El costo de opinar
EN UNA ENTREVISTA para una revista local, me preguntaron sobre el precio que uno debe pagar por emitir una opinión. La pregunta me sorprendió por dos razones. Nunca me había detenido a pensar el precio que tiene el emitir un juicio sobre una materia cuestionable. Simplemente no se me había ocurrido. Pero en esta sociedad donde todo tiene un costo y nada pareciera gratis -hasta una simple sonrisa tiene su interés- tal concepto se ha encarnado en nuestra psicología y en nuestra conducta, de tal manera que cualquier actitud debe evaluarse por esa especie de contador público automático que cada uno lleva dentro, dispuesto siempre a calcular el riesgo-beneficio hasta de una tierna sonrisa. La segunda razón es porque yo no cobro por opinar. Quienes lo hacen viven de la pluma y la palabra, yo vivo de atender sanos para que no enfermen y de enfermos para que vuelvan a estar sanos.
Tampoco había pensado quién o cómo se evalúa el costo de una opinión. Tal vez porque no siempre el precio de las cosas refleja lo que en realidad cuestan. Si se regulara por la ley de la oferta y la demanda y las opiniones cotizaran en la bolsa de valores del público, existen opiniones francamente sobrevaluadas y las hay inmerecidamente devaluadas. Todo depende del interés del público que las lee o de su gusto y creencias.
Hay quienes sostienen que para opinar se debiera tener licencia y en casos muy específicos maestría o doctorado. Esto suelen opinar quienes al pie de de su opinión confiesan sin sonrojo ser empleados de tal o cual empresa, filósofos de academia o aburridas amas de casa. También debiera tomarse en cuenta el valor del objeto cuestionable, es decir, el tema sujeto a opinión. Por ejemplo, es obvio que el tema sobre la inmortalidad del cangrejo sólo tiene valor para los cangrejos y los que viven de ellos. En cambio la trascendencia social de opinar o su contraparte más interesante -al menos para quien esto suscribe- es la de ofrecer a la opinión de los demás, puntos de vistas propios y/o ajenos considerados de interés general. Queda entendido que el valor final lo pone cada lector.
Hemos visto recientemente con qué calor y ofuscación se han tomado los distintos argumentos del referendo donde el valor del Sí o del No dependía de muy intrincados intereses personales en lo referente a temas sociales, económicos, políticos y culturales.
El otro punto, no menos importante, que pone valor agregado a las opiniones es la calidad del emisor y el modo de hacerlo. Se puede opinar a los golpes, a los insultos, a la soberbia -con o sin antecedentes académicos- u optar por la seducción o el convencimiento racional y objetivo. No es lo mismo que alguien se anime y opine sobre opinar, que Fernando Savater lo haga como en su artículo sobre Lo Opinable e Intolerable. Acerca del primero podríamos anticipar que tales opiniones servirían a algunos obedientes a seguir pensando como lo hacían sus padres y abuelos, cuando no, como sus nietos, o tenga la suerte de que ese artículo le sirva de soporífero o hipnótico que, según la doctrina del relativismo cultural, algo de valor siempre tiene, sobre todo para los insomnes. El otro punto, quizá el más importante, es el de la calidad del receptor, es decir: del lector. El que recibe y justiprecia tal opinión puede transformarse, dependiendo del valor que su ética le otorgue, en receptador o recipiendario. Es decir, en el primer caso puede terminar en la cárcel y en el segundo en miembro de la Real Academia de la Lengua.
Mucho se habla y escribe, aunque nunca lo suficiente, sobre la ética de quienes opinamos pero casi nada sobre la ética del lector. Tema que en un futuro me interesaría compartir con los lectores cuando lo tenga bien estudiado y digerido.
Otra razón que me inquietó fue la posible confusión entre precio y consecuencia, un hecho al que la influencia del pensamiento comercial de moda suele llamar costo. Toda opinión acarrea una consecuencia, buena o mala. Si no lo hace podremos afirmar sin ambages que tal argumento careció de valor, lo cual no quiere decir que su emisor no tuviera que pagar un precio, por lo que, en tal caso, pudiera sospecharse el delito de fraude intelectual al consumidor de opiniones ajenas. Hay columnistas nacionales e internacionales, algunos bien pagados o con sueldo fijo, que caen en dicha categoría. Otros que en verdad poco les falta para ser considerados terroristas semióticos o de los otros.
