El ejercicio del poder democrático y libertad
En la transición del medioevo hacia la modernidad, surgió una serie de investigaciones y teorías sobre las cuales se fueron construyendo los fundamentos científicos de lo que se conoce como el estado de derecho. Unos de esos pensadores, lo fue sin lugar a dudas, el conde de Montequieu, que según Irving Ziitlin, autor de la “obra Ideología y Teoría Sociológica” trabajó profundamente el estudio sobre la relación del poder con la libertad. En efecto, Montesquieu (1689-1755) acotaba: “Los hombres no son libres porque tengan derechos naturales o porque se rebelan cuando la opresión se hace intolerable; son libres en la medida en que se distribuyan y se organice el poder para impedir que se abuse de él o al menos para reducir este peligro al mínimo. Más aún, se conserva mejor la libertad allí donde los grupos interesados o los sectores organizados se controlan mutuamente y controlan al gobierno y donde las leyes establecen debidamente la posibilidad de hacerlo”.
El moderno estado de derecho-constitucional, encuentra en Montequieu, los principios de teoría política y sociológicas que le sirven de fundamento a varias de sus normas, teniendo como norte, el control que debe existir sobre los que ejercen el poder de tal suerte que no derive hacia formas abusivas del ejercicio de los mismos. Precisamente, al decir del jurista colombiano, Madriñán, la clásica teoría de la separación de poderes en el fondo se traduce en una teoría de la evitación del control excesivo o localizado del ejercicio del poder.
Como desarrollo de estas teorías, sobre todo la que tiene que ver con la separación de poderes como fundamento clásico, vigente hoy, del estado de derecho, se concluye, de manera enfática, que el funcionamiento equilibrado de esta triangular relación (de los tres poderes), es al Órgano Judicial al que le compete controlar todo indicio que pueda significar una hipertrofia de tal relación. Al punto que pueda generar lo que, precisamente, procura evitar la teoría de la separación. Cuando este equilibrio se altera, corre peligro el estado de derecho y, por derivación, la democracia y la libertad.
En otras ocasiones, hemos sido contundentes en señalar que la democracia y el ejercicio del poder pasan por la construcción de espacios para la consulta y el diálogo con la sociedad civil. No es cierto, que la condición de ciudadano se pierde con el ejercicio del sufragio. La teoría, de que una vez que pasan las elecciones, pasamos a la condición de súbdito del poder, es degradante y humillante.
Un buen ejercicio de gobernabilidad, no contradice los escenarios propios de democracia participativa. Todo lo contrario, fortalece la cultura ciudadana y el estado de derecho.