El dilema de la ganadería nacional
Es difícil recordar un año, en los últimos 50, que no se haya producido un enfrentamiento de mayor o menor magnitud entre ganaderos productores de carne y los comerciantes importadores de carne bovina.
Las razones son relativamente fáciles de explicar, pero las soluciones difíciles de encontrar. Es casi inevitable que durante los meses de amplia lluvia y alta producción y calidad de pastos se produzca una sobre oferta de ganado y por la necesidad económica de los ganaderos de vender, el precio del ganado (en pie) baje, a veces demasiado.
Sin embargo, ante la libre oferta y demanda de este artículo de consumo, nadie puede obligar al detallista, llámese carnicería, tienda o super mercado, a bajar sus precios al consumidor.
Por el contrario, cuando se secan los pastos por los meses de verano y aún durante los primeros meses de lluvia, por razón de "la purga", sucede todo lo contrario, la oferta se reduce y el ganadero no puede vender su ganado porque está flaco y deshidratado; entonces, el precio del ganado en pie aumenta. Cuando esto sucede, nadie puede evitar (excepto su honestidad o su conciencia) que el expendedor de carne de consumo no aproveche la circunstancia para subir sus precios.
Para que nuestra gran industria ganadera, que ayuda al sostenimiento de más del 20% de la población y garantiza una parte importante del alimento del 100% de la población pueda fortalecerse y crecer, es necesario exportar.
Esto lo aprendieron y comprobaron los ganaderos hace muchos años, cuando voluntariamente crearon un impuesto de un balboa por cada res que sacrificaban, con el fin de subsidiar, ellos mismos, las exportaciones, ya que teníamos excedentes de ganado y los precios de exportación eran inferiores al costo de producción.
Hoy las condiciones han cambiado, y los exportadores no piden subsidios, pero si piden permisos para importar carne más barata y re-exportarla conjuntamente con carne nacional. Ya no se exportan reses, ahora se exporta carne empacada, a veces deshuesada y casi siempre congelada. Hasta allí la actividad parece positiva y lógica.
El problema se suscita cuando los importadores aspiran a importar cantidades no para exportar sino para el mercado interno y a veces de países con enfermedades que Panamá no tiene y de mataderos que no cumplen con los requisitos sanitarios indispensables requeridos por todos los países para proteger la salud de sus asociados. No tiene sentido que para transportar una res de una provincia de Panamá a otra se requiera un certificado veterinario y que para traer carne de otro país a Panamá no se exija ninguna certificación a este respecto. Por muchos años, Panamá no pudo exportar carne a Estados Unidos por falta de laboratorio toxicológico.
Si la importación de carne barata de otros países pone en peligro nuestra industria ganadera, Panamá tiene que aplicar "medidas de salvaguardia", tal como lo establece la OMC. Esto es indispensable, lógico y legal; y eso es lo que en uso del sentido común está haciendo, con justicia e imparcialidad, el Ministro de Desarrollo Agropecuario.
La solución sensata es que se den permisos de importación por cantidades similares a las que se exportan, y digo similares porque lo ideal es que se exporte más de lo que se importa, buscando así un equilibrio que permita a la industria ganadera crecer y prosperar y a los exportadores mantener su actividad, cumplir con sus compromisos, abrir nuevos mercados y crecer junto con la industria que le debe proveer la mayor parte de su materia prima. Los ganaderos deben reactivar el Instituto Ganadero y prepararse para el futuro, de modo que no se suspendan las exportaciones por falta de mercado o bajas de precio en el mercado internacional.
Las razones son relativamente fáciles de explicar, pero las soluciones difíciles de encontrar. Es casi inevitable que durante los meses de amplia lluvia y alta producción y calidad de pastos se produzca una sobre oferta de ganado y por la necesidad económica de los ganaderos de vender, el precio del ganado (en pie) baje, a veces demasiado.
Sin embargo, ante la libre oferta y demanda de este artículo de consumo, nadie puede obligar al detallista, llámese carnicería, tienda o super mercado, a bajar sus precios al consumidor.
Por el contrario, cuando se secan los pastos por los meses de verano y aún durante los primeros meses de lluvia, por razón de "la purga", sucede todo lo contrario, la oferta se reduce y el ganadero no puede vender su ganado porque está flaco y deshidratado; entonces, el precio del ganado en pie aumenta. Cuando esto sucede, nadie puede evitar (excepto su honestidad o su conciencia) que el expendedor de carne de consumo no aproveche la circunstancia para subir sus precios.
Para que nuestra gran industria ganadera, que ayuda al sostenimiento de más del 20% de la población y garantiza una parte importante del alimento del 100% de la población pueda fortalecerse y crecer, es necesario exportar.
Esto lo aprendieron y comprobaron los ganaderos hace muchos años, cuando voluntariamente crearon un impuesto de un balboa por cada res que sacrificaban, con el fin de subsidiar, ellos mismos, las exportaciones, ya que teníamos excedentes de ganado y los precios de exportación eran inferiores al costo de producción.
Hoy las condiciones han cambiado, y los exportadores no piden subsidios, pero si piden permisos para importar carne más barata y re-exportarla conjuntamente con carne nacional. Ya no se exportan reses, ahora se exporta carne empacada, a veces deshuesada y casi siempre congelada. Hasta allí la actividad parece positiva y lógica.
El problema se suscita cuando los importadores aspiran a importar cantidades no para exportar sino para el mercado interno y a veces de países con enfermedades que Panamá no tiene y de mataderos que no cumplen con los requisitos sanitarios indispensables requeridos por todos los países para proteger la salud de sus asociados. No tiene sentido que para transportar una res de una provincia de Panamá a otra se requiera un certificado veterinario y que para traer carne de otro país a Panamá no se exija ninguna certificación a este respecto. Por muchos años, Panamá no pudo exportar carne a Estados Unidos por falta de laboratorio toxicológico.
Si la importación de carne barata de otros países pone en peligro nuestra industria ganadera, Panamá tiene que aplicar "medidas de salvaguardia", tal como lo establece la OMC. Esto es indispensable, lógico y legal; y eso es lo que en uso del sentido común está haciendo, con justicia e imparcialidad, el Ministro de Desarrollo Agropecuario.
La solución sensata es que se den permisos de importación por cantidades similares a las que se exportan, y digo similares porque lo ideal es que se exporte más de lo que se importa, buscando así un equilibrio que permita a la industria ganadera crecer y prosperar y a los exportadores mantener su actividad, cumplir con sus compromisos, abrir nuevos mercados y crecer junto con la industria que le debe proveer la mayor parte de su materia prima. Los ganaderos deben reactivar el Instituto Ganadero y prepararse para el futuro, de modo que no se suspendan las exportaciones por falta de mercado o bajas de precio en el mercado internacional.