El estado de malestar
UNA DE LAS MAYORES críticas que se le hace a la sociedad actual -me refiero a la nuestra, la occidental- es que a ella se le atribuye la enajenación del Hombre (mujer y hombre). Bajo la influencia del racionalismo pragmático, es decir, de la intelectualización de la vida en la búsqueda de un sentido utilitario para vivirla, el Hombre actual ha transferido sus principios a una serie de objetos, de ideologías, de valores y de creencias con el fin de lograr el estado de bienestar. Un bienestar que en la práctica nada tiene que ver con su calidad de vida. Antes de la presente y prolongada revolución tecnológica, la meta consistía en conseguir la felicidad. Un concepto idílico que la barbarie humana fue degradando hasta llegar a ese sentimiento anodino, acolchonado y elitista de pasarla bien, mientras que al mismo tiempo, desde el fondo de la muchedumbre, brota una sensación incómoda, de un raro malestar difícil de interpretar y que hoy nos inquieta a todos por igual.
La degradación de la felicidad a un simple estado de bienestar se debe a la supremacía del poder económico sobre los principios axiológicos. Con dinero no sólo se obtiene bienestar material. Se tiene acceso fácil al conocimiento, a la información, a la cultura, al arte y en gran medida, como se dice por ahí, proporciona una tranquilidad mejor que el más eficaz de los sedantes. Pero también, como toda fuerza, nos obliga a responsabilidades insospechadas. Entre ellas, la de administrar ese poder virtuosamente, con justicia y generosidad solidaria. El altruismo con criterio justo es parte esencial de la felicidad porque nos involucra y convoca a ser juez de uno mismo para beneficio del otro.
La transferencia de valores para obtener un bienestar logrado sólo por medio del dinero no es gratuita. Cuanto más de nuestros principios sean sometidos para obtener lo que deseamos poseer, más enajenados estaremos de lo que anhelamos ser. Si lográramos regular esa transferencia manteniendo una permanente e íntima "negociación personal" para utilizar ese poder como un medio noble y no como un fin en sí mismo, todas las teorías políticas, económicas y filosóficas que actualmente provocan malestares sociales irían a parar al rincón de los trastos.
El Hombre actual, que ha transferido al dinero, a la ideología egoísta del bienestar material individual o a una filosofía de vida donde el éxito se mide en cifras y no en conocimiento o bondad, donde prima el cinismo del doble estándar; olvidando sus anhelos de realización, sus convicciones y su autonomía, en nada se diferencia del idólatra que las ha trasladado a un tótem, a una droga, a un astro o a la tiranía de una pulsión nunca satisfecha.
Por todo lo expuesto, el Hombre de hoy no solo está perturbado, es también, en cierto modo, un idólatra que ha ido perdiendo su libertad y su autoestima a medida que transfiere sus valores a los objetos que él mismo fabrica y que termina por adorar queriendo ver en ellos lo que antes estimaba en sí mismo y que ahora exige en los demás.
El hecho que observemos en nuestro medio social conductas egoístas, de un oportunismo conformista, no es más que la resultante de haber hipotecado el innato sentido solidario por otro sