El escenario social panameño
Hace unos días -el pasado sábado 8 de marzo, para ser exactos-, una compañera de clases de la universidad me mostró su preocupación, la cual gravitaba en torno a la realidad social que vive nuestro país y el futuro desconsolador que se vislumbra, si las cosas no cambian para mejor.
Sus interrogantes demostraban una seria intranquilidad por el diario vivir de nuestra nación, en especial, de nuestra juventud. Ella se cuestionaba, ¿qué de bueno le puede enseñar un padre o una madre joven, que no tiene nada en la cabeza, a sus hijos, si yo, que creo que tengo algo en la cabeza, siento que a veces no estoy haciendo las cosas bien? Me sorprendí, no puedo negarlo. Y es que esa interrogante, aunque plasmada de una forma menos despectiva, también forma parte de mis preocupaciones para con nuestra sociedad; más aún, cuando yo formo parte de esa juventud que, en su mayoría, no está pendiente del acontecer nacional y mundial, no está al tanto de las acciones de quienes administran el Estado y mucho menos participa activamente en la búsqueda de soluciones a los principales problemas que nos aquejan. Una juventud que, en gran medida, no sabe lo que contiene y representa la Constitución Política de su nación, ignora a ciencia cierta sus derechos y deberes ciudadanos, y desconoce su identidad social ante el Estado del que forma parte.
Sin embargo, no puedo negar que también sentí cierto alivio al percatarme de que, como mi colega universitaria, existen personas jóvenes que están realmente turbadas por el escenario social que vivimos; hecho que me permite destacar, afortunadamente, que la esperanza aún no se ha perdido.
Aquella flagra interrogante dio paso a una conversación breve, pero profunda, en la cual hice alusión a una cantidad importante de puntos que, sin lugar a dudas, deben considerarse a la hora de hablar de nuestros problemas sociales. Fui atentamente escuchado por mi interlocutora, y así pude exponer mis planteamientos sobre educación, corrupción, anarquía, gobierno; en fin, todo lo que podía considerar relevante ante el interesante cuestionamiento. Ella también aportó al debate; no obstante, mientras más tratábamos el tema, más aumentaba su preocupación. ¿Entonces, hacia dónde vamos? ¿Qué nos espera?...
Definitivamente -le respondí-, nuestra sociedad está sumergida en un patético círculo de auto degradación que terminará por convertirnos en víctimas de nuestra propia intransigencia, intransigencia que se mide a partir de nuestra incapacidad de saber impulsar medidas que nos ayuden a detener este creciente desgaste social que amenaza nuestra seguridad humana, desgaste social que nace de un disfuncional modelo de Estado que debe ser reestructurado a fin de evitar el colapso inminente, pero que, en contraposición de lo que realmente se requiere, es defendido a capa y espada por sus administradores, quienes se aprovechan de sus debilidades para saciar sus intereses y obviar las necesidades de las mayorías.
Recordamos, entonces, aquel famoso pensamiento que nos enseña que los gobiernos son reflejo de la sociedad que administran; lo que es cierto. Un gobierno despreocupado por la realidad del Estado que tiene a bien administrar, es reflejo de una sociedad igual de despreocupada, que no sabe o que no quiere hacer valer sus derechos; o bien, que le da igual lo que ocurra después que no sienta que le afecta a manera personal.
¿Pero por dónde se empieza a arreglar esto?... Interesante pregunta, ¿no creen? Pues la respondí, en base a lo que creo; no obstante, si alguno de mis lectores o lectoras cree que estoy equivocado, estoy a bien escuchar las sugerencias. A mi criterio, se debe empezar por arriba. Requerimos de gobernantes dispuestos a impulsar los cambios que nuestra nación requiere, a fin de abrirse a un renacimiento sociopolítico que la libere de la degradación hoy imperante; necesitamos líderes, hombres y mujeres, dispuestos a dar el todo por el todo en nuestra sociedad y su reivindicación. ¿Y dónde están esos líderes? Los hay, claro que los hay; pero no los queremos escuchar, preferimos seguir las voces de aquellos que nos han pisoteado la dignidad una y otra vez; preferimos seguir posponiendo la catarsis sociopolítica que en nuestro subconsciente anhelamos noche y día.
Debemos buscar esos líderes y darles la oportunidad; si no lo hacemos, entonces la solución tendrá que empezar por abajo, de parte de los niveles más bajos de nuestra sociedad, lo que es posible, pero peligroso. Ya tenemos malas experiencias con esta forma de buscar la reivindicación social y, en la actualidad, más de un país la está viviendo igual.
