El Darién y la guerrilla colombiana
La etiología de la crisis actual del Darién hay que buscarla en la falta de capacidad del Estado panameño para dejar sentir su presencia a través de las obligantes acciones que le caracterizan y de las medidas de diversa naturaleza con que le corresponde solucionar oportuna y, adecuadamente, la necesidad de una sociedad abandonada, pero que, pese a ello, tiene necesidades profundas de educación, de salud, de trabajo, de viviendas e, inclusive, de seguridad. El Tapón del Darién es una prueba de la inaccesibilidad que caracteriza esta región de la República, hasta hace poco alejada del resto del país por la ausencia de medios suficientes de comunicación terrestre y marítima. El nuevo fenómeno del Darién descansa, entonces, en la herencia acumulada por esta falta de acción del Estado y por su incuria en la solución de los problemas más elementales de la región.
Problemas limítrofes los hay en muchas latitudes de la tierra. Los norteamericanos tienen problemas en sus fronteras causados por los inmigrantes mexicanos. España ha tenido problemas de guerrillas de viejo cuño. Inglaterra, con lo de Irlanda, no deja de aproximarse a estas situaciones. Rusia, en su frontera con China, ha tenido la experiencia que esta situación fronteriza crea y evidencia. A la India le ocurre lo mismo. México, en lo que respecta a las guerrillas, tiene el problema irresuelto hasta la fecha de Chiapas. Y, finalmente, para no ser cansón, llegamos a la insurgencia colombiana y a la situación limítrofe con Panamá.
La experiencia de la comunidad internacional es que con las armas, no todo el tiempo se puede lograr una paz a corto plazo y que, además, sea estable. Actualmente tenemos las acciones bélicas de la OTAN que, hasta la fecha, no han rendido los mejores resultados. Colombia tiene esa experiencia, al tratar durante 40 años de solucionar el problema de insurgencia que afrontan los ejércitos colombianos no sólo con ataques sorpresivos de la guerrilla, sino con viejos y nuevos secuestros, ampliamente publicitados en las últimas semanas.
Los que abogan por una solución de armas y de lucha con los guerrilleros, en nuestro concepto, están equivocados. El camino no es ese. Abogar porque se establezca una base militar en Puerto Obaldía, con la participación de los norteamericanos, no sólo es propiciar otra vez la ocupación del territorio nacional sino que puede significar, al final de cuentas, que la República participe en una aventura militar que, dentro de la última parte de la experiencia colombiana en estos órdenes, no ha rendido los mejores resultados, muy parecidos éstos a la experiencia de los Estados Unidos en Vietnam. ¿Hay acaso recursos para esas aventuras cuando el 50% de la población se consume en inhumana pobreza?.
El envío de algunos miembros de la fuerza de seguridad nacional, por tierra y por mar, con suficientes pertrechos bélicos, no puede significar otra cosa que nos estamos acercando a la comisión de errores más graves, que pueden llegar a afectar la soberanía del Estado panameño al aceptar la participación de la República en una aventura bélica en la que no ha tenido experiencia ni tiene los medios económicos y humanos para sostenerla.
Este problema del Darién, que tenía al principio las características de una situación fronteriza sin mayores consecuencias, saltó a los primeros planos de los diarios porque un canal de televisión, al servicio del Gobierno actual, magnificó la existencia de una crisis que se vino negando sistemáticamente, por los más altos personeros de la actual clique (camarilla) gubernamental. A veces uno tiene derecho a pensar que existen circunstancias muy especiales vinculadas entre lo del Darién y otros actos del Ejecutivo nacional. Qué extraño que se le haya viciado a la opinión pública esta situación y que se haya rodeado de supuestas acciones absurdas, exactamente a escasos días en que debe asumir el poder un nuevo gobierno en Panamá, asunto que ha sido precedido por la creación, artificiosa y con intención política, de una ley que trata de crear la Sala Quinta en la Corte Suprema de Justicia, que las arcas nacionales se encuentren vacías, que los altos cargos, que el gobierno actual no había llenado, lo están llenando ahora, apresuradamente, como resulta ser el cargo, inexistente según tenemos entendido, del subdirector de la ARI. Lo más grave es que a todas estas circunstancias, cuya numeración conocemos que es incompleta, debe enfrentarse el nuevo gobierno sin que a la fecha hubiere revertido el Canal ni la totalidad de la vieja Zona del Canal a manos panameñas, sin que sea cierto que los grupos políticos de los Estados Unidos hayan aceptado, mansamente, la entrega del Canal a la República y que los políticos norteños, de una u otra facción, estén tratando de nutrir la opinión pública con falsas ideas del incumplimiento que podría significar la entrega del Canal a la República el 31 de diciembre venidero, como contractualmente se estableció.
