El escepticismo pedagógico
El escepticismo pedagógico es en filosofía la doctrina más sólida, más inconmovible. Y es porque se elabora con un lujo de lógica, llevando al extremo del rigor los razonamientos y las demostraciones. Es también la doctrina filosófica más congruente y más sincera; pero es al mismo tiempo la más estéril. Es sin ninguna duda la más filosófica de las doctrinas filosóficas, porque no suelta ni por un momento el instrumento filosófico por excelencia: la duda metódica.
En educación no conozco a la fecha (quizás por la limitación de mis lecturas) ninguna doctrina escéptica. Todos los pedagogos son, al final de cuentas, optimistas; y eso es precisamente lo que se requiere en pedagogía: la confianza en los resultados. La escuela es un concurso de intereses (el Estado, la sociedad, el hogar, el individuo), que nadie hasta hoy ha puesto en duda. De qué manera satisfacerlos mejor, eso es lo que preocupa a los educadores; pero ninguno de ellos osa poner en duda la realidad de esos intereses y la posibilidad de los resultados.
Vamos a permitirnos ahora -aún sabiendo que podemos escandalizar a más de algún creyente fervoroso de la educación- señalar las bases de una opinión que se aparta a muchas leguas de las doctrinas en boga.
Comencemos por referirnos a Alfred Eduardo Claparede, quien sostenía "que la escuela debe educar para la vida". Y todavía es una expresión frecuente en casi todos los autores de la actualidad. Pero si ello es todo cierto, es decir, si la escuela prepara para la vida, lógicamente debe entenderse que la escuela se encuentra fuera de la vida; así concebido, entonces a los educadores les importa poco el presente hermosísimo que se llama el niño, con tal de pensar en un futuro dudoso que será el adulto. Ahí tenemos un vicio fundamental: la escuela actual se preocupa más por los hombres que por los niños. "Educar para la vida" repiten todos. Se olvidan que el niño vive su vida de niño, y por eso hay que tomarlo en cuenta como tal, antes que pensar en el adulto.
Preparar al niño para la vida es postular que el hombre no nace sino al salir de la escuela; es decir, que la escuela y la vida son dos campos irreductibles el uno al otro. Sería muy fácil remendar este vicio de expresión diciendo que se educa para la vida futura, pero siempre queda el error básico, el de tomar en cuenta la realidad futura del hombre y olvidarse de la realidad actual del niño.
No queremos decir que nadie haya reparado en esta inconsecuencia doctrinaria de la educación contemporánea; es muy posible que muchos hayan reparado en el error, pero no se han atrevido a señalarlo, quizás porque la enmienda los conduce a declaraciones un tanto tristes para los maestros. Nosotros intentaremos llegar a esas declaraciones, en este breve espacio, movidos más que todo por una sed de sinceridad y aunque nuestras conclusiones causen disgusto a ciertos colegas.
En realidad, Claparede no se equivocó en lo dicho. Que él se haya dado cuenta de la verdad que decía eso no podemos confesarlo, pero que conscientemente o sin conciencia de ello. Claparede dijo una verdad, eso es lo que nosotros declaramos. La escuela está fuera de la vida, más bien pareciera una impostura. La escuela y la vida son dos realidades que se enfrentan riñendo la una con la obra. Han reñido la una con la otra desde hace mucho tiempo, a pesar que en nuestros días hay un profundo empeño en tratar de armonizarlas, en asimilar lo más posible la escuela a la vida para que no resulte tan pesada la impostura que padecen los niños.
Para demostrar la razón que nos asiste, no tenemos más que acudir a las más comunes nociones de historia de la educación. Ya sabemos todos que la escuela es un invento griego, aún más, un invento del Estado griego. Desde entonces, la escuela fue el más activo instrumento de propaganda oficial de los griegos y de los romanos. La escuela era entonces el más propicio sitio para imponer a los niños el conocimiento de los intereses fundamentales del Estado. La escuela era el cuartel de los niños. Creer en el Estado, jurarle fidelidad, conocer sus necesidades y tratar de defenderlas a toda costa, esa fue la proclama pedagógica con que se inauguró la escuela de Occidente. (La mal llamada pedagogía de los chinos, persas e indos no tiene nada que ver con la escuela que se inicia en Grecia).
Vistos los maravillosos resultados que el Estado había obtenido de la propaganda educativa, la Iglesia retomó el sistema en la Edad Media y levantó su tipo de escuela que mantenía la misma arquitectura que la escuela clásica, pero con distinta ornamentación y nueva doctrina. Ahora ya no se proponía la defensa de los intereses del Estado. Sino la defensa y la propaganda de la religión. Entonces formaba soldados: ahora formaba creyentes.
Una tercera etapa en este proceso nos la ofrecen los Estados modernos de Europa, después de caída la Iglesia y su poder terrenal. Los Estados modernos ya no quieren soldados únicamente, quieren ciudadanos, es decir, hombres desmilitarizados por la forma, pero armados espiritualmente y que estén pronto a combatir con las ideas en defensa de los nuevos intereses del Estado.
