El escritor, su responsabilidad y sus prioridades
En la parte segunda del Quijote, al final del capítulo LXII, don Quijote descubre en una imprenta la corrección, precisamente, de un libro titulado La segunda parte del ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, sin mayor reparo expresa el siguiente consejo: "... las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuando llegan a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuando son más verdaderas".
De toda la abundante información que se tiene sobre El Quijote y Cervantes hay que reconocer dos cuestiones fundamentales: la primera es que la novela moderna nace con Cervantes y, con ella, la Edad Moderna; la segunda, que Cervantes crea un personaje capaz de examinar a una Europa donde la época era demasiado compleja y difícil, y donde la realidad estaba compuesta (como hoy) de una diversidad de verdades relativas en constante confrontación.
Con El Quijote se prueba que con la imaginación se tiene mayor acceso a la realidad y la literatura tiene una función: inventar para descubrir. La imaginación es capaz de imaginar e inventar la realidad y, de esta manera, descubre la problemática del ser humano; es como si el escritor fuese una especie de máquina de ultrasonido que explora la vida y la existencia. Si hay verdades escondidas en la realidad, el escritor debe decirlas con su lenguaje de "fantasía inteligente", para expresarlo con una frase de Cesare Pavese.
Esta es una responsabilidad fundamental de todo el que se hace llamar escritor. En este sentido, Milan Kundera escribe que "la novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral". O sea que existe el escritor inmoral: el que no se compromete con decir algún aspecto desconocido de la existencia de su realidad. Por otro lado, una gran parte de los problemas que acosan a nuestra sociedad se debe al silencio y la nula atención que se presta a ciertos sectores de la realidad que requieren atención y que han sido descubiertos por el escritor.
Se puede objetar que el escribir (ficciones) es una actividad marginada y que su discurso no es tan comprometedor y extenso como el del periodista o el investigador científico-social, que sí deben de describir y explicar la realidad. El escritor es un ciudadano especializado en la recepción y emisión de la realidad (asociada por lo regular a la cultura, aunque yo pienso que más a la vida) capaz de modificar y persuadirnos de otros discursos que enmascaran la realidad; como el de las instituciones de control social que funcionan como discursos de poder, por ejemplo.
En efecto, existen una serie de poderes a los que el escritor, obligatoriamente, tiene que confrontar. Poderes convencionales y de mucha tradición, como los conocidos poderes fácticos: el económico, el militar, el religioso y los medios de comunicación; este último el más manipulador y agresivo de todos. La obra de un escritor es casi siempre una antítesis del discurso dominante.
Descubrir la realidad que estos poderes suelen esconder es una de las responsabilidades del escritor y, también, una de sus prioridades.
La otra prioridad que debe ser sagrada para un escritor es el hecho estético. Ese compromiso con el lenguaje es un tributo a su propia obra y su destino. No creo en el escritor que no se preocupa por la belleza. La literatura es un medio de comunicación, pero a diferencia de otros medios, que también dependen de la palabra, el lenguaje es el elan vital de su espíritu. Una novela sin ese lenguaje comprometido con la palabra, también es inmoral, no tiene espíritu.
El 25 de abril, natalicio del memorable escritor Rogelio Sinán (1902-1994) que cumple cien años, celebramos el Día del Escritor (la palabra escritor está usada en este texto como un epiceno que en gramática significa que se incluye tanto al hombre como a la mujer) y quisiera extender mi felicitación a todos los escritores que no se han corrompido por el poder para ser inmorales. A todos aquéllos que todavía conservan sus ideales y sus esperanzas; su compromiso con el hombre, la vida y la belleza. Y una felicitación doble a la escritora Elsie Alvarado de Ricord, quien ha sido honrada con la Condecoración Rogelio Sinán por su obra de toda una vida, ejemplo de todo lo citado.
*Departamento de Letras INAC
De toda la abundante información que se tiene sobre El Quijote y Cervantes hay que reconocer dos cuestiones fundamentales: la primera es que la novela moderna nace con Cervantes y, con ella, la Edad Moderna; la segunda, que Cervantes crea un personaje capaz de examinar a una Europa donde la época era demasiado compleja y difícil, y donde la realidad estaba compuesta (como hoy) de una diversidad de verdades relativas en constante confrontación.
Con El Quijote se prueba que con la imaginación se tiene mayor acceso a la realidad y la literatura tiene una función: inventar para descubrir. La imaginación es capaz de imaginar e inventar la realidad y, de esta manera, descubre la problemática del ser humano; es como si el escritor fuese una especie de máquina de ultrasonido que explora la vida y la existencia. Si hay verdades escondidas en la realidad, el escritor debe decirlas con su lenguaje de "fantasía inteligente", para expresarlo con una frase de Cesare Pavese.
Esta es una responsabilidad fundamental de todo el que se hace llamar escritor. En este sentido, Milan Kundera escribe que "la novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral". O sea que existe el escritor inmoral: el que no se compromete con decir algún aspecto desconocido de la existencia de su realidad. Por otro lado, una gran parte de los problemas que acosan a nuestra sociedad se debe al silencio y la nula atención que se presta a ciertos sectores de la realidad que requieren atención y que han sido descubiertos por el escritor.
Se puede objetar que el escribir (ficciones) es una actividad marginada y que su discurso no es tan comprometedor y extenso como el del periodista o el investigador científico-social, que sí deben de describir y explicar la realidad. El escritor es un ciudadano especializado en la recepción y emisión de la realidad (asociada por lo regular a la cultura, aunque yo pienso que más a la vida) capaz de modificar y persuadirnos de otros discursos que enmascaran la realidad; como el de las instituciones de control social que funcionan como discursos de poder, por ejemplo.
En efecto, existen una serie de poderes a los que el escritor, obligatoriamente, tiene que confrontar. Poderes convencionales y de mucha tradición, como los conocidos poderes fácticos: el económico, el militar, el religioso y los medios de comunicación; este último el más manipulador y agresivo de todos. La obra de un escritor es casi siempre una antítesis del discurso dominante.
Descubrir la realidad que estos poderes suelen esconder es una de las responsabilidades del escritor y, también, una de sus prioridades.
La otra prioridad que debe ser sagrada para un escritor es el hecho estético. Ese compromiso con el lenguaje es un tributo a su propia obra y su destino. No creo en el escritor que no se preocupa por la belleza. La literatura es un medio de comunicación, pero a diferencia de otros medios, que también dependen de la palabra, el lenguaje es el elan vital de su espíritu. Una novela sin ese lenguaje comprometido con la palabra, también es inmoral, no tiene espíritu.
El 25 de abril, natalicio del memorable escritor Rogelio Sinán (1902-1994) que cumple cien años, celebramos el Día del Escritor (la palabra escritor está usada en este texto como un epiceno que en gramática significa que se incluye tanto al hombre como a la mujer) y quisiera extender mi felicitación a todos los escritores que no se han corrompido por el poder para ser inmorales. A todos aquéllos que todavía conservan sus ideales y sus esperanzas; su compromiso con el hombre, la vida y la belleza. Y una felicitación doble a la escritora Elsie Alvarado de Ricord, quien ha sido honrada con la Condecoración Rogelio Sinán por su obra de toda una vida, ejemplo de todo lo citado.
*Departamento de Letras INAC