Otro aspecto que vale ser considerado, como consecuencia del problema del Darién y la insurgencia colombiana, es el que plantean quienes sostienen que un fenómeno de esta naturaleza ha sido, artificialmente, elaborado por la CIA para dar la impresión de que se necesita un auxilio militar extranjero que garantice la seguridad del Canal. Siendo como es contractualmente cierto, porque el Tratado sobre Neutralidad Permanente del Canal lo estatuye, cualquier tipo de fenómeno social que, hipotéticamente, pudiera poner en peligro la seguridad del Canal, sería suficiente excusa para que los norteamericanos, en cuyas manos está la ponderación de ese fenómeno político que puede ser causado por actos de los propios norteamericanos o de los propios panameños dentro de la República o fuera del territorio del Estado panameño, podrían justificar conforme a ese criterio una nueva intervención en el país. Los Estados Unidos, unas veces a petición de los propios panameños, supuestamente, para supervisar las elecciones celebradas antes del 2 de mayo último o de motu proprio, han intervenido en la República. La intervención en y la ocupación de Chiriquí que duró dos años, la activa participación norteamericana en la huelga inquilinaria de mediados de los años 20, aunada a la ocupación de la República con 123 bases militares, calculadas para la defensa del Canal durante la última guerra mundial y, finalmente, la reciente invasión ordenada por el ex presidente George Bush, son experiencias luctuosas infamantes que han afectado la imagen nacional en ocasiones cuando no la propia soberanía del Estado panameño.
Usar como trampolín político la guerrilla o la insurgencia colombiana de los paramilitares puede ser una excusa que tenga como justificación hechos elaborados, inclusive, por los Estados Unidos con la historieta de la inseguridad que pudiera rodar todo lo referente al Canal. Todavía no han salido los norteamericanos de todas las bases militares que, sin autorización del Estado panameño, estructuraron en la Zona del Canal, situación esta que, definitivamente, forma parte de todo aquel andamiaje que había convertido a la República en un Estado ocupado. El peligro entonces es que se cumpla el apotegma, que Torrijos dejó para el consumo de las nuevas generaciones panameñas cuando dijo que quedaríamos "bajo el paraguas del Pentágono". Los que sugieren la creación de una base militar norteamericana en Puerto Obaldía se suman, dolorosamente, a quienes consideran que la crisis del Darién debe ser aprovechada para que los norteamericanos no salgan de la República y el nuestro siga siendo un país ocupado. Ello equivale a la negación de la soberanía, necesaria para la existencia y consolidación de todo Estado soberano.
Problemas limítrofes los hay en muchas latitudes de la tierra. Los norteamericanos tienen problemas en sus fronteras causados por los inmigrantes mexicanos. España ha tenido problemas de guerrillas de viejo cuño. Inglaterra, con lo de Irlanda, no deja de aproximarse a estas situaciones. Rusia, en su frontera con China, ha tenido la experiencia que esta situación fronteriza crea y evidencia. A la India le ocurre lo mismo. México, en lo que respecta a las guerrillas, tiene el problema irresuelto hasta la fecha de Chiapas. Y, finalmente, para no ser cansón, llegamos a la insurgencia colombiana y a la situación limítrofe con Panamá.
La experiencia de la comunidad internacional es que con las armas, no todo el tiempo se puede lograr una paz a corto plazo y que, además, sea estable. Actualmente tenemos las acciones bélicas de la OTAN que, hasta la fecha, no han rendido los mejores resultados. Colombia tiene esa experiencia, al tratar durante 40 años de solucionar el problema de insurgencia que afrontan los ejércitos colombianos no sólo con ataques sorpresivos de la guerrilla, sino con viejos y nuevos secuestros, ampliamente publicitados en las últimas semanas.
Los que abogan por una solución de armas y de lucha con los guerrilleros, en nuestro concepto, están equivocados. El camino no es ese. Abogar porque se establezca una base militar en Puerto Obaldía, con la participación de los norteamericanos, no sólo es propiciar otra vez la ocupación del territorio nacional sino que puede significar, al final de cuentas, que la República participe en una aventura militar que, dentro de la última parte de la experiencia colombiana en estos órdenes, no ha rendido los mejores resultados, muy parecidos éstos a la experiencia de los Estados Unidos en Vietnam. ¿Hay acaso recursos para esas aventuras cuando el 50% de la población se consume en inhumana pobreza?.
