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El Espectador, final de un gigante


Fue fundado por la prestigiosa familia Cano en Medellín en 1887, como un semanario, con resuelta inclinación política de tendencia liberal. Muy pronto migró a Bogotá, donde se convirtió en diario, el cual se distinguió por su combatividad y calidad de contenido.
Durante su azarosa vida superó de todo. Su categórico liberalismo le granjeó la antipatía y condena del clero retrógrado. En 1953, el dictador Rojas Pinilla lo cerró y envió a sus directivos a un largo exilio. La pesadilla terminó tres años después, con la caída del tirano, cuando el diario fue reabierto.
Dos décadas después, enfrentó a otro poderoso enemigo, el narcotráfico. La respuesta de las mafias fue dolorosa. Su director, Guillermo Cano, fue asesinado mientras salía del diario. Doce más, entre sus periodistas y demás personal, corrió igual suerte a manos de sicarios del capo Pablo Escobar. Fotógrafos, administrativos, un jefe de circulación y reporteros integraron la lista de mártires. Fue objeto de varios atentados dinamiteros, uno de los cuales lo redujo a cenizas. Pero se levantó.
Quizás ningún otro medio de comunicación en el mundo pagó jamás tan vasta cuota de sangre. Y lo increíble es que sobrevivió y vio caer y debilitarse a muchos de los carteles de la droga que combatió, en lucha a muerte, sin cuartel, entre el bien y el mal, que no termina hasta nuestros días.
Lo resistió todo, salvo el desafío de la globalización, con su prodigioso avance de los medios electrónicos, con diarios que se editan y reeditan instantáneamente, innumerables veces cada día. Sus dueños, forzados a la eficiencia económica por sobre los ideales románticos de sus orígenes y sus muchas luchas, vendieron el diario en 1998 al poderoso grupo comercial Bavaria, de la familia Santo Domingo, quizás la más acaudalada del continente. No pudo entonces, con todo su rutilante historia, encajar en el lucrativo sector televisivo y editorial de los nuevos dueños, que decidieron, por razones financieras, convertirlo en semanario, en una especie de vuelta de página a sus orígenes, pero esta vez no para un comienzo, sino para un triste final.


101 años de Panamá América

 
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