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El destino trágico de Norman Lewis


Se nos acercaba un caballero de cabello platinado, alto, elegante, bien trajeado, de unos 50 años. -Ese es Norman Lewis, el gerente general del Chase Manhattan Bank de París -me susurró Jorge Tulio Royo, con quien conversaba en la barra del bar del Hotel Ritz. -En efecto -afirmé- lo he visto fugazmente a veces cuando cambiada los cheques que me enviaba mi padre a ese banco. Nunca he tenido problemas para hacerlo. Sería que los años tensos de la guerra rara, bautizada por los franceses como la "drole de guerre", los alemanes habían invadido Polonia, en complicidad con los rusos. Francia e Inglaterra habían honrado el Pacto de Varsovia con su declaración de guerra del eje Roma-Berlín. El estilo de vida plácido continuaba con los cafés y sitios públicos atestados de gente. No había aún restricciones alimentarias. Apenas se cubrían los faroles de los autos con pintura negra, dejando sólo una rendija horizontal.
Mi compatriota me introdujo al norteamericano más conspicuo de París, el banquero y presidente del American Club de París. Royo aprovechaba siempre la oportunidad de mi presentación a alguien notable para elogiar mi condición de estudiante universitario de ingeniería en l"Ecole des Travaux Publics, quien había, además, cursado la pre-médica o PCB en París con altas calificaciones. Me sentía un tanto turbado por sus elogios, más cuando agregaba que yo había permanecido en Francia a pesar que nuestro embajador me había instado a regresar a nuestro país ante la inminencia de la guerra. La realidad era que la mayoría de los estudiantes extranjeros retornaban a sus patrios lares. Corría yo el riesgo de que si los alemanes atacaban a Francia, podrían entorpecerse las remesas de dinero o intercontinentales, quedando expuesto a indecibles penurias y dificultades.
Los fines de semana el Ritz reunía en pequeños conciliábulos a diplomáticos y miembros salientes de pequeñas comunidades internacionales. Una de las peñas de Ritz mantenía la cordial comunicación y convivencia social entre ciudadanos norteamericanos y algunos latinoamericanos que aún permanecían en París, aunque reconocieran las posibles consecuencias negativas que les podían acarrear el advenimiento de la guerra. A nuestro círculo se sumaban frecuentemente Don Albert Southwick, gerente general de Tiffany´s, la afamada casa de joyas con sede en Nueva York y sucursales en Londres y París. La joyería estaba ubicada en la Place Vendome, al lado del Ritz. Don Alberto no tenía más que ingresar por la entrada principal del hotel al bar por el lado de la Rue Cambon, donde a media cuadra se ubicaba el Chase Manhattan Bank. Allí llegaban el diplomático dominicano Porfirio Rubirosa, Charles Pincus, acaudalado hombre de negocios de los seguros; el príncipe Farid, de Egipto; el Coronel Quebroso, jefe de la delegación militar de la embajada española, el capitán Alzogaray, Attaché Militar de la misma y otros centroamericanos como el encargado de negocios de Honduras Martínez, y su hermano, quien finalizaba su doctorado en Medicina.
-Cuando tengo un problema con sus giros bancarios, pregunte por mí personalmente, que me ocuparé de ello -con risueña sinceridad me confió Normal Lewis, antes de despedirse de la tertulia. Advino lo inevitable. La invasión nazi se perfilaba irresistible, arrasando uno tras otro, o contorneándolos, todos los bastiones militares de los franceses y aliados y obligando a los ingleses embarcarse por Dunquerke y salvar el grueso de sus contingentes militares continentales. La caída de París era inminente. El Dr. Rodrigo Arosemena, encargado de Negocios de Panamá, luego de la salida del Dr. Arnulfo Arias Madrid, me llamó para ofrecerme la salida de París hacia la nueva sede del gobierno francés, junto con otras distinguidas damas panameñas. Permanecí con Rodrigo en Saint-Jean de Luz por casi tres meses. Regresamos a París en plena ocupación alemana. Ingresé a mi universidad a los cursos superiores.
Mis giros bancarios escaseaban y hube de acudir personalmente ante Norman Lewis para su cambio inmediato en franco franceses. El noble banquero me inquiría siempre por las noticias de Panamá y mi familia. Sucedió Pearl Harbour y la declaración de guerra de Estados Unidos contra el eje Berlín -Roma-Tokio. Nuestras amistades norteamericanas, no en edad de retiro, fueron internadas en campos de concentración. Norman Lewis no escapó a esta suerte. Mis remesas monetarias cambiaron de rumbo; escasearon y sufrieron inverosímiles maniobras para llegar a su destino. Nuestro Encargado de Negocios había regresado meses antes a Panamá, el cónsul Ernesto Heurtematte fallecía y no había representante oficial de nuestro gobierno en la Francia ocupada.
Norman Lewis desapareció del Ritz. Casualmente años más tarde, conozco su triste historia. Al leer "¿Ande París?" ("Paris brule-t-il?") de Dominique Lapierre como coautora, me entero así de su increíble, heroico y trágico fin. Había llegado durante la primera guerra mundial como un "sammy". Se quedó en Francia uniéndose en matrimonio con una joven y bella francesa. Guardaba con reverencia una bandera americana, doblada con el respetuoso protocolo militar. Por alguna circunstancia, Norman Lewis se accidentó un pie en el campo de concentración de Compiegne. Pero, por otra incidencia milagrosa, de la cual tengo mi propia hipótesis, fue puesto en libertad. Esto ocurría unas pocas semanas siguientes a mi, también milagrosa, salida de París, en condición de prisionero civil de los nazis.
Al retorno a su hogar y al seno de sus amistades, Norman Lewis hizo un solemne juramento. Cuando se produjera la invasión aliada y las tropas norteamericanas entraran a París, él enarbolaría la bandea norteamericana, esa reliquia tan celosamente atesorada, en el frente de un edificio público francés. El famoso libro comenta que cuando los soldados americanos estaban ya en las puertas de París, este "gentil-homme" norteamericano salió apresurado de su casa cojeando hasta el Ministerio de Salud, cerca de la Place de l"Etoile. A grandes trancas subió las escalinatas. Llegó a un gran ventanal y maniobró trepándose en un sillón para realizar la honrosa misión. Cuando iba a desplegar su gloriosa enseña norteamericana, una bala perdida segó trágicamente su vida.
(continuará mañana en segunda y final entrega.)

101 años de Panamá América

 
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