El desafío de la tierra
Los productores son personas de pocas palabras. Su oficio es hacer producir la tierra. Su arte, es obtener el mejor fruto de este patrimonio y sustento de la humanidad, que es la tierra. Ni siquiera son escuchados en los grandes foros mundiales donde se habla de sustentabilidad, desarrollo humano, porque es más poderosa la voz que habla de precios, que es la voz del mercado. Por pisarla todos los días, no nos damos cuenta cuán valiosa y sensible a cualquier intervención es. Es más, el hombre, no la respeta, y pareciera desconocer sus ciclos, comportamiento.
La tierra es nuestra mayor identidad. Es la marca registrada de todos los que habitamos en ella y nos paramos en dos pies. Sólo uno puede tener derecho de autor sobre ella y jamás lo reclama. Nos proporciona absolutamente todo para vivir y ser felices. Inclusive el paisaje, el terreno para hacer las guerras, el combustible y los metales de las balas para destruirnos. El misterio de un tulipán, el vuelo ingenuo, colorido, instantáneo de una mariposa, el paso elástico de un tigre de Bengala, la belleza incorrupta de una jirafa, la amistad de un perro, la naturaleza pareciera no haber dejado nada por fuera, como el agua fresca y clara de un pozo. ¿Entonces, por qué le damos la espalda a la tierra? ¿Por qué la destruimos? ¿Ignoramos la importancia de sus ríos y mares? Contaminamos todo. Nos asfixiamos abrazados a un paraíso. Pobre hombre, digo yo. No hay un punto del globo terráqueo donde no haya metido la pata.
Ahora va por Alaska, que nos sonaba a algo intocable, lejano, un paraíso para disfrutar, el último rincón de la naturaleza real. Luego del mundo nos quedará como una cinta de cine mudo, de colección para ver y recordar, con los movimientos chaplinescos de lo que fue. Cuánta estupidez en el alma humana, el insaciable bolsillo de algunos poderosos, que nada se llevarán de la tierra, a no ser su propio polvo o un puñado de ella.
La tierra nos recuerda Moby Dick, la ballena blanca sometida al arpón de un capitán fuera de sí, y el animal luchando por su vida y llevando a la muerte a su agresor. No nos damos cuenta al parecer. Hay incendios que llevan años en el Amazonas, el mayor pulmón del mundo. El hombre ha ampliado los desiertos, secado los ríos, destruido la naturaleza, muerto millares de especies y sigue viendo el mundo como su propio insectario. Se ha puesto cuello y corbata, subido a un vehículo de doble tracción, y todo lo que hace es ignorar la tierra, mientras se desplaza por el asfalto, ingresa al aire acondicionado, y se sienta a ver su triste realidad en la televisión.
Ahora estoy en Panamá, un país privilegiado por la flora, fauna y sus dos mares. Selva virgen y agua, aves que comparten el cielo y la tierra, la naturaleza pródiga al alcance de la mano y de no pocos depredadores, como en todas partes del mundo.
A unos metros de la selva, puedo dar fe de esa maravilla, de cómo el bosque nos llena con su oxígeno, con su intenso verde, las aves que lo circundan a diario en búsqueda de alimento y protección, el ruido de sus hojas tras el viento tropical y la lluvia que atrapa de la atmósfera. El bosque es un espectáculo en extinción, que algunos sólo pueden ver y conocer a través de los libros... Erase una vez un bosque... A lo sumo les traerá a la memoria Caperucita Roja y el lobo.... No podrán sentir la sensación de paz, seguir el itinerario de una hoja que cae hasta el patio de tu casa, como un hecho simple del ciclo de la vida, con sus matices y presencia ineludible.
Debemos de hacer un esfuerzo, cambiar de actitud, retornar a la tierra como algo natural, con respeto y humildad. Es nuestra fuente de vida, así de simple. Es una cuestión de supervivencia, de futuro, y responsabilidad con las nuevas generaciones. Qué despectivo y torpe suena, esos que están más allá del puente. Una separación artificial e inútil, porque la tierra como la vida es una sola.
Yo me saco el sombrero con aquellos que trabajan de sol a sol, y hacen camino todos los días por la campiña interiorana. Transforman la tierra un modo de vida natural y nos envían sus maravillosos productos al gran mercado de la ciudad. Ellos forman parte sustancial del sector agropecuario, un quehacer económico de tiempos inmemoriables y que hoy está en crisis, porque le asignamos más importancia a lo que genera grandes y rápidas ganancias, que a los propios alimentos de la mesa y del diario vivir.
La agricultura del siglo XXI, sumamente avanzada tecnológicamente, pero extremadamente coartada, estrangulada, atrasada, desprotegida, ninguneada, por los precios y reglas del mercado, muchas de ellas arbitrarias, hoy requiere de soluciones verdaderas, perdurables en el tiempo e inmediatas. Toda postergación, es de un daño irreparable en el futuro cercano. El Estado debe resolver estas situaciones con créditos abundantes y baratos, con una política clara, definida para el sector, con reglas estables, de acuerdo a las capacidades nacionales y orientadas en lo internacional con pragmatismo y conocimiento.
En noviembre próximo se reúne la Organización Mundial del Comercio (OMC), en Qatar y todo indica que se buscará una nueva ronda comercial, y esperemos que la agricultura no siga como un convidado de piedra, con las multimillonarias pérdidas para los agricultores de América Latina. El 15 de mayo del 2002, se iniciarán las negociaciones formales de la agricultura en el marco del ALCA, y veremos cómo nos sentamos a negociar con Estados Unidos y Canadá, principalmente, sobre materias vitales para el futuro agropecuario de nuestras naciones. Todo un reto lo que viene para ser el sector agropecuario y nuestros negociadores.
