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El derecho de autor y el grito de "¡viene el lobo!"


La actual coyuntura que gira en torno al derecho de autor en Panamá se puede comparar inobjetablemente con el cuento del pastorcito y su grito de "¡viene el lobo!". Aprendimos, desde la edad escolar primaria, que pronunciar una mentira de manera reiterada puede provocar que nadie preste atención cuando el embuste se convierte en realidad. Así lo vivió en carne propia aquel legendario pequeño zagal que vociferaba a los cuatro vientos que un lobo estaba a punto de devorar a todas las ovejas del rebaño.
Cuando los aldeanos mayores, con hacha en mano, corrían para prestar ayuda al gritón, se percataban de que era solo un chiste de mal gusto. El pastorcito se retorcía de risa sobre el césped. Esta acción se repitió varias veces, hasta que los aldeanos, cansados de auxiliar por el gusto, decidieron que ya era suficiente.
De repente, un lobo hambriento y feroz apareció de verdad. Pero el mamífero no quería degustar ovejas, sino carne humana. El joven se trepó a un árbol y comenzó a desgañitar sus pulmones con toda la fuerza del alma. Los aldeanos se hicieron de oídos sordos: nadie correría en vano otra vez. Sin embargo, uno de los campesinos captó con su sexto sentido que los gritos manifestaban una sensación de realidad cruda. Convenció a sus paisanos y lograron salvar el pellejo del chiquillo mentiroso.
Soy un fervoroso convencido de las bondades del derecho de autor a nivel universal. Por esta razón, se recomienda a un identificado grupito de perdedores (que empieza a patrocinar campañas, ridículas e inefectivas, de relaciones públicas para no pagar lo que se debe) que evite a toda costa incurrir en el mismo error que cometió el pastorcito de marras.
Nadie creyó cuando la Business Software Alliance (BSA) se instituyó para combatir la piratería descarnada de programas informáticos y el uso indiscriminado de equipos de computación sin pagar de antemano los correspondientes permisos y licencias. Desde el momento en que los directivos de la BSA, en conjunto con las autoridades del Ministerio Público, empezaron a allanar empresas e industrias -acción de la que no se escaparon ni bancos con reconocido prestigio y solidez financiera-, entonces se enteraron de que el reclamo por la propiedad intelectual no era tema de fantasía.
Con mayor impacto se registraron los reclamos, por parte de la Asociación de Distribuidores de Películas, ante la descarada resistencia en el pago de regalías por el alquiler de películas en videocintas. Recuerdo cuando las casas peliculeras solamente pedían a los videoclubes el 1% por los ingresos que producían los arrendamientos. Pero estas empresas, inspiradas en no sé cuál fuerza, rechazaron de plano la risible compensación. De las centenas de videoclubes que existían en un pasado no muy lejano, hoy el número de estos negocios se puede contar con los dedos de las manos. Y todos, uno por uno, pagan hoy derechos que no son precisamente de un centavo por cada dólar.
Ahora, cuando le toca el turno a los autores y compositores -rubro en el que, a diferencia de los software y los filmes, los intelectuales de Panamá sí obtendrán beneficios pecuniarios-, se vuelven a escuchar los gritos de "¡viene el lobo!".
Para los que aún creen en pajaritos preñados

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