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El empleo es el mejor remedio contra la pobreza


En este sentido se nos ha dicho y reiterado que la solución al problema económico nacional consiste en identificar inversionistas que quieran traer su dinero al país con un destino financiero o productivo. Detrás de esa meta todo sacrificio es adecuado, ya que luego se producen bienes o servicios, los panameños logran obtener trabajo y todo mejora. Pero los inversores necesitan confianza en el país. Esa confianza, se dice, es fruto de un buen cumplimiento de las leyes, del respeto a las instituciones y del compromiso con las obligaciones en el exterior. Como Panamá es deudor crónico, la confianza se va erosionando y para recuperarla se presiona sobre el presupuesto público con reiterados ajustes, sometiendo a la sociedad a tales tensiones internas que estamos siempre al borde de la crisis, sea política o social. Esto también diluye la confianza, con lo cual el problema se reitera y recomienza el círculo.
Por una u otra razón, las buscadas inversiones aparecen con cuentagotas. Esto se ha reiterado tantos años que la lógica de estas ideas se ha desinflado, hasta convertirse en una letanía que muy pocos aún creen. El obstáculo para romper el círculo en que hoy día estamos inmersos es que las ideas para la reactivación no se han construido sobre la necesidad de darle trabajo a la gente. Y esto es peligroso. Detrás de eso hay un instinto de autodestrucción que se hace evidente cuando se analiza la distribución de la riqueza, en la que unos pocos toman decisiones que generan beneficios que en parte, derraman sobre los demás.
El problema es que aquellos con alta concentración de ingresos descuida la productividad de sus industrias y servicios, y culturalmente resulta más tentador acumular riqueza a expensas de otro, antes que generarla juntos y distribuirla de modo parejo. Lamentablemente, Panamá ha seguido por años, ideas equivocadas en materia de promoción del trabajo y el empleo. Y eso se puede y, por lo tanto, se debe cambiar. En lugar de pensar en que el desempleo se origina en la falta de formación del desocupado -por lo que en esencia su falta de trabajo sería su culpa y su problema- hay que admitir que se debe combinar la formación con la capacidad para organizar nuevos emprendimientos. ¿Cómo? Con crédito accesible para toda iniciativa por modesta que sea; con la difusión de las mejores prácticas y tecnologías; con una mejor preparación de los responsables políticos para entender las claves del crecimiento; con el estímulo a las organizaciones sociales de base para que orienten las iniciativas productivas locales. A todo eso, hay que sumar la promoción exportadora, la articulación de pequeñas y medianas empresas para el crédito y la capacitación, y tantas otras cosas posibles y necesarias.
Instrumentos o caminos no faltan. Buena parte de ellos ya los estamos recorriendo. Sin embargo, aún falta convicción para ocupar el centro de la escena y reclamar la atención sobre el trabajo. La inclusión social -a través del trabajo- es el único camino cierto para eliminar la pobreza.


101 años de Panamá América

 
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