El desafío paramilitar
La amenaza del comandante paramilitar Carlos Castaño, de hacer a la Policía Nacional panameña blanco de sus ataques en su propio terreno, viene a dramatizar la peligrosa evolución que está teniendo el conflicto armado en Colombia y su repercusión en los países vecinos.
La retaguardia en términos militares ha sido siempre clave, como elemento de sustento y aprovisionamiento de cualquier fuerza armada, grande o pequeña. Alejandro Magno hacía depender de ella todo el accionar de su ejército en operaciones extremadamente distantes. Se le atribuye haber inventado las retaguardias móviles, empleando su flota de apoyo y provisiones, que seguía por doquier desde la costa a sus divisiones de a pie y acorazadas, estrategia que le permitió avanzar invicto sobre Oriente, desde su lejana Macedonia.
Panamá y Venezuela son retaguardia predilecta de la guerrilla colombiana. En Darién descansan, se aprovisionan, curan sus heridos y coordinan maniobras de ataque, en relevo constante. Ello nos convierte en blanco militar ineludible de cualquier estrategia de contraataque. Por eso tiene lugar la amenaza de Castaño, cuya actitud responde a una elemental ley de la guerra.
Igual que les ocurrió a Laos y Camboya durante la guerra de Viet Nam, los cuales careciendo de fuerza suficiente para impedir el accionar de la guerrilla extranjera dentro de su territorio, tuvieron que soportar tres décadas de incursiones, represalias y combates entre los beligerantes.
Expertos diplomáticos aconsejan cubrirnos con un manto de neutralidad y eso es correcto. También recomiendan estrechar lazos con otras naciones afectadas y con el gobierno colombiano. Pero a este respecto recordamos que Laos también era neutral y nada le sirvió. Tuvo que ceder su territorio como campo de batalla de una guerra ajena.
Otro es el problema migratorio. Costa Rica padeció como propio el conflicto nicaragüense. El ejército de Somoza se internaba en territorio tico, persiguiendo a los sandinistas del Frente Sur, en el que peleó Hugo Spadafora, atacando sus bases allí. En una ocasión, Venezuela destacó un escuadrón de aviones Camberra para disuadir dichas incursiones. El mismo Torrijos envió a dos mil soldados que fueron detenidos por los propios ticos en Paso Canoa. Terminada la guerra, un millón de nicaragüenses se quedó en el vecino país, donde constituyen un cuarto de toda la población de esa nación, provocando una presión social que el Fondo de Refugiados de la ONU no ha resuelto.
Si una guerra en Nicaragua, con apenas cuatro millones de almas, provocó un millón de refugiados, ¿qué nos irá a ocurrir, con una Colombia de más de 35 millones de habitantes? El cuadro es dantesco, si recordamos los cerros que estrangulan Caracas, y los trasladamos a Chepo.
El retiro norteamericano de sus bases militares aquí no nos ayuda. Ellas representaban un poderoso disuasivo frente a cualquier caso extremo. Ya no. El problema es en extremo grave y tememos esta vez no estar en condiciones de sugerir una solución categórica. Pero sí podríamos acudir, por ejemplo, al Grupo de Río. Remilitarizarnos no servirá de nada.
La retaguardia en términos militares ha sido siempre clave, como elemento de sustento y aprovisionamiento de cualquier fuerza armada, grande o pequeña. Alejandro Magno hacía depender de ella todo el accionar de su ejército en operaciones extremadamente distantes. Se le atribuye haber inventado las retaguardias móviles, empleando su flota de apoyo y provisiones, que seguía por doquier desde la costa a sus divisiones de a pie y acorazadas, estrategia que le permitió avanzar invicto sobre Oriente, desde su lejana Macedonia.
Panamá y Venezuela son retaguardia predilecta de la guerrilla colombiana. En Darién descansan, se aprovisionan, curan sus heridos y coordinan maniobras de ataque, en relevo constante. Ello nos convierte en blanco militar ineludible de cualquier estrategia de contraataque. Por eso tiene lugar la amenaza de Castaño, cuya actitud responde a una elemental ley de la guerra.
Igual que les ocurrió a Laos y Camboya durante la guerra de Viet Nam, los cuales careciendo de fuerza suficiente para impedir el accionar de la guerrilla extranjera dentro de su territorio, tuvieron que soportar tres décadas de incursiones, represalias y combates entre los beligerantes.
Expertos diplomáticos aconsejan cubrirnos con un manto de neutralidad y eso es correcto. También recomiendan estrechar lazos con otras naciones afectadas y con el gobierno colombiano. Pero a este respecto recordamos que Laos también era neutral y nada le sirvió. Tuvo que ceder su territorio como campo de batalla de una guerra ajena.
Otro es el problema migratorio. Costa Rica padeció como propio el conflicto nicaragüense. El ejército de Somoza se internaba en territorio tico, persiguiendo a los sandinistas del Frente Sur, en el que peleó Hugo Spadafora, atacando sus bases allí. En una ocasión, Venezuela destacó un escuadrón de aviones Camberra para disuadir dichas incursiones. El mismo Torrijos envió a dos mil soldados que fueron detenidos por los propios ticos en Paso Canoa. Terminada la guerra, un millón de nicaragüenses se quedó en el vecino país, donde constituyen un cuarto de toda la población de esa nación, provocando una presión social que el Fondo de Refugiados de la ONU no ha resuelto.
Si una guerra en Nicaragua, con apenas cuatro millones de almas, provocó un millón de refugiados, ¿qué nos irá a ocurrir, con una Colombia de más de 35 millones de habitantes? El cuadro es dantesco, si recordamos los cerros que estrangulan Caracas, y los trasladamos a Chepo.
El retiro norteamericano de sus bases militares aquí no nos ayuda. Ellas representaban un poderoso disuasivo frente a cualquier caso extremo. Ya no. El problema es en extremo grave y tememos esta vez no estar en condiciones de sugerir una solución categórica. Pero sí podríamos acudir, por ejemplo, al Grupo de Río. Remilitarizarnos no servirá de nada.