El efecto termidor
Las prácticas democráticas tienen la bondad de que permiten resolver conflictos sin recurrir a la violencia. Cuando, hace poco más de 200 años, los líderes de la Revolución Francesa interpretaban la voluntad popular y pedían las cabezas de los líderes de la Asamblea, por la corrupción desenfrenada y los errores cometidos, no lo hacían metafóricamente.
Hoy no es necesario el derramamiento de sangre. Hemos inventado las elecciones libres y limpias, que, a pesar de que siempre tienen alguna que otra brusca, son imponderablemente más efectivas para renovar a la clase política sin que nos atormente el ruido de la guillotina.
El 7 de septiembre el partido de gobierno, que a su vez es el partido con el mayor número de inscritos, tomará una decisión en las urnas que podría ser verdaderamente revolucionaria. La vieja dirigencia (independientemente de sus edades) podría ser desplazada por nuevas caras.
Una mayoría de los actuales legisladores podrían ser defenestrados por sus propios copartidarios, asqueados ya porque sus supuestos representantes solo piensan en sí mismos y no en las leyes que el país necesita, porque es intolerable que en vez de que los diputados supervisen y controlen al Ejecutivo, solo piensan en obtener alguna prebenda o ventaja a cambio de hacerse la vista gorda ante el abuso y el desacierto en la conducción del gobierno. Si las elecciones del 7 de septiembre producen el efecto termidor, el mapa político del país podría comenzar a cambiar al día siguiente.