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El diálogo congelado


Antes de posesionarse de su alta investidura, Andrés Pastrana buscó a los narcoguerrilleros en sus reductos e incluso, sufrió desaire cuando el máximo cabecilla, Tirofijo, no asistió a la cita que se había convenido y a la que concurrieron delegados internacionales y gran cantidad de periodistas. En todo caso, es indudable la recomendable persistencia del mandatario colombiano de pretender solucionar los graves problemas que agobian a su nación mediante la vía pacífica. Lamentablemente, las conversaciones con elementos que se hallan fuera de la ley no producen resultados confiables.
Graciosamente se entregó a los alzados en armas, que mantienen estrechos nexos con los mafiosos de la droga, cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados de territorio, donde ahora proliferan plantaciones y laboratorios ilegales, entre otras cuestionadas concesiones que realmente se han convertido en santuarios para delincuentes. Se encuentran cientos de niños entre los miles de plagios y extorsiones que financian a los facciosos, junto a los cuantiosos y turbios dineros que provienen de la perversa industria y que reciben los rebeldes a cambio de la protección que brindan a los malandrines. Por eso, apropiadamente, se les identifica a esos sujetos como narcoguerrilleros. Aquellos repudiables nexos no pueden ocultar, pese a vanos y falaces esfuerzos en ese sentido.
Se calificó a la ingenua política de Pastrana, que hasta el momento no ha dado consecuencias positivas, como exclusiva y excluyente. Serias encuestas demostraron que terminante y mayoritariamente los colombianos se pronuncian en el sentido de que la guerrilla y los narcotraficantes no deben tener control territorial indefinido, que no creen en la voluntad de concordia de las FARC y que se ha cedido mucho a cambio de nada.
Esta política ayudó indirectamente a los narcosediciosos para extender considerable y estratégicamente sus posiciones, dentro del conocido plan para tomarse la Casa de Nariño. Uno de sus objetivos es, precisamente, declarar territorio "liberado" a los departamentos de Guaviare, Meta, Caquetá y Putumayo, con la intención de organizar luego un paro armado en todo el país "para asumir el poder en unión del pueblo".
Junto a estos objetivos, buscan conseguir, además, el reconocimiento internacional como fuerza beligerante, para lo cual han desplegado, abierta o subrepticiamente, una intensa campaña que comienza en los estados vecinos y que llega especialmente a Europa.
Ante una carta de las FARC al gobierno ecuatoriano, en el sentido de iniciar contactos, el régimen de Gustavo Noboa ha sido muy claro, cuando de manera oficial, el propio mandatario públicamente anunció que no acudirá a ninguna conversación porque sólo dialoga con gobiernos democráticos. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Ecuador advirtió que si esta organización efectúa actividades o incursiona en territorio ecuatoriano será enérgicamente reprimida.
Si el diálogo está congelado en la propia Colombia, ¿cómo pretender que lo lleven a cabo otros gobiernos? Además, el único canal al respecto es el que fija el Derecho Internacional, es decir solamente entre los gobiernos amparados por la democracia, como clara y enérgicamente ha recordado la República del Ecuador, caso contrario tácitamente se estaría reconociendo el status que no corresponde a los bandoleros y dando un trato descortés, por decir lo menos, a los ciudadanos de bien que representan los mejores valores de un fraterno y agobiado país que merece el apoyo de la comunidad internacional para salir de su largo y complicado trance.
Con cualquier pretexto, las FARC eluden el cese de fuego y el fin de las hostilidades. No se trata de gente que se vale del diálogo para alcanzar metas, por eso emplean la virulencia armada y los repudiables métodos para conseguir sucios recursos. Se han acostumbrado a ese tipo de vida. ¿Qué harían en tiempos de paz y de vigencia de las leyes si se han habituado al atropello como forma de existencia?
Las opciones son dos y no hay que darle vueltas al asunto: se crea el clima de armonía en la mesa de negociaciones, lo cual es casi imposible por la naturaleza de la narcoguerrilla que, si alguna vez la tuvo, ha perdido la motivación idealista o la aplicación de medidas a fondo, como las del Plan Colombia, que atacará las raíces del narcotráfico, principal surtidor para los males de un hermoso país que merece días mejores.

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