El discernimiento político
Son muchos los que consideran que nuestra actividad política no está tan predestinada al fracaso como imposibilitada de alcanzar el éxito. Para nosotros no puede hacer redención alguna. En este mundo no podremos superar jamás la tensión entre lo real y lo ideal, y todo esfuerzo por conseguirlo, no importa cuan heroico sea, no hará sino ahondar más nuestras dificultades.
En realidad, ni los médicos ni los metafísicos pueden curar nuestra enfermedad, causada por la política. La política puede proporcionar soluciones provisorias, pero no puede conceder plenitud. En el mejor de los casos, puede conducir a armisticios, conservando así una paz precaria. Puede, quizás, reducir el daño producido por los hombres y mujeres que buscan apasionada o inmoderadamente la justicia, tratando de educar el orden público a su visión de lo justo. En cualquier caso, todo lo que la política puede hacer - todo lo que debe hacer- es ayudar a "mantenernos a flote sobre una quilla pareja".
Para que nuestros gobernantes (aunque lo ideal fuera que actuaran como estadistas) puedan evitar el desastre, es necesario que se compenetren de la historia. Su tarea consiste en permanecer atentos a las sugerencias que ella proporciona. Deben conocer la historia de su país, permanecer en contacto con ella y cómo atesorarla fielmente. Para saber cómo actuar en política, deben guiarse por las tradiciones vigentes. La adecuada -sin duda, la única- actividad política, consiste en corregir cuidadosamente los ordenamientos existentes, mediante la exploración y la búsqueda de lo que en ellos hay de familiar. La historia descubre el alcance de las posibilidades y prescribe los límites de la acción atinada. El discernimiento político consiste, pues, en actuar dentro de los límites de lo dado en relación con lo posible.
La moralidad pública está engarzada en el orden establecido de las instituciones. Orientado por el consenso moral y por las instituciones que lo traducen, el verdadero gobernante (estadista) contribuirá simultáneamente a la verdadera libertad del individuo y a la supervivencia de la sociedad. Así, pues, la aceptación del consenso moral no es dictada por ninguna norma sobre lo que está bien o lo que está mal, sino por la prudencia.
Recordemos que gobernar es un arte, no una ciencia aplicada. Como arte, es una disciplina que no puede ser enseñada como en el caso de una disciplina meramente técnica, es decir, memorizando las reglas. Debe ser transmitida o comunicada, como lo son todos los asuntos relacionados con el gusto y el estilo. Por ejemplo, el estudio más concienzudo de los libros de cocina, no servirá por sí sólo para producir un verdadero cocinero. El conocimiento práctico no es el conocimiento técnico; es el conocimiento acerca de cómo actuar, cómo improvisar dentro de límites establecidos. Es la habilidad de explotar las posibilidades existentes, "de hacer amiga cada situación hostil". Pero no debemos olvidar que las situaciones no son otras que las existentes.
Por otra parte, es aconsejable que el hombre o la mujer de estado debe ocuparse de nuestras dificultades en forma fraccionada, no en su totalidad. Se aduce que todo los desastres políticos del siglo XX se debieron justamente a su incapacidad para atender los problemas específicos, a su tendencia a abarcar demasiado y, algunas veces, a ir en pos de ideales. La consulta popular es indispensable en la acción política. En tanto actuamos ajustándonos al consenso de la comunidad, impedimos, ante todo, que se susciten resentimientos. Y, finalmente, allí donde gobiernan estadistas prudentes, sin dejar de ser activos y diligentes, los hombres y mujeres se mantienen integrados y adaptados, desempeñando pacíficamente su papel. Una sociedad semejante resulta equilibrada y estable; es lo que, en conjunto, aspiramos a que sea nuestro nuevo Panamá.
En realidad, ni los médicos ni los metafísicos pueden curar nuestra enfermedad, causada por la política. La política puede proporcionar soluciones provisorias, pero no puede conceder plenitud. En el mejor de los casos, puede conducir a armisticios, conservando así una paz precaria. Puede, quizás, reducir el daño producido por los hombres y mujeres que buscan apasionada o inmoderadamente la justicia, tratando de educar el orden público a su visión de lo justo. En cualquier caso, todo lo que la política puede hacer - todo lo que debe hacer- es ayudar a "mantenernos a flote sobre una quilla pareja".
Para que nuestros gobernantes (aunque lo ideal fuera que actuaran como estadistas) puedan evitar el desastre, es necesario que se compenetren de la historia. Su tarea consiste en permanecer atentos a las sugerencias que ella proporciona. Deben conocer la historia de su país, permanecer en contacto con ella y cómo atesorarla fielmente. Para saber cómo actuar en política, deben guiarse por las tradiciones vigentes. La adecuada -sin duda, la única- actividad política, consiste en corregir cuidadosamente los ordenamientos existentes, mediante la exploración y la búsqueda de lo que en ellos hay de familiar. La historia descubre el alcance de las posibilidades y prescribe los límites de la acción atinada. El discernimiento político consiste, pues, en actuar dentro de los límites de lo dado en relación con lo posible.
La moralidad pública está engarzada en el orden establecido de las instituciones. Orientado por el consenso moral y por las instituciones que lo traducen, el verdadero gobernante (estadista) contribuirá simultáneamente a la verdadera libertad del individuo y a la supervivencia de la sociedad. Así, pues, la aceptación del consenso moral no es dictada por ninguna norma sobre lo que está bien o lo que está mal, sino por la prudencia.
Recordemos que gobernar es un arte, no una ciencia aplicada. Como arte, es una disciplina que no puede ser enseñada como en el caso de una disciplina meramente técnica, es decir, memorizando las reglas. Debe ser transmitida o comunicada, como lo son todos los asuntos relacionados con el gusto y el estilo. Por ejemplo, el estudio más concienzudo de los libros de cocina, no servirá por sí sólo para producir un verdadero cocinero. El conocimiento práctico no es el conocimiento técnico; es el conocimiento acerca de cómo actuar, cómo improvisar dentro de límites establecidos. Es la habilidad de explotar las posibilidades existentes, "de hacer amiga cada situación hostil". Pero no debemos olvidar que las situaciones no son otras que las existentes.
Por otra parte, es aconsejable que el hombre o la mujer de estado debe ocuparse de nuestras dificultades en forma fraccionada, no en su totalidad. Se aduce que todo los desastres políticos del siglo XX se debieron justamente a su incapacidad para atender los problemas específicos, a su tendencia a abarcar demasiado y, algunas veces, a ir en pos de ideales. La consulta popular es indispensable en la acción política. En tanto actuamos ajustándonos al consenso de la comunidad, impedimos, ante todo, que se susciten resentimientos. Y, finalmente, allí donde gobiernan estadistas prudentes, sin dejar de ser activos y diligentes, los hombres y mujeres se mantienen integrados y adaptados, desempeñando pacíficamente su papel. Una sociedad semejante resulta equilibrada y estable; es lo que, en conjunto, aspiramos a que sea nuestro nuevo Panamá.