Con estas breves notas lo único que hemos logrado es aclarar la situación real de la escuela de ayer y aún de hoy, y nuestra conclusión es escéptica. La escuela no responde a necesidades reales de la vida, sino a necesidades transitorias o ficticias del Estado y de los grandes consorcios empresariales e industriales tanto nacionales como multinacionales.
En educación no conozco a la fecha (quizás por la limitación de mis lecturas) ninguna doctrina escéptica. Todos los pedagogos son, al final de cuentas, optimistas; y eso es precisamente lo que se requiere en pedagogía: la confianza en los resultados. La escuela es un concurso de intereses (el Estado, la sociedad, el hogar, el individuo), que nadie hasta hoy ha puesto en duda. De qué manera satisfacerlos mejor, eso es lo que preocupa a los educadores; pero ninguno de ellos osa poner en duda la realidad de esos intereses y la posibilidad de los resultados.
Vamos a permitirnos ahora -aún sabiendo que podemos escandalizar a más de algún creyente fervoroso de la educación- señalar las bases de una opinión que se aparta a muchas leguas de las doctrinas en boga.
Comencemos por referirnos a Alfred Eduardo Claparede, quien sostenía "que la escuela debe educar para la vida". Y todavía es una expresión frecuente en casi todos los autores de la actualidad. Pero si ello es todo cierto, es decir, si la escuela prepara para la vida, lógicamente debe entenderse que la escuela se encuentra fuera de la vida; así concebido, entonces a los educadores les importa poco el presente hermosísimo que se llama el niño, con tal de pensar en un futuro dudoso que será el adulto. Ahí tenemos un vicio fundamental: la escuela actual se preocupa más por los hombres que por los niños. "Educar para la vida" repiten todos. Se olvidan que el niño vive su vida de niño, y por eso hay que tomarlo en cuenta como tal, antes que pensar en el adulto.
Preparar al niño para la vida es postular que el hombre no nace sino al salir de la escuela; es decir, que la escuela y la vida son dos campos irreductibles el uno al otro. Sería muy fácil remendar este vicio de expresión diciendo que se educa para la vida futura, pero siempre queda el error básico, el de tomar en cuenta la realidad futura del hombre y olvidarse de la realidad actual del niño.
No queremos decir que nadie haya reparado en esta inconsecuencia doctrinaria de la educación contemporánea; es muy posible que muchos hayan reparado en el error, pero no se han atrevido a señalarlo, quizás porque la enmienda los conduce a declaraciones un tanto tristes para los maestros. Nosotros intentaremos llegar a esas declaraciones, en este breve espacio, movidos más que todo por una sed de sinceridad y aunque nuestras conclusiones causen disgusto a ciertos colegas.
En realidad, Claparede no se equivocó en lo dicho. Que él se haya dado cuenta de la verdad que decía eso no podemos confesarlo, pero que conscientemente o sin conciencia de ello. Claparede dijo una verdad, eso es lo que nosotros declaramos. La escuela está fuera de la vida, más bien pareciera una impostura. La escuela y la vida son dos realidades que se enfrentan riñendo la una con la obra. Han reñido la una con la otra desde hace mucho tiempo, a pesar que en nuestros días hay un profundo empeño en tratar de armonizarlas, en asimilar lo más posible la escuela a la vida para que no resulte tan pesada la impostura que padecen los niños.
Para demostrar la razón que nos asiste, no tenemos más que acudir a las más comunes nociones de historia de la educación. Ya sabemos todos que la escuela es un invento griego, aún más, un invento del Estado griego. Desde entonces, la escuela fue el más activo instrumento de propaganda oficial de los griegos y de los romanos. La escuela era entonces el más propicio sitio para imponer a los niños el conocimiento de los intereses fundamentales del Estado. La escuela era el cuartel de los niños. Creer en el Estado, jurarle fidelidad, conocer sus necesidades y tratar de defenderlas a toda costa, esa fue la proclama pedagógica con que se inauguró la escuela de Occidente. (La mal llamada pedagogía de los chinos, persas e indos no tiene nada que ver con la escuela que se inicia en Grecia).
Vistos los maravillosos resultados que el Estado había obtenido de la propaganda educativa, la Iglesia retomó el sistema en la Edad Media y levantó su tipo de escuela que mantenía la misma arquitectura que la escuela clásica, pero con distinta ornamentación y nueva doctrina. Ahora ya no se proponía la defensa de los intereses del Estado. Sino la defensa y la propaganda de la religión. Entonces formaba soldados: ahora formaba creyentes.
Una tercera etapa en este proceso nos la ofrecen los Estados modernos de Europa, después de caída la Iglesia y su poder terrenal. Los Estados modernos ya no quieren soldados únicamente, quieren ciudadanos, es decir, hombres desmilitarizados por la forma, pero armados espiritualmente y que estén pronto a combatir con las ideas en defensa de los nuevos intereses del Estado.
Con estas breves notas lo único que hemos logrado es aclarar la situación real de la escuela de ayer y aún de hoy, y nuestra conclusión es escéptica. La escuela no responde a necesidades reales de la vida, sino a necesidades transitorias o ficticias del Estado y de los grandes consorcios empresariales e industriales tanto nacionales como multinacionales.