(augusto2312@hotmail.com)
Sus interrogantes demostraban una seria intranquilidad por el diario vivir de nuestra nación, en especial, de nuestra juventud. Ella se cuestionaba, ¿qué de bueno le puede enseñar un padre o una madre joven, que no tiene nada en la cabeza, a sus hijos, si yo, que creo que tengo algo en la cabeza, siento que a veces no estoy haciendo las cosas bien? Me sorprendí, no puedo negarlo. Y es que esa interrogante, aunque plasmada de una forma menos despectiva, también forma parte de mis preocupaciones para con nuestra sociedad; más aún, cuando yo formo parte de esa juventud que, en su mayoría, no está pendiente del acontecer nacional y mundial, no está al tanto de las acciones de quienes administran el Estado y mucho menos participa activamente en la búsqueda de soluciones a los principales problemas que nos aquejan. Una juventud que, en gran medida, no sabe lo que contiene y representa la Constitución Política de su nación, ignora a ciencia cierta sus derechos y deberes ciudadanos, y desconoce su identidad social ante el Estado del que forma parte.
Sin embargo, no puedo negar que también sentí cierto alivio al percatarme de que, como mi colega universitaria, existen personas jóvenes que están realmente turbadas por el escenario social que vivimos; hecho que me permite destacar, afortunadamente, que la esperanza aún no se ha perdido.
Aquella flagra interrogante dio paso a una conversación breve, pero profunda, en la cual hice alusión a una cantidad importante de puntos que, sin lugar a dudas, deben considerarse a la hora de hablar de nuestros problemas sociales. Fui atentamente escuchado por mi interlocutora, y así pude exponer mis planteamientos sobre educación, corrupción, anarquía, gobierno; en fin, todo lo que podía considerar relevante ante el interesante cuestionamiento. Ella también aportó al debate; no obstante, mientras más tratábamos el tema, más aumentaba su preocupación. ¿Entonces, hacia dónde vamos? ¿Qué nos espera?...
Definitivamente -le respondí-, nuestra sociedad está sumergida en un patético círculo de auto degradación que terminará por convertirnos en víctimas de nuestra propia intransigencia, intransigencia que se mide a partir de nuestra incapacidad de saber impulsar medidas que nos ayuden a detener este creciente desgaste social que amenaza nuestra seguridad humana, desgaste social que nace de un disfuncional modelo de Estado que debe ser reestructurado a fin de evitar el colapso inminente, pero que, en contraposición de lo que realmente se requiere, es defendido a capa y espada por sus administradores, quienes se aprovechan de sus debilidades para saciar sus intereses y obviar las necesidades de las mayorías.
Recordamos, entonces, aquel famoso pensamiento que nos enseña que los gobiernos son reflejo de la sociedad que administran; lo que es cierto. Un gobierno despreocupado por la realidad del Estado que tiene a bien administrar, es reflejo de una sociedad igual de despreocupada, que no sabe o que no quiere hacer valer sus derechos; o bien, que le da igual lo que ocurra después que no sienta que le afecta a manera personal.
¿Pero por dónde se empieza a arreglar esto?... Interesante pregunta, ¿no creen? Pues la respondí, en base a lo que creo; no obstante, si alguno de mis lectores o lectoras cree que estoy equivocado, estoy a bien escuchar las sugerencias. A mi criterio, se debe empezar por arriba. Requerimos de gobernantes dispuestos a impulsar los cambios que nuestra nación requiere, a fin de abrirse a un renacimiento sociopolítico que la libere de la degradación hoy imperante; necesitamos líderes, hombres y mujeres, dispuestos a dar el todo por el todo en nuestra sociedad y su reivindicación. ¿Y dónde están esos líderes? Los hay, claro que los hay; pero no los queremos escuchar, preferimos seguir las voces de aquellos que nos han pisoteado la dignidad una y otra vez; preferimos seguir posponiendo la catarsis sociopolítica que en nuestro subconsciente anhelamos noche y día.
Debemos buscar esos líderes y darles la oportunidad; si no lo hacemos, entonces la solución tendrá que empezar por abajo, de parte de los niveles más bajos de nuestra sociedad, lo que es posible, pero peligroso. Ya tenemos malas experiencias con esta forma de buscar la reivindicación social y, en la actualidad, más de un país la está viviendo igual.
(augusto2312@hotmail.com)