El envío de algunos miembros de la fuerza de seguridad nacional, por tierra y por mar, con suficientes pertrechos bélicos, no puede significar otra cosa que nos estamos acercando a la comisión de errores más graves, que pueden llegar a afectar la soberanía del Estado panameño al aceptar la participación de la República en una aventura bélica en la que no ha tenido experiencia ni tiene los medios económicos y humanos para sostenerla.
Este problema del Darién, que tenía al principio las características de una situación fronteriza sin mayores consecuencias, saltó a los primeros planos de los diarios porque un canal de televisión, al servicio del Gobierno actual, magnificó la existencia de una crisis que se vino negando sistemáticamente, por los más altos personeros de la actual clique (camarilla) gubernamental. A veces uno tiene derecho a pensar que existen circunstancias muy especiales vinculadas entre lo del Darién y otros actos del Ejecutivo nacional. Qué extraño que se le haya viciado a la opinión pública esta situación y que se haya rodeado de supuestas acciones absurdas, exactamente a escasos días en que debe asumir el poder un nuevo gobierno en Panamá, asunto que ha sido precedido por la creación, artificiosa y con intención política, de una ley que trata de crear la Sala Quinta en la Corte Suprema de Justicia, que las arcas nacionales se encuentren vacías, que los altos cargos, que el gobierno actual no había llenado, lo están llenando ahora, apresuradamente, como resulta ser el cargo, inexistente según tenemos entendido, del subdirector de la ARI. Lo más grave es que a todas estas circunstancias, cuya numeración conocemos que es incompleta, debe enfrentarse el nuevo gobierno sin que a la fecha hubiere revertido el Canal ni la totalidad de la vieja Zona del Canal a manos panameñas, sin que sea cierto que los grupos políticos de los Estados Unidos hayan aceptado, mansamente, la entrega del Canal a la República y que los políticos norteños, de una u otra facción, estén tratando de nutrir la opinión pública con falsas ideas del incumplimiento que podría significar la entrega del Canal a la República el 31 de diciembre venidero, como contractualmente se estableció.
Otro aspecto que vale ser considerado, como consecuencia del problema del Darién y la insurgencia colombiana, es el que plantean quienes sostienen que un fenómeno de esta naturaleza ha sido, artificialmente, elaborado por la CIA para dar la impresión de que se necesita un auxilio militar extranjero que garantice la seguridad del Canal. Siendo como es contractualmente cierto, porque el Tratado sobre Neutralidad Permanente del Canal lo estatuye, cualquier tipo de fenómeno social que, hipotéticamente, pudiera poner en peligro la seguridad del Canal, sería suficiente excusa para que los norteamericanos, en cuyas manos está la ponderación de ese fenómeno político que puede ser causado por actos de los propios norteamericanos o de los propios panameños dentro de la República o fuera del territorio del Estado panameño, podrían justificar conforme a ese criterio una nueva intervención en el país. Los Estados Unidos, unas veces a petición de los propios panameños, supuestamente, para supervisar las elecciones celebradas antes del 2 de mayo último o de motu proprio, han intervenido en la República. La intervención en y la ocupación de Chiriquí que duró dos años, la activa participación norteamericana en la huelga inquilinaria de mediados de los años 20, aunada a la ocupación de la República con 123 bases militares, calculadas para la defensa del Canal durante la última guerra mundial y, finalmente, la reciente invasión ordenada por el ex presidente George Bush, son experiencias luctuosas infamantes que han afectado la imagen nacional en ocasiones cuando no la propia soberanía del Estado panameño.
Usar como trampolín político la guerrilla o la insurgencia colombiana de los paramilitares puede ser una excusa que tenga como justificación hechos elaborados, inclusive, por los Estados Unidos con la historieta de la inseguridad que pudiera rodar todo lo referente al Canal. Todavía no han salido los norteamericanos de todas las bases militares que, sin autorización del Estado panameño, estructuraron en la Zona del Canal, situación esta que, definitivamente, forma parte de todo aquel andamiaje que había convertido a la República en un Estado ocupado. El peligro entonces es que se cumpla el apotegma, que Torrijos dejó para el consumo de las nuevas generaciones panameñas cuando dijo que quedaríamos "bajo el paraguas del Pentágono". Los que sugieren la creación de una base militar norteamericana en Puerto Obaldía se suman, dolorosamente, a quienes consideran que la crisis del Darién debe ser aprovechada para que los norteamericanos no salgan de la República y el nuestro siga siendo un país ocupado. Ello equivale a la negación de la soberanía, necesaria para la existencia y consolidación de todo Estado soberano.