No hay peor precio o costo para un individuo y para una sociedad que la falta de opinión como consecuencia de la conculcación de la libertad de expresión. La propia condición humana se encuentra entonces abolida. No hay pueblo o nación que no haya sufrido tal atrocidad en algún momento de su historia. Otros han pagado con el exilio o con su vida. Pero nada se compara con el beneficio de saber que una simple opinión dicha en el momento apropiado pueda cambiar, por tratamiento recíproco, en un concepto nuevo e incorporarse al acerbo cultural o a la conducta de la mujer o el hombre cotidiano. Otros hay cuyas opiniones han derribado dictaduras. Nada puede valer más y nada puede costar menos. Por lo menos, así opino yo.
(drjcal@gmail.com)
Tampoco había pensado quién o cómo se evalúa el costo de una opinión. Tal vez porque no siempre el precio de las cosas refleja lo que en realidad cuestan. Si se regulara por la ley de la oferta y la demanda y las opiniones cotizaran en la bolsa de valores del público, existen opiniones francamente sobrevaluadas y las hay inmerecidamente devaluadas. Todo depende del interés del público que las lee o de su gusto y creencias.
Hay quienes sostienen que para opinar se debiera tener licencia y en casos muy específicos maestría o doctorado. Esto suelen opinar quienes al pie de de su opinión confiesan sin sonrojo ser empleados de tal o cual empresa, filósofos de academia o aburridas amas de casa. También debiera tomarse en cuenta el valor del objeto cuestionable, es decir, el tema sujeto a opinión. Por ejemplo, es obvio que el tema sobre la inmortalidad del cangrejo sólo tiene valor para los cangrejos y los que viven de ellos. En cambio la trascendencia social de opinar o su contraparte más interesante -al menos para quien esto suscribe- es la de ofrecer a la opinión de los demás, puntos de vistas propios y/o ajenos considerados de interés general. Queda entendido que el valor final lo pone cada lector.
Hemos visto recientemente con qué calor y ofuscación se han tomado los distintos argumentos del referendo donde el valor del Sí o del No dependía de muy intrincados intereses personales en lo referente a temas sociales, económicos, políticos y culturales.
El otro punto, no menos importante, que pone valor agregado a las opiniones es la calidad del emisor y el modo de hacerlo. Se puede opinar a los golpes, a los insultos, a la soberbia -con o sin antecedentes académicos- u optar por la seducción o el convencimiento racional y objetivo. No es lo mismo que alguien se anime y opine sobre opinar, que Fernando Savater lo haga como en su artículo sobre Lo Opinable e Intolerable. Acerca del primero podríamos anticipar que tales opiniones servirían a algunos obedientes a seguir pensando como lo hacían sus padres y abuelos, cuando no, como sus nietos, o tenga la suerte de que ese artículo le sirva de soporífero o hipnótico que, según la doctrina del relativismo cultural, algo de valor siempre tiene, sobre todo para los insomnes. El otro punto, quizá el más importante, es el de la calidad del receptor, es decir: del lector. El que recibe y justiprecia tal opinión puede transformarse, dependiendo del valor que su ética le otorgue, en receptador o recipiendario. Es decir, en el primer caso puede terminar en la cárcel y en el segundo en miembro de la Real Academia de la Lengua.
Mucho se habla y escribe, aunque nunca lo suficiente, sobre la ética de quienes opinamos pero casi nada sobre la ética del lector. Tema que en un futuro me interesaría compartir con los lectores cuando lo tenga bien estudiado y digerido.
Otra razón que me inquietó fue la posible confusión entre precio y consecuencia, un hecho al que la influencia del pensamiento comercial de moda suele llamar costo. Toda opinión acarrea una consecuencia, buena o mala. Si no lo hace podremos afirmar sin ambages que tal argumento careció de valor, lo cual no quiere decir que su emisor no tuviera que pagar un precio, por lo que, en tal caso, pudiera sospecharse el delito de fraude intelectual al consumidor de opiniones ajenas. Hay columnistas nacionales e internacionales, algunos bien pagados o con sueldo fijo, que caen en dicha categoría. Otros que en verdad poco les falta para ser considerados terroristas semióticos o de los otros.
No hay peor precio o costo para un individuo y para una sociedad que la falta de opinión como consecuencia de la conculcación de la libertad de expresión. La propia condición humana se encuentra entonces abolida. No hay pueblo o nación que no haya sufrido tal atrocidad en algún momento de su historia. Otros han pagado con el exilio o con su vida. Pero nada se compara con el beneficio de saber que una simple opinión dicha en el momento apropiado pueda cambiar, por tratamiento recíproco, en un concepto nuevo e incorporarse al acerbo cultural o a la conducta de la mujer o el hombre cotidiano. Otros hay cuyas opiniones han derribado dictaduras. Nada puede valer más y nada puede costar menos. Por lo menos, así opino yo.
(drjcal@gmail.com)