default

El desastre de nuestras escuelas


Año tras año la opinión pública viene, con gran disgusto, escuchando que las escuelas públicas no están listas para iniciar sus cursos normales. Por lo regular hay que aplazar su inicio. La razón es la misma: Hay que repararlas.

El panameño se pregunta, con toda la razón, quiénes son las personas responsables de estas anomalías que todos los años se presentan. Son muchos, en mi criterio, los que tienen que ver con estas irregularidades: el Ministerio de Educación, los educadores y los propios estudiantes.

Pareciera que en el Estado no existe la palabra mantenimiento. Hay que observar cómo los colegios privados, cualquiera de ellos, da una mejor imagen de limpieza, orden y pulcritud que los del sector público. Todos, sin embargo, son panameños, son iguales. Entre los funcionarios, los educadores y los alumnos, sin embargo, existen grandes diferencias entre las administradas por el Estado y por el sector privado y todas, no obstante, están sujetas a la inspección oficial.

Las diferencias no se circunscriben a los colegios públicos. Llegan hasta nuestras universidades. La Universidad de Panamá, de la cual nos sentimos orgullosos y que ha educado a tantos profesionales distinguidos que han salido de sus aulas, también da un aspecto poco edificante si se compara con las privadas. Sus "campus" y las distintas facultades muestran señales muy penosas de gran suciedad y desorden.

Da gusto visitar a los colegios y las universidades de cualquier país del primer mundo. Sus "campus" son bellos y muy cuidados; sus distintas aulas muy hermosas. La limpieza y el orden imperan en todas partes. Muchas de esas universidades son grandes atracciones turísticas. Eso, en adición a las enseñanzas que reciben los estudiantes, les permite guardar muy gratos recuerdos de sus Almas Mater. Aquí, en Panamá, lamentablemente, no existe ese amor y cariño hacia nuestras escuelas y universidades.

Sé que las comparaciones son odiosas, pero a veces es necesario hacerlas. Es inconcebible que los educadores no enseñen a los estudiantes a no dañar los útiles y mobiliarios de las escuelas, y ejerzan su autoridad. Cada escuela cuenta, por otro lado, con el dinero suficiente para reparaciones menores. El Ministerio de Educación debería inspeccionar regularmente los colegios a fin de determinar si están cumpliendo o no con las mínimas reglas de mantenimiento. Podrían, entonces, al final del año hacer, durante las vacaciones, las reparaciones mayores que se requieran y no atrasar la apertura de las clases perjudicando con ellos a los estudiantes.

Es inadmisible lo que está sucediendo, y a nadie, y no excluye a los educadores y los alumnos, le importa con las condiciones que impere en el colegio al cual asiste. No se trata sólo de dar un buen plan educativo; también es muy importante que los jóvenes de escuelas y universidades públicas se sientan orgullosos de donde salieron para hacerle frente a la vida.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América