El ejercicio ético del poder
EN EL PENSAMIENTO de la filosofía medieval, tanto en el aspecto político como en el jurídico, la relación Estado, Derecho, Política y Moral se hallaba plagada de un teocentrismo que parecía inescindible, es decir, todo giraba en torno a Dios. Nada, como formas del pensamiento, era objeto de veracidad si se soslayaba a Dios.
Guillermo Ockham, predicando un nominalismo voluntarista, inspiraría lo que posteriormente se denominó el racionalismo iusnaturalista y que no funcionó, como racionalismo, tan sólo en el ámbito del Derecho, sino en todas las posibles formas del conocimiento humano: la razón es fuente de todo. Se destruía, con el advenimiento de la mentalidad racional, el más fuerte postulado de la filosofía medieval: sólo Dios es necesario y todo lo demás es contingente.
El racionalismo trajo el concepto de la "necesidad" al terreno del derecho, de la política, de las ciencias, sobre todo de las denominadas "ciencias exactas". Sobresalieron los genios, en dichas ciencias, de Kepler, Copérnico, Galileo, Newton, Harvey, y otros. Fue, precisa advertirlo, ese racionalismo el que dio por sentado el divorcio de la moral y el derecho y que encontrara en las ideas de Kant su gran sistematización, sobre todo con su "Crítica a la Razón Pura". Por ello, se sostiene que Kant quiso minimizar las tensiones entre "contingencia" y "necesidad", atribuyéndole al derecho su nota de "alteridad" y a la moral su distintiva y acentuada tónica de "individualidad".
Lo mismo aconteció en el ámbito de la política, que comenzó a distanciarse de Dios y se vislumbró al hombre politikón como un instrumento para el desarrollo y ejercicio del poder en aras de desenvolver los fines primarios del Estado. Todo esto generó una perversión en el ejercicio del poder político, sin que por ello pretendamos ausentar las no menos perversiones de las monarquías medievales que, "en nombre de la Iglesia", cometieron los más horrendos crímenes, incluso arrasando pueblos y ciudades enteras.
El divorcio de la moral frente a la política, del derecho frente al carácter ético de las instituciones y de las personas que ejercen el papel de jueces, ha traído como consecuencia una especie de sublevación o superposición de "lo inmoral" frente a lo "moralmente" exigible. De modo tal que dubitar o conjeturar si la moral importa o no al ejercicio del poder político, al desarrollo de la administración de justicia, es algo que ha sido superado con la decadencia de ese mismo racionalismo iusnaturalista que primó tras las ideas de Groccio, Puffendorf, Locke, Hobbes, Rousseau, Kant, y otros hasta gran parte del entrado siglo XIX. Se retornó, luego, a hacer trascender la moral en todo: en la política, en el derecho como orden normativo, en las acciones y comportamientos de los gobernantes y de quienes ejercen liderazgos en el seno social. No puede ser cierto que el ejercicio del poder político se desenvuelva o desarrolle al margen o aislado de la cuestión ética y moral. Todo ello debe circunscribirse a actuaciones apegadas a preceptos éticos.
Por ello, el imperativo categórico kantiano que predica "Obra de tal manera que puedas querer que la norma de tu conducta sea erigida en norma de conducta universal", vino a sustituir los imperativos hipotéticos que postulaban la idea de que el hombre "actúa moralmente por meros fines": la felicidad, la paz, el orden, la bondad humana, etc., y ello, porque el obrar de tal o cual manera no es una regla de conducta moral, advertía Kant, dado que sólo resultan obligatorios sus mandatos para quien se sienta compelido u obligado a acatarlos.
La moral kantiana luego, a diferencia de otros conceptos éticos, es autónoma y formal: a nadie se le exige nada, Usted decide cómo erigir una norma moral pretendiendo que su conducta pueda ser tenida como un verdadero patrón de actuar por parte de los demás. Cuando esto sucede, es importante decirlo, se producen paradigmas que devienen luego en claros ejemplos a seguir por parte de los asociados.
