositores políticos. Si ahora se quiere atribuir responsabilidad al PRD -que por cierto no se constituyó como partido sino hasta 1979- por los delitos que se cometieron tras el golpe del "68, hay que admitir que quienes ahora son sus dirigentes en aquella época no fueron ni los primeros, ni los únicos, ni siquiera los más importantes en legitimar a los golpistas en aquella coyuntura histórica.
Los más importantes fueron, en primer lugar, los norteamericanos, a quienes la cúpula militar le era incondicional (muchos militares criollos estaban emplanillados), y porque tras el golpe, el presidente depuesto huyó a la ex Zona del Canal pese a las demandas de miles de seguidores que le pedían encabezar la resistencia y pelear para recuperar el poder. Arnulfo, en declaraciones poco después que le dio a medios norteamericanos en Miami, criticó al gobierno de Estados Unidos por no acoger su solicitud de intervenir contra los golpistas y devolverle la presidencia. El segundo lugar de importancia le corresponde a los no pocos dirigentes de la partidocracia (los mismos de antes, los mismos de ahora, apellidos más, apellidos menos) los que tras el golpe literalmente corrieron a los cuarteles, varios de los cuales enseguida aceptaron formar parte del gabinete de la llamada Junta Provisional de Gobierno (basta remitirse a los diarios de la época y repasar el árbol genealógico de cada uno).
Si antes del "68 la costumbre de muchos de nuestros políticos era ir a la embajada de la Avenida Balboa a pedir intervenciones, favores o permisos, durante los 21 años de "dictadura", se agregó la de visitar a los comandantes de los cuarteles. Si alguien lo duda, remítase a las famosas 15 mil cajas de los llamados archivos de Noriega, que tras la invasión de 1989 pasaron al control de los norteamericanos y luego al gobierno de turno (y que hoy no se sabe dónde están).
Estos son elementos que no se pueden ignorar para establecer la verdad histórica sobre la represión que siguió al golpe militar del 11 de octubre del "68. Es cierto que deben identificarse a los autores materiales de estos y otros crímenes (¿por qué unos son más importantes que otros?). Para ello también habría que investigar, por ejemplo, los archivos desclasificados de la CIA, no vaya ser que en Panamá, como ya ha quedado demostrado en Chile, El Salvador o Guatemala, las agencias norteamericanas de seguridad tuvieron conocimiento directo de estas actividades criminales. En Panamá los teníamos a una calle de distancia.
En efecto, hay que recuperar la verdad, la verdad histórica, no la verdad oficial del gobierno de turno (perredé, liberal o arnulfista). Es decir, la historia vista como patrimonio fundacional de la nación y no la interpretación basada en los intereses de uno u otro partido.
Se ha propuesto recuperar e identificar los restos de los caídos del "68, pero recuperemos también sus ideales, el legado profundo de su sacrificio para estas y las próximas generaciones.
La paradoja más absurda es la apropiación oportunista de sus restos ocultando sus banderas históricas, mostrándonos, con la complicidad de algunos medios de comunicación, sólo un aspecto de sus vidas, el de víctimas, pero ocultando el otro que antes y ahora tanto los incomoda. Bajo esta óptica, a Hugo Spadafora no lo recuerdan como el revolucionario que, junto con Torrijos, organizó un batallón para combatir en Nicaragua. Y Héctor Gallegos ya no es el "cura comunista" al que los terratenientes de Veraguas habían jurado asesinar, porque estaba sublevando a los campesinos de Santa Fe.
¿Y los arnulfistas que murieron, campesinos humildes que empuñaron las armas para reivindicar al gobierno que habían elegido en las urnas? ¿Y los militares que murieron en esos enfrentamientos?
A Floyd Britton, asesinado en Coiba, a Polidoro Pinzón, los hermanos Santizo y otros tantos que antes y después del golpe, desde las filas del movimiento revolucionario escogieron la lucha armada como la única vía posible para reemplazar al régimen de injusticias y explotación imperiales.
La verdad no es un bien comercial de lucro personal o político. La verdad hay que devolvérsela en primer lugar a sus legítimos dueños, a los que murieron para que tuviéramos Patria. En segundo lugar, la nación necesita recuperar la verdad de todos los que murieron, desde la traición y crimen de Victoriano Lorenzo hasta el genocidio del 20 de diciembre de 1989. Para ello, además de los huesos de todos ellos debemos recuperar sus palabras, pensamientos y sueños, para ponerlos a vivir nuevamente entre nosotros.
Las fuerzas armadas nacionales, cuando al fin surgieron, se convirtieron en instrumento represivo al servicio de una oligarquía migajera, a menudo sin proyecto nacional, sin más fin que el de acumular riquezas. Con el tiempo -gracias a las constantes intrigas y conspiraciones palaciegas- los militares criollos sumarían a su calidad siervos y verdugos, la de árbitros de los conflictos sociales y políticos locales. Y este fue el fundamento de las instituciones armadas panameñas de la primera mitad del siglo XX, hasta que concluida la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos decidió librar una nueva conflagración -la llamada Guerra Fría-, y le impuso una nueva doctrina a los ejércitos de América Latina, cuyo principal objetivo fue el de aniquilar, por los medios que fuera, a los movimientos populares, revolucionarios o simplemente a aquellos que expresaran ideas ajenas a sus intereses imperiales.
Los principales centros de enseñanza y propagación de esta nueva doctrina se establecieron en Panamá, donde las bases militares se convirtieron en "fábricas de gorilas". La persecución, los encarcelamientos ilegales, el secuestro, la tortura y el crimen eran las tácticas de esta nueva guerra. Casi siempre, el "enemigo" de Estados Unidos en esa guerra lo era asimismo el de las clases dominantes locales.
