El desafío de las Américas
LA CREACIÓN de más y mejores empleos se ha convertido en un desafío político mayor, cuyas repercusiones afectan, incluso, la gobernabilidad, la evaluación de las democracias y la seguridad humana. Es una verdad ineludible de nuestro tiempo.
Los gobernantes que participan en la IV Cumbre de las Américas han asumido el desafío al elegir como lema del evento: "Crear trabajo para enfrentar la pobreza y fortalecer la gobernabilidad democrática". Allí están contenidos los elementos de una ecuación crucial para la estabilidad de nuestras sociedades. La tarea por delante es enorme.
Durante los últimos dos años, América Latina ha registrado signos de recuperación en su mercado laboral. Se redujo la tasa de desempleo urbano de 11.1 % en 2003 hasta 9.6% en 2005. Este resultado, estimulado por cifras positivas de crecimiento económico, es alentador.
El más reciente Panorama Laboral latinoamericano de la OIT también reveló que el salario mínimo en la región creció 5% el primer semestre de 2005, con el consecuente aumento del poder adquisitivo de las personas. Son buenas tendencias para enfrentar el futuro. Pero, estos resultados no nos deben hacer perder de vista que la tasa de desempleo continúa siendo alta, muy por encima del 6.1% de hace 25 años, que siete de cada 10 nuevos empleos son precarios, pues se crean en la economía informal, y que la cobertura de protección social es baja.
Cuando no hay suficiente empleo la cohesión social se resquebraja, los jóvenes ven reducida su perspectiva de futuro, la familia se quebranta, las desconfianzas ciudadanas se acrecientan. En suma, crece la inseguridad y la democracia se debilita. Este es el origen de la demanda democrática de la gente, dirigida a los poderes públicos y privados: "Pónganse de acuerdo en las políticas que me den a mí y mi familia oportunidades de un trabajo decente". Un trabajo decente y productivo es la principal herramienta para superar la pobreza que afecta a 220 millones de latinoamericanos y caribeños. Es la conjunción de empleo de calidad, respeto de los derechos en el trabajo, protección social y diálogo social.
Pero la economía global no está generando por sí sola la cantidad y la calidad de empleo requerida por nuestras sociedades. El crecimiento económico es fundamental, pero tiene que ser un crecimiento generador de empleos de calidad. No es la situación hoy en América Latina. Esta realidad no pasa desapercibida. Cada vez más, gobiernos, organizaciones de empleadores y de trabajadores, y diversos grupos de ciudadanos, colocan el empleo como un reto fundamental de nuestro tiempo. Por ejemplo, hace pocos días la Cumbre Iberoamericana realizada en Salamanca fue muy clara al recordar que "otorgamos al trabajo decente, como derecho humano, un lugar central en la agenda iberoamericana por su importante contribución al desarrollo económico y social y como forma de impulsar una distribución más equitativa de los beneficios del crecimiento económico".
Ahora la Cumbre de las Américas tiene la oportunidad de dar un mayor impulso político y práctico en esa dirección. Es una oportunidad histórica, para que, tal como lo señaló recientemente José Miguel Insulza, Secretario General de la OEA, de allí salga "la hoja de ruta para enfrentar el desafío de crear empleos decentes para los ciudadanos y ciudadanas de las Américas". Es un desafío considerable pero no imposible. Se trata de persistir sistemáticamente en ello a través del tiempo como un objetivo prioritario y sobre todo no dejarse enredar por los vaivenes de la "política chica".
Es posible diseñar políticas para promover la creación de más y mejores empresas, reducir la informalidad, combatir el trabajo infantil y promover el empleo juvenil, extender y mejorar la cobertura de la protección social, impulsar la educación y la capacitación laboral, reforzar la productividad y la competitividad, y fortalecer los derechos laborales. Lo local es el núcleo básico organizador de la convivencia. Allí hay una gran energía creadora, emprendedora, que puede ser canalizada, en sectores como el turismo, el artesanado, industrias textiles, a través de la promoción de la micro y pequeña empresa.
El desarrollo de la infraestructura económica y social, que es intensiva en mano de obra, es también esencial para que los países mejoren su competitividad en la economía global.
Junto a nuestros mandantes, gobiernos, empleadores y trabajadores, la OIT está trabajando con países miembros interesados en desarrollar Planes Nacionales de Trabajo Decente. Y desde luego, a principios de 2006, en la Reunión Regional de las Américas de la OIT, abordaremos las políticas y acciones concretas para poner en práctica las decisiones de la IV Cumbre. Todos esos temas deben constituir una gran política de Estado, más allá de contingencias electorales, intereses de grupo o visiones ideológicas. Debe ser la expresión de un interés nacional compartido que permita hacer converger las capacidades públicas y privadas.