Se impone, sin duda alguna, que quienes ejercen el poder político lo hagan con donaire, ética, moral, recta y verticalmente a sabiendas que se deben a toda una colectividad que no les quita el ojo de encima ni les cierra el oído a lo que digan; pero que tampoco les pierde la mirada a todo cuanto hagan o ejerciten.
abog27172010@hotmail.com
Guillermo Ockham, predicando un nominalismo voluntarista, inspiraría lo que posteriormente se denominó el racionalismo iusnaturalista y que no funcionó, como racionalismo, tan sólo en el ámbito del Derecho, sino en todas las posibles formas del conocimiento humano: la razón es fuente de todo. Se destruía, con el advenimiento de la mentalidad racional, el más fuerte postulado de la filosofía medieval: sólo Dios es necesario y todo lo demás es contingente.
El racionalismo trajo el concepto de la "necesidad" al terreno del derecho, de la política, de las ciencias, sobre todo de las denominadas "ciencias exactas". Sobresalieron los genios, en dichas ciencias, de Kepler, Copérnico, Galileo, Newton, Harvey, y otros. Fue, precisa advertirlo, ese racionalismo el que dio por sentado el divorcio de la moral y el derecho y que encontrara en las ideas de Kant su gran sistematización, sobre todo con su "Crítica a la Razón Pura". Por ello, se sostiene que Kant quiso minimizar las tensiones entre "contingencia" y "necesidad", atribuyéndole al derecho su nota de "alteridad" y a la moral su distintiva y acentuada tónica de "individualidad".
Lo mismo aconteció en el ámbito de la política, que comenzó a distanciarse de Dios y se vislumbró al hombre politikón como un instrumento para el desarrollo y ejercicio del poder en aras de desenvolver los fines primarios del Estado. Todo esto generó una perversión en el ejercicio del poder político, sin que por ello pretendamos ausentar las no menos perversiones de las monarquías medievales que, "en nombre de la Iglesia", cometieron los más horrendos crímenes, incluso arrasando pueblos y ciudades enteras.
El divorcio de la moral frente a la política, del derecho frente al carácter ético de las instituciones y de las personas que ejercen el papel de jueces, ha traído como consecuencia una especie de sublevación o superposición de "lo inmoral" frente a lo "moralmente" exigible. De modo tal que dubitar o conjeturar si la moral importa o no al ejercicio del poder político, al desarrollo de la administración de justicia, es algo que ha sido superado con la decadencia de ese mismo racionalismo iusnaturalista que primó tras las ideas de Groccio, Puffendorf, Locke, Hobbes, Rousseau, Kant, y otros hasta gran parte del entrado siglo XIX. Se retornó, luego, a hacer trascender la moral en todo: en la política, en el derecho como orden normativo, en las acciones y comportamientos de los gobernantes y de quienes ejercen liderazgos en el seno social. No puede ser cierto que el ejercicio del poder político se desenvuelva o desarrolle al margen o aislado de la cuestión ética y moral. Todo ello debe circunscribirse a actuaciones apegadas a preceptos éticos.
Por ello, el imperativo categórico kantiano que predica "Obra de tal manera que puedas querer que la norma de tu conducta sea erigida en norma de conducta universal", vino a sustituir los imperativos hipotéticos que postulaban la idea de que el hombre "actúa moralmente por meros fines": la felicidad, la paz, el orden, la bondad humana, etc., y ello, porque el obrar de tal o cual manera no es una regla de conducta moral, advertía Kant, dado que sólo resultan obligatorios sus mandatos para quien se sienta compelido u obligado a acatarlos.
La moral kantiana luego, a diferencia de otros conceptos éticos, es autónoma y formal: a nadie se le exige nada, Usted decide cómo erigir una norma moral pretendiendo que su conducta pueda ser tenida como un verdadero patrón de actuar por parte de los demás. Cuando esto sucede, es importante decirlo, se producen paradigmas que devienen luego en claros ejemplos a seguir por parte de los asociados.
Se impone, sin duda alguna, que quienes ejercen el poder político lo hagan con donaire, ética, moral, recta y verticalmente a sabiendas que se deben a toda una colectividad que no les quita el ojo de encima ni les cierra el oído a lo que digan; pero que tampoco les pierde la mirada a todo cuanto hagan o ejerciten.
abog27172010@hotmail.com