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El diálogo: una esperanza cifrada


EN MEDIO de todo antagonismo; allí en donde soberanea o reina la contradictoriedad; en todo escenario en donde surge el conflicto o la discrepancia, es menester que entre los interlocutores que participan o intervienen, como partes opuestas, también reine o impere la cultura del diálogo. ¿Cómo podríamos brindar una definición de esta forma de la cultura que reviste matices o caracteres de educación, mesura o templanza sin que se vean soslayados otros elementos cuales son: los intereses que cada parte defiende; los derechos que invoca y que considera le asisten; los fundamentos de sus respectivas posiciones o pretensiones; los riesgos a que se ven sometidas las partes, etc.? Por anticipado, adelantamos que la cultura del diálogo ostenta una importancia singular. En el mundo jurídico, los teóricos han sostenido que más importante fue el surgimiento del diálogo entre los hombres que la aparición de la rueda. El mismo proceso judicial en sí ha sido rediseñado como un diálogo dirigido por un tercero independiente, imparcial e impartial -que no es parte en el juicio- llamado juez o árbitro, pero en el que participan dos partes opuestas o antagónicas sosteniendo una disputa sobre un mismo bien o interés de la vida y que dicho debate lo hacen en un plano de absoluta y perfecta igualdad. Cuestiones, en consecuencia, como la soberbia, la pedantería, los ideologismos, el menosprecio de una de las partes respecto a la otra, la indiferencia respecto a los derechos o intereses en juego y que cada parte cree le asisten, son cuestiones que, aunque parecieran triviales, afectan todo proceso de negociación. Quien pretenda acercarse al plano del diálogo empleando para ello elementos de indiferencia frente al problema del otro; creyéndose que está ubicado en un plano o nivel superior respecto a la otra parte; que sus argumentos tienen mayor validez que la otra; en fin, terminan por socavar todo fin noble y la terminación pacífica de los diferendos sociales o legales. Surge entonces, cuando se trata de poner término a la controversia a través del diálogo, un problema mayor: ahora las partes han acentuado el conflicto y las eventuales posibilidades de solución del mismo se ahuyentan. Por otra parte, si se trataba de evitar el diferendo o el litigio, mismo que radica en el plano de la realidad social, entonces tendremos como resultado estrepitoso que surge, concretamente, el conflicto social o de cualquier otra naturaleza.
En el ámbito de la cultura mediacional, de las conciliaciones, de las amigables composiciones, del arbitraje en sí, los doctrinarios o teóricos también han podido comprender estas verdades y han tomado conciencia clara de que es mejor ponerle solución pacífica a los conflictos que hacerlos surgir o acentuarlos mayormente. Algunos, inclusive, han tratado de sustentar que el proceso o debate judicial está destinado al fracaso y a la desaparición, frente a la avanzada y enorme aceptación que, en la actualidad, están teniendo los denominados mecanismos de autocomposición entre los sujetos o partes singulares o colectivas que participan de un conflicto.
La cultura del diálogo, luego, se impone como una cultura de paz, de búsqueda permanente del orden y de la civilidad. Se trata de una manifestación de la cultura general, pero en su forma de expresión más valiosa, es decir, la del lenguaje que permite, independientemente de sus clases, a los hombres comunicar ideas, conceptos, filosofías, pensamientos, teorías, etc. Cuando la violencia verbal o física se hace presente rompiendo todos los esquemas de la razón, surge, de modo ineludible, la aparatosa fuerza que al ser ilegítima termina por socavar también los modelos y los paradigmas que encausan los posibles entendimientos entre los hombres o que aun siendo legítima produce como resultado la ruptura de la convivencia social. No existe conflicto, litigio o controversia alguna; diferendo o contradictoriedad que no pueda ser sometida a esa cultura de la razón; a la prosperidad de un diálogo que curse las buenas intenciones de las partes; al entendimiento prolífico que permita llegar o arribar a conclusiones de beneficios recíprocos y de utilidades colectivas o plurales.
De manera tal, que ante la vorágine de problemas o conflictos por los que atraviesa la sociedad panameña, debemos, todos juntos, mantener la templanza y la cordura. La desesperación encausa la violencia que, en no pocas ocasiones, traduce la rebeldía y la renuencia al entendimiento fecundo. ¿Ahora bien, a quién compete poner en ejercicio la cultura del diálogo?, ¿Puede alguien excluirse de su ámbito de responsabilidad? No lo creemos. Todos estamos responsabilizados a viabilizar el diálogo; a ejecutar operaciones de entendimiento a fin de que prevalezca la racionabilidad de las cosas; entendimiento que posibilite encontrar soluciones con niveles o grados de participación de todas las partes que se ven afectadas por el conflicto. La asesoría correcta no debe descartarse por parte de los sujetos en conflicto. Siempre es bueno y propicio asistirse de expertos en la materia y no de leguleyos que todo lo tuercen, picapleitos onerosos que nada hacen ni dejan hacer; instrumentos al servicio de la ambigüedad, lo torcido y lo nefasto.
En una sociedad, como la panameña, es menester que empecemos a desarrollar la cultura del diálogo como mecanismo de freno a una vorágine impetuosa que a todos nos sumergiría en la angustia y la desesperación sin fin. La ayuda de afuera no puede ser siempre la tónica en nuestra búsqueda de soluciones a nuestros problemas, no. Debemos empezar por auto educarnos o instruirnos más. El lenguaje violento a nada conduce y mucho menos las ofensas que hieren la subjetividad, integridad y dignidad de las personas. Esto es lo que, en todo conflicto, debemos tomar muy en cuenta: que todo ser humano, independientemente de su condición social, credo político, raza, sexo o religión, es un ser digno. Nadie es más que nadie. Todos somos iguales, al menos ante los ojos del Creador. Hagámoslo una realidad entre nuestros congéneres que ellos sabrán dispensárnosla también. La guerra del verbo genera incertidumbre, resentimientos, traumas y dolores que enlutecen el espíritu alegre de una nación y de las familias que conforman los pueblos de un Estado.

101 años de Panamá América

 
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