Eso es lo que espera la gente de la democracia; grandes acuerdos que resuelvan sus problemas y no grandes divergencias que los subordinan.
Los gobernantes que participan en la IV Cumbre de las Américas han asumido el desafío al elegir como lema del evento: "Crear trabajo para enfrentar la pobreza y fortalecer la gobernabilidad democrática". Allí están contenidos los elementos de una ecuación crucial para la estabilidad de nuestras sociedades. La tarea por delante es enorme.
Durante los últimos dos años, América Latina ha registrado signos de recuperación en su mercado laboral. Se redujo la tasa de desempleo urbano de 11.1 % en 2003 hasta 9.6% en 2005. Este resultado, estimulado por cifras positivas de crecimiento económico, es alentador.
El más reciente Panorama Laboral latinoamericano de la OIT también reveló que el salario mínimo en la región creció 5% el primer semestre de 2005, con el consecuente aumento del poder adquisitivo de las personas. Son buenas tendencias para enfrentar el futuro. Pero, estos resultados no nos deben hacer perder de vista que la tasa de desempleo continúa siendo alta, muy por encima del 6.1% de hace 25 años, que siete de cada 10 nuevos empleos son precarios, pues se crean en la economía informal, y que la cobertura de protección social es baja.
Cuando no hay suficiente empleo la cohesión social se resquebraja, los jóvenes ven reducida su perspectiva de futuro, la familia se quebranta, las desconfianzas ciudadanas se acrecientan. En suma, crece la inseguridad y la democracia se debilita. Este es el origen de la demanda democrática de la gente, dirigida a los poderes públicos y privados: "Pónganse de acuerdo en las políticas que me den a mí y mi familia oportunidades de un trabajo decente". Un trabajo decente y productivo es la principal herramienta para superar la pobreza que afecta a 220 millones de latinoamericanos y caribeños. Es la conjunción de empleo de calidad, respeto de los derechos en el trabajo, protección social y diálogo social.
Pero la economía global no está generando por sí sola la cantidad y la calidad de empleo requerida por nuestras sociedades. El crecimiento económico es fundamental, pero tiene que ser un crecimiento generador de empleos de calidad. No es la situación hoy en América Latina. Esta realidad no pasa desapercibida. Cada vez más, gobiernos, organizaciones de empleadores y de trabajadores, y diversos grupos de ciudadanos, colocan el empleo como un reto fundamental de nuestro tiempo. Por ejemplo, hace pocos días la Cumbre Iberoamericana realizada en Salamanca fue muy clara al recordar que "otorgamos al trabajo decente, como derecho humano, un lugar central en la agenda iberoamericana por su importante contribución al desarrollo económico y social y como forma de impulsar una distribución más equitativa de los beneficios del crecimiento económico".
Ahora la Cumbre de las Américas tiene la oportunidad de dar un mayor impulso político y práctico en esa dirección. Es una oportunidad histórica, para que, tal como lo señaló recientemente José Miguel Insulza, Secretario General de la OEA, de allí salga "la hoja de ruta para enfrentar el desafío de crear empleos decentes para los ciudadanos y ciudadanas de las Américas". Es un desafío considerable pero no imposible. Se trata de persistir sistemáticamente en ello a través del tiempo como un objetivo prioritario y sobre todo no dejarse enredar por los vaivenes de la "política chica".
Es posible diseñar políticas para promover la creación de más y mejores empresas, reducir la informalidad, combatir el trabajo infantil y promover el empleo juvenil, extender y mejorar la cobertura de la protección social, impulsar la educación y la capacitación laboral, reforzar la productividad y la competitividad, y fortalecer los derechos laborales. Lo local es el núcleo básico organizador de la convivencia. Allí hay una gran energía creadora, emprendedora, que puede ser canalizada, en sectores como el turismo, el artesanado, industrias textiles, a través de la promoción de la micro y pequeña empresa.
El desarrollo de la infraestructura económica y social, que es intensiva en mano de obra, es también esencial para que los países mejoren su competitividad en la economía global.
Junto a nuestros mandantes, gobiernos, empleadores y trabajadores, la OIT está trabajando con países miembros interesados en desarrollar Planes Nacionales de Trabajo Decente. Y desde luego, a principios de 2006, en la Reunión Regional de las Américas de la OIT, abordaremos las políticas y acciones concretas para poner en práctica las decisiones de la IV Cumbre. Todos esos temas deben constituir una gran política de Estado, más allá de contingencias electorales, intereses de grupo o visiones ideológicas. Debe ser la expresión de un interés nacional compartido que permita hacer converger las capacidades públicas y privadas.
Eso es lo que espera la gente de la democracia; grandes acuerdos que resuelvan sus problemas y no grandes divergencias que los subordinan.