El despertar de un gigante
Los extremistas islámicos y otros grupos terroristas descubrirán como lo hizo en 1941 el almirante japonés Yamamoto, estratega del ataque sorpresivo a la base naval de Pearl Harbor, "que habían despertado a un gigante". Yamamoto había estudiado en la universidad de Harvard y conocía bien la idiosincrasia del pueblo norteamericano. El secuestro de cuatro aeronaves, la destrucción de las Torres Gemelas y el atentado en el Pentágono producirá una reacción terrible de parte de la única superpotencia que queda en el mundo.
Gobiernos totalitarios como los de Irán, Iraq, Libia, Cuba y Afganistán no pueden seguir patrocinando y protegiendo grupos extremistas opuestos a la política de Estados Unidos en el Medio Oriente. La excusa de que los llamados "Mujahedeen" luchan contra Israel, no será suficiente para condonar los horribles actos perpetrados contra civiles indefensos. El primer ministro de Inglaterra fue categórico al declarar que la lucha contra el terrorismo internacional concierne a todos los países libres y democráticos. Habrá que golpear y castigar a los responsables de la masacre, mientras se busca una salida negociada a la lucha armada que mantienen israelíes y palestinos.
Irónicamente el principal sospechoso de los atentados es una criatura de la Agencia Central de Inteligencia. Osama Bin Laden, un multimillonario empresario saudita entrenado y equipado por la CIA durante la guerra civil en Afganistán contra la ocupación soviética. En 1980 fundó su propio grupo extremista opuesto al tratado de paz firmado en Camp David en ese año por el presidente Jimmy Carter, el primer ministro israelí, Menachem Begin y el líder palestino Yasser Arafat. El tratado se firmó el 11 de septiembre de 1980 y se tradujo en el premio Nobel para la Paz para los tres participantes. El tratado ha servido de guía para la devolución de territorios ocupados en Gaza y en elmargen occidental a los palestinos. La Autoridad Palestina y sus aliados árabes deben entender, al igual que el Estado de Israel, que la Intifada es la excusa que utilizan los integristas islámicos para justificar su salvajismo. Creer que zelotas como Osama Bin Laden o Saddam Hussein pueden ser neutralizados con acciones diplomáticas es una quimera. Los Estados Unidos tendrá que considerar acciones militares de gran envergadura para capturar al terrorista saudita y para terminar de una vez por todas con la dictadura iraquí. Países aliados como Egipto y Arabia Saudita deberán aportar su grano de arena para poner fin a las acciones de radicales árabes que operan en la región. Israel también tendrá que participar en la solución del problema palestino, mostrando más flexibilidad y tolerancia al negociar con Arafat el futuro de los territorios ocupados y de Jerusalén. Esta última como sucede con el Vaticano puede acomodar las tres principales religiones que consideran la ciudad el símbolo sagrado de su fe. Mientras sigan ardiendo las llamas del odio y de la intolerancia en el Medio Oriente las naciones democráticas no podrán dormir tranquilas.
Las víctimas de Nueva York, Washington y Pennsylvania claman por justicia, mientras el resto del mundo espera una explicación y la resolución de la crisis.
Gobiernos totalitarios como los de Irán, Iraq, Libia, Cuba y Afganistán no pueden seguir patrocinando y protegiendo grupos extremistas opuestos a la política de Estados Unidos en el Medio Oriente. La excusa de que los llamados "Mujahedeen" luchan contra Israel, no será suficiente para condonar los horribles actos perpetrados contra civiles indefensos. El primer ministro de Inglaterra fue categórico al declarar que la lucha contra el terrorismo internacional concierne a todos los países libres y democráticos. Habrá que golpear y castigar a los responsables de la masacre, mientras se busca una salida negociada a la lucha armada que mantienen israelíes y palestinos.
Irónicamente el principal sospechoso de los atentados es una criatura de la Agencia Central de Inteligencia. Osama Bin Laden, un multimillonario empresario saudita entrenado y equipado por la CIA durante la guerra civil en Afganistán contra la ocupación soviética. En 1980 fundó su propio grupo extremista opuesto al tratado de paz firmado en Camp David en ese año por el presidente Jimmy Carter, el primer ministro israelí, Menachem Begin y el líder palestino Yasser Arafat. El tratado se firmó el 11 de septiembre de 1980 y se tradujo en el premio Nobel para la Paz para los tres participantes. El tratado ha servido de guía para la devolución de territorios ocupados en Gaza y en elmargen occidental a los palestinos. La Autoridad Palestina y sus aliados árabes deben entender, al igual que el Estado de Israel, que la Intifada es la excusa que utilizan los integristas islámicos para justificar su salvajismo. Creer que zelotas como Osama Bin Laden o Saddam Hussein pueden ser neutralizados con acciones diplomáticas es una quimera. Los Estados Unidos tendrá que considerar acciones militares de gran envergadura para capturar al terrorista saudita y para terminar de una vez por todas con la dictadura iraquí. Países aliados como Egipto y Arabia Saudita deberán aportar su grano de arena para poner fin a las acciones de radicales árabes que operan en la región. Israel también tendrá que participar en la solución del problema palestino, mostrando más flexibilidad y tolerancia al negociar con Arafat el futuro de los territorios ocupados y de Jerusalén. Esta última como sucede con el Vaticano puede acomodar las tres principales religiones que consideran la ciudad el símbolo sagrado de su fe. Mientras sigan ardiendo las llamas del odio y de la intolerancia en el Medio Oriente las naciones democráticas no podrán dormir tranquilas.
Las víctimas de Nueva York, Washington y Pennsylvania claman por justicia, mientras el resto del mundo espera una explicación y la resolución de la crisis.