El crimen del abogado Roque Pérez
El homicidio violento del Lic. Roque Pérez, en las barbas, literalmente, de las propias autoridades que deben respondernos por la seguridad nacional interna, en Colombia hubiese sido una noticia del interior de un gran diario, diseminada ella entre las crónicas de violencia de las últimas 24 horas. En Panamá fue toda una conmoción general. Es la muestra y prueba, aún vigente gracias a Dios, que aquí la violencia sigue siendo una noticia y cierta novedad, afortunadamente. No obstante, cuando analizamos, especialmente cuando vivimos los ciclos de generalización de la violencia, como la de Venezuela o Argentina, debemos preocuparnos más, por el simple hecho de que así ocurrió la entronización de tal violencia en esos países.
Nunca se sabe cómo se inicia una cúspide de un ciclo de violencia profunda. Menos aún, cuando se puede controlar, si es que aquello es posible. Al momento de redactar esta información al público, está fresco el crimen horroroso, se desconoce aún al autor y las motivaciones; las calles se llenan, naturalmente, de especulaciones, cual más maliciosas, sin que se sepa fundamentos reales de ninguna. No se requiere demasiado estudios en las ciencias criminológicas para atender detalles de ese caso siniestro, y para un diagnóstico de nuestra espiral de violencia nacional:
El crimen fue ejecutado con pasmosa sangre fría, propia de sicarios o personas entrenadas para cumplir encargos, al estilo de las mafias de antaño, de Chicago o de las actuales, las colombianas.El método de irrumpir en un escenario, donde hay funcionarios altos, y en este caso hasta escoltas de funcionarios que deben tener agentes entrenados para protegerlos, y que la reacción de éstos, por las causas que sean, no lograrán detener al criminal, llama mucho a preocupación.Los móviles de crímenes a sangre fría en Panamá, en lo común de nuestra historia penal, se registran más bien dentro de los parámetros del crimen pasional; salvo los casos de los asesinatos de índole político como el del general Remón, o el propio de Rubén Miró, o el de Omar Torrijos, y con las connotaciones especiales y ribetes que tuvieron los asesinatos y masacres que en tiempos de los regímenes militares se dieron, los cuales, señalan a unas pocas personas que llegaron a ejecutar algunos de ellos casi en público.Uno de los negocios que generan mayormente asesinatos de esa índole, y tenemos deudos por ellos, son los originados en el narcotráfico y el levado de dinero, con sus conexos.
Nuestro país, y en su momento lo hemos discutido con autoridades de Estados Unidos que no los restriegan, tiene casi desguarnecidas totalmente sus costas amplias sobre los dos océanos. Fuera de los puertos marítimos, aéreos o terrestres principales donde hay ciertos controles, mediocres en nuestra experiencia propia, hay un sinnúmero de áreas cien por ciento seguras para el contrabando criminal de todo tipo. ¿Cómo mantener seguridad en puertos secundarios como El Bongo en Montijo de Veraguas?... ¿O en Santa Catalina, una playa dedicada al surf internacional, en que llegan veleros internacionales a esas prácticas?... ¿O en Palenque en Colón?... ¿O en docenas de lugares en Bocas del Toro, Los Santos o Coclé?... No nos es posible. De ello nos señalaba unos años atrás el ex embajador Hughes, de Estados Unidos. Aceptándole esas críticas que "por nuestras costas ingresa y salía lo que les diera la gana a los contrabandistas", recuerdo que le espeté al diplomático ante su "staff": "Es cierto, como cierto es que la corrupción en su país es mucho mayor. Consumen la mayor parte de la droga del mundo, estimulan su producción y el negociado negro; no vemos que caigan monos gordos, sino maleteros menores, con algunas pocas excepciones". Y, utilizando el dato de un banquero local, le agregué, "sólo en Miami se lava mucho más dinero que en Panamá". Agregándole de paso la alta corrupción de sus policías, con un dato concreto que le señalé entonces: "En Caracas dos mujeres, Anabella Greems e Hilda Serna, jefa y sub jefa de la DEA en ese país, me presionaron para que fuese a acusar ante el gran jurado a Noriega en 1991. Me negué en redondo, y les dije entonces: Ustedes lo crearon, lo engordaron, y cuando yo tomé semejantes riesgos ni se inmutaron; además, quienes le acusan, casi todos tienen cuentas pendientes por asuntos de droga, y ese no es mi caso"... La molestia fue grande de su parte. El caso más pintoresco que le conté al embajador es éste: "Unos meses después en un cable internacional, las dos funcionarias de la DEA en Caracas caían por narcotráfico en California. Ese es uno de los tantos casos que muestra que la fuerza de la plata de las drogas tumba policías y altos personeros aquí, allá y en todas partes. Las secuelas de violencia de ese mal son incalculables y los costos de combatirlo cada vez más difíciles.
Mal de muchos es consuelo de tontos, por lo cual no me quiero quedar en anécdotas: los cuerpos especializados de policía y seguridad tienen que tecnificarse, elevar su nivel, aumentar sus equipos, en especial su adiestramiento del personal, su selección, su supervisión y sus direcciones con gentes capaces y especializados. La política de membresía partidista o amistad con presidentes como motivo de nombrar los jefes es altamente perjudicial para esa misión, más allá de los caracteres individuales de esos personeros. ¡Ser buenas gentes no garantiza ser buenos policías!... Y, un mal mayor que tenemos: la descoordinación, producto de los pleitos personales de cada jefe de parroquia, (Ministerio Público, PTJ, Policía, SPI, etc.) es un hecho tan real como alarmante, cuando se trata de enfrentar flagelos como el de la violencia institucionalizada en un país. ¡Ojo al ojo, que aún no es tarde...!
