El ejemplo de la Gran Terminal
El éxito logrado por la Terminal Nacional de Transporte debe servir de modelo de ejecución y solución de otros problemas del país que el Estado no pueda solventar. Hablamos de temas como los de la basura, el propio transporte público y algunos puertos y aeropuertos. No lo recordamos, pero antes que se construyera la actual, quienes viajaban al interior debían desplazarse hacia terminales ruinosas, llenas de lodo y charcos de agua, expuestos a la lluvia, sin un baño decente, ni sillas donde sentarse o esperar, abrumados por el sol, la suciedad y el calor, sin lugares decentes para comer o tomar un refresco, salvo de vendedores callejeros.
Ni hablar del problema de la seguridad. Aquellos lugares eran dantescos. Uno en Calle J, que era una vergüenza y donde los usuarios luchaban por no ser arrollados por los buses y disputando a codazos un cupo; otro estaba en El Marañón, peligrosísimo y a la intemperie, donde buscar un taxi era una aventura; y el campeón de precariedad era el de El Chorrillo, donde los asaltos y violaciones se daban a diario y, después de las siete de la noche, la muerte.
Todavía recordamos la feroz resistencia de muchos transportistas contra la Gran Terminal, negándose a llegar a ella y defendiendo con dientes y uñas sus "cuchitriles" vergonzosos. "Dejen que el pobre se defienda", era el grito de guerra, para justificar lo injustificable. Panamá había crecido y se merecía una terminal decente. Al final, hubo que echarles la Policía y hacerlo a la fuerza, porque si se hubiera buscado el consenso, algún referéndum o un arreglo político, el proyecto habría sido rechazado por ignorancia y miopía.
Hoy, la capital cuenta con un lugar regio, seguro, ordenado, fresco y espacioso, pleno de variados servicios, que es orgullo de la ciudad. ¿Cómo se logró? Pregunten a Mello Alemán y a los locos que lo acompañaron en esa aventura financiera. Una terminal privada, de la que participaran las organizaciones transportistas sin contaminarla con sus muchos vicios. La fórmula ganadora fue la participación de capital y talento privado, apoyo gubernamental, fuerza o autoridad y participación de los transportistas.
Ni hablar del problema de la seguridad. Aquellos lugares eran dantescos. Uno en Calle J, que era una vergüenza y donde los usuarios luchaban por no ser arrollados por los buses y disputando a codazos un cupo; otro estaba en El Marañón, peligrosísimo y a la intemperie, donde buscar un taxi era una aventura; y el campeón de precariedad era el de El Chorrillo, donde los asaltos y violaciones se daban a diario y, después de las siete de la noche, la muerte.
Todavía recordamos la feroz resistencia de muchos transportistas contra la Gran Terminal, negándose a llegar a ella y defendiendo con dientes y uñas sus "cuchitriles" vergonzosos. "Dejen que el pobre se defienda", era el grito de guerra, para justificar lo injustificable. Panamá había crecido y se merecía una terminal decente. Al final, hubo que echarles la Policía y hacerlo a la fuerza, porque si se hubiera buscado el consenso, algún referéndum o un arreglo político, el proyecto habría sido rechazado por ignorancia y miopía.
Hoy, la capital cuenta con un lugar regio, seguro, ordenado, fresco y espacioso, pleno de variados servicios, que es orgullo de la ciudad. ¿Cómo se logró? Pregunten a Mello Alemán y a los locos que lo acompañaron en esa aventura financiera. Una terminal privada, de la que participaran las organizaciones transportistas sin contaminarla con sus muchos vicios. La fórmula ganadora fue la participación de capital y talento privado, apoyo gubernamental, fuerza o autoridad y participación de los transportistas.