Así y a nombre de la democracia hubo decenas de miles de víctimas. Aquí, para citar ejemplos que recuerdo, se asesinó a Rodolfo Aguilar Delgado, líder de las huelgas bananeras de inicios de los "60; a Juan Navas cuando era "interrogado" por agentes del DENI tras regresar de la Unión Soviética de curarse lesiones sufridas durante la rebelión popular de enero de 1964; dejaron enfermar hasta morir (sin prestarle debida atención médica) al dirigente obrero José del Carmen Tuñón, de más de 60 años de edad, en una mazmorra de la Cárcel Modelo.
Responsabilizar directamente a Torrijos de todo cuanto ocurrió, precisamente el dirigente que trató de cambiar esta doctrina y "casar en segundas nupcias a las fuerzas armadas con su pueblo" (por eso lo mataron), es una venganza política.
En Panamá siempre hubo civilistas, los más de los cuales eran aquellos que sufrieron en carne propia los excesos de los militares -los de pañuelos rojos, no blancos-, quienes siempre estuvieron dispuestos a poner el corazón sobre la tierra por las causas populares y por la aniquilación del enclave colonial.
La oligarquía nunca fue civilista. Si acaso, algunas débiles voces cuando algún partido gobernante usaba la fuerza pública contra sus opositores políticos. Si ahora se quiere atribuir responsabilidad al PRD -que por cierto no se constituyó como partido sino hasta 1979- por los delitos que se cometieron tras el golpe del "68, hay que admitir que quienes ahora son sus dirigentes en aquella época no fueron ni los primeros, ni los únicos, ni siquiera los más importantes en legitimar a los golpistas en aquella coyuntura histórica.
Los más importantes fueron, en primer lugar, los norteamericanos, a quienes la cúpula militar le era incondicional (muchos militares criollos estaban emplanillados), y porque tras el golpe, el presidente depuesto huyó a la ex Zona del Canal pese a las demandas de miles de seguidores que le pedían encabezar la resistencia y pelear para recuperar el poder. Arnulfo, en declaraciones poco después que le dio a medios norteamericanos en Miami, criticó al gobierno de Estados Unidos por no acoger su solicitud de intervenir contra los golpistas y devolverle la presidencia. El segundo lugar de importancia le corresponde a los no pocos dirigentes de la partidocracia (los mismos de antes, los mismos de ahora, apellidos más, apellidos menos) los que tras el golpe literalmente corrieron a los cuarteles, varios de los cuales enseguida aceptaron formar parte del gabinete de la llamada Junta Provisional de Gobierno (basta remitirse a los diarios de la época y repasar el árbol genealógico de cada uno).
Si antes del "68 la costumbre de muchos de nuestros políticos era ir a la embajada de la Avenida Balboa a pedir intervenciones, favores o permisos, durante los 21 años de "dictadura", se agregó la de visitar a los comandantes de los cuarteles. Si alguien lo duda, remítase a las famosas 15 mil cajas de los llamados archivos de Noriega, que tras la invasión de 1989 pasaron al control de los norteamericanos y luego al gobierno de turno (y que hoy no se sabe dónde están).
Estos son elementos que no se pueden ignorar para establecer la verdad histórica sobre la represión que siguió al golpe militar del 11 de octubre del "68. Es cierto que deben identificarse a los autores materiales de estos y otros crímenes (¿por qué unos son más importantes que otros?). Para ello también habría que investigar, por ejemplo, los archivos desclasificados de la CIA, no vaya ser que en Panamá, como ya ha quedado demostrado en Chile, El Salvador o Guatemala, las agencias norteamericanas de seguridad tuvieron conocimiento directo de estas actividades criminales. En Panamá los teníamos a una calle de distancia.
En efecto, hay que recuperar la verdad, la verdad histórica, no la verdad oficial del gobierno de turno (perredé, liberal o arnulfista). Es decir, la historia vista como patrimonio fundacional de la nación y no la interpretación basada en los intereses de uno u otro partido.
Se ha propuesto recuperar e identificar los restos de los caídos del "68, pero recuperemos también sus ideales, el legado profundo de su sacrificio para estas y las próximas generaciones.
La paradoja más absurda es la apropiación oportunista de sus restos ocultando sus banderas históricas, mostrándonos, con la complicidad de algunos medios de comunicación, sólo un aspecto de sus vidas, el de víctimas, pero ocultando el otro que antes y ahora tanto los incomoda. Bajo esta óptica, a Hugo Spadafora no lo recuerdan como el revolucionario que, junto con Torrijos, organizó un batallón para combatir en Nicaragua. Y Héctor Gallegos ya no es el "cura comunista" al que los terratenientes de Veraguas habían jurado asesinar, porque estaba sublevando a los campesinos de Santa Fe.
¿Y los arnulfistas que murieron, campesinos humildes que empuñaron las armas para reivindicar al gobierno que habían elegido en las urnas? ¿Y los militares que murieron en esos enfrentamientos?
A Floyd Britton, asesinado en Coiba, a Polidoro Pinzón, los hermanos Santizo y otros tantos que antes y después del golpe, desde las filas del movimiento revolucionario escogieron la lucha armada como la única vía posible para reemplazar al régimen de injusticias y explotación imperiales.
La verdad no es un bien comercial de lucro personal o político. La verdad hay que devolvérsela en primer lugar a sus legítimos dueños, a los que murieron para que tuviéramos Patria. En segundo lugar, la nación necesita recuperar la verdad de todos los que murieron, desde la traición y crimen de Victoriano Lorenzo hasta el genocidio del 20 de diciembre de 1989. Para ello, además de los huesos de todos ellos debemos recuperar sus palabras, pensamientos y sueños, para ponerlos a vivir nuevamente entre nosotros.