La tierra es nuestra mayor identidad. Es la marca registrada de todos los que habitamos en ella y nos paramos en dos pies. Sólo uno puede tener derecho de autor sobre ella y jamás lo reclama. Nos proporciona absolutamente todo para vivir y ser felices. Inclusive el paisaje, el terreno para hacer las guerras, el combustible y los metales de las balas para destruirnos. El misterio de un tulipán, el vuelo ingenuo, colorido, instantáneo de una mariposa, el paso elástico de un tigre de Bengala, la belleza incorrupta de una jirafa, la amistad de un perro, la naturaleza pareciera no haber dejado nada por fuera, como el agua fresca y clara de un pozo. ¿Entonces, por qué le damos la espalda a la tierra? ¿Por qué la destruimos? ¿Ignoramos la importancia de sus ríos y mares? Contaminamos todo. Nos asfixiamos abrazados a un paraíso. Pobre hombre, digo yo. No hay un punto del globo terráqueo donde no haya metido la pata.
Ahora va por Alaska, que nos sonaba a algo intocable, lejano, un paraíso para disfrutar, el último rincón de la naturaleza real. Luego del mundo nos quedará como una cinta de cine mudo, de colección para ver y recordar, con los movimientos chaplinescos de lo que fue. Cuánta estupidez en el alma humana, el insaciable bolsillo de algunos poderosos, que nada se llevarán de la tierra, a no ser su propio polvo o un puñado de ella.
La tierra nos recuerda Moby Dick, la ballena blanca sometida al arpón de un capitán fuera de sí, y el animal luchando por su vida y llevando a la muerte a su agresor. No nos damos cuenta al parecer. Hay incendios que llevan años en el Amazonas, el mayor pulmón del mundo. El hombre ha ampliado los desiertos, secado los ríos, destruido la naturaleza, muerto millares de especies y sigue viendo el mundo como su propio insectario. Se ha puesto cuello y corbata, subido a un vehículo de doble tracción, y todo lo que hace es ignorar la tierra, mientras se desplaza por el asfalto, ingresa al aire acondicionado, y se sienta a ver su triste realidad en la televisión.
Ahora estoy en Panamá, un país privilegiado por la flora, fauna y sus dos mares. Selva virgen y agua, aves que comparten el cielo y la tierra, la naturaleza pródiga al alcance de la mano y de no pocos depredadores, como en todas partes del mundo.
A unos metros de la selva, puedo dar fe de esa maravilla, de cómo el bosque nos llena con su oxígeno, con su intenso verde, las aves que lo circundan a diario en búsqueda de alimento y protección, el ruido de sus hojas tras el viento tropical y la lluvia que atrapa de la atmósfera. El bosque es un espectáculo en extinción, que algunos sólo pueden ver y conocer a través de los libros... Erase una vez un bosque... A lo sumo les traerá a la memoria Caperucita Roja y el lobo.... No podrán sentir la sensación de paz, seguir el itinerario de una hoja que cae hasta el patio de tu casa, como un hecho simple del ciclo de la vida, con sus matices y presencia ineludible.
Debemos de hacer un esfuerzo, cambiar de actitud, retornar a la tierra como algo natural, con respeto y humildad. Es nuestra fuente de vida, así de simple. Es una cuestión de supervivencia, de futuro, y responsabilidad con las nuevas generaciones. Qué despectivo y torpe suena, esos que están más allá del puente. Una separación artificial e inútil, porque la tierra como la vida es una sola.
Yo me saco el sombrero con aquellos que trabajan de sol a sol, y hacen camino todos los días por la campiña interiorana. Transforman la tierra un modo de vida natural y nos envían sus maravillosos productos al gran mercado de la ciudad. Ellos forman parte sustancial del sector agropecuario, un quehacer económico de tiempos inmemoriables y que hoy está en crisis, porque le asignamos más importancia a lo que genera grandes y rápidas ganancias, que a los propios alimentos de la mesa y del diario vivir.
La agricultura del siglo XXI, sumamente avanzada tecnológicamente, pero extremadamente coartada, estrangulada, atrasada, desprotegida, ninguneada, por los precios y reglas del mercado, muchas de ellas arbitrarias, hoy requiere de soluciones verdaderas, perdurables en el tiempo e inmediatas. Toda postergación, es de un daño irreparable en el futuro cercano. El Estado debe resolver estas situaciones con créditos abundantes y baratos, con una política clara, definida para el sector, con reglas estables, de acuerdo a las capacidades nacionales y orientadas en lo internacional con pragmatismo y conocimiento.
En noviembre próximo se reúne la Organización Mundial del Comercio (OMC), en Qatar y todo indica que se buscará una nueva ronda comercial, y esperemos que la agricultura no siga como un convidado de piedra, con las multimillonarias pérdidas para los agricultores de América Latina. El 15 de mayo del 2002, se iniciarán las negociaciones formales de la agricultura en el marco del ALCA, y veremos cómo nos sentamos a negociar con Estados Unidos y Canadá, principalmente, sobre materias vitales para el futuro agropecuario de nuestras naciones. Todo un reto lo que viene para ser el sector agropecuario y nuestros negociadores.