Nunca se sabe cómo se inicia una cúspide de un ciclo de violencia profunda. Menos aún, cuando se puede controlar, si es que aquello es posible. Al momento de redactar esta información al público, está fresco el crimen horroroso, se desconoce aún al autor y las motivaciones; las calles se llenan, naturalmente, de especulaciones, cual más maliciosas, sin que se sepa fundamentos reales de ninguna. No se requiere demasiado estudios en las ciencias criminológicas para atender detalles de ese caso siniestro, y para un diagnóstico de nuestra espiral de violencia nacional:
El crimen fue ejecutado con pasmosa sangre fría, propia de sicarios o personas entrenadas para cumplir encargos, al estilo de las mafias de antaño, de Chicago o de las actuales, las colombianas.El método de irrumpir en un escenario, donde hay funcionarios altos, y en este caso hasta escoltas de funcionarios que deben tener agentes entrenados para protegerlos, y que la reacción de éstos, por las causas que sean, no lograrán detener al criminal, llama mucho a preocupación.Los móviles de crímenes a sangre fría en Panamá, en lo común de nuestra historia penal, se registran más bien dentro de los parámetros del crimen pasional; salvo los casos de los asesinatos de índole político como el del general Remón, o el propio de Rubén Miró, o el de Omar Torrijos, y con las connotaciones especiales y ribetes que tuvieron los asesinatos y masacres que en tiempos de los regímenes militares se dieron, los cuales, señalan a unas pocas personas que llegaron a ejecutar algunos de ellos casi en público.Uno de los negocios que generan mayormente asesinatos de esa índole, y tenemos deudos por ellos, son los originados en el narcotráfico y el levado de dinero, con sus conexos.
Nuestro país, y en su momento lo hemos discutido con autoridades de Estados Unidos que no los restriegan, tiene casi desguarnecidas totalmente sus costas amplias sobre los dos océanos. Fuera de los puertos marítimos, aéreos o terrestres principales donde hay ciertos controles, mediocres en nuestra experiencia propia, hay un sinnúmero de áreas cien por ciento seguras para el contrabando criminal de todo tipo. ¿Cómo mantener seguridad en puertos secundarios como El Bongo en Montijo de Veraguas?... ¿O en Santa Catalina, una playa dedicada al surf internacional, en que llegan veleros internacionales a esas prácticas?... ¿O en Palenque en Colón?... ¿O en docenas de lugares en Bocas del Toro, Los Santos o Coclé?... No nos es posible. De ello nos señalaba unos años atrás el ex embajador Hughes, de Estados Unidos. Aceptándole esas críticas que "por nuestras costas ingresa y salía lo que les diera la gana a los contrabandistas", recuerdo que le espeté al diplomático ante su "staff": "Es cierto, como cierto es que la corrupción en su país es mucho mayor. Consumen la mayor parte de la droga del mundo, estimulan su producción y el negociado negro; no vemos que caigan monos gordos, sino maleteros menores, con algunas pocas excepciones". Y, utilizando el dato de un banquero local, le agregué, "sólo en Miami se lava mucho más dinero que en Panamá". Agregándole de paso la alta corrupción de sus policías, con un dato concreto que le señalé entonces: "En Caracas dos mujeres, Anabella Greems e Hilda Serna, jefa y sub jefa de la DEA en ese país, me presionaron para que fuese a acusar ante el gran jurado a Noriega en 1991. Me negué en redondo, y les dije entonces: Ustedes lo crearon, lo engordaron, y cuando yo tomé semejantes riesgos ni se inmutaron; además, quienes le acusan, casi todos tienen cuentas pendientes por asuntos de droga, y ese no es mi caso"... La molestia fue grande de su parte. El caso más pintoresco que le conté al embajador es éste: "Unos meses después en un cable internacional, las dos funcionarias de la DEA en Caracas caían por narcotráfico en California. Ese es uno de los tantos casos que muestra que la fuerza de la plata de las drogas tumba policías y altos personeros aquí, allá y en todas partes. Las secuelas de violencia de ese mal son incalculables y los costos de combatirlo cada vez más difíciles.
Mal de muchos es consuelo de tontos, por lo cual no me quiero quedar en anécdotas: los cuerpos especializados de policía y seguridad tienen que tecnificarse, elevar su nivel, aumentar sus equipos, en especial su adiestramiento del personal, su selección, su supervisión y sus direcciones con gentes capaces y especializados. La política de membresía partidista o amistad con presidentes como motivo de nombrar los jefes es altamente perjudicial para esa misión, más allá de los caracteres individuales de esos personeros. ¡Ser buenas gentes no garantiza ser buenos policías!... Y, un mal mayor que tenemos: la descoordinación, producto de los pleitos personales de cada jefe de parroquia, (Ministerio Público, PTJ, Policía, SPI, etc.) es un hecho tan real como alarmante, cuando se trata de enfrentar flagelos como el de la violencia institucionalizada en un país. ¡Ojo al ojo, que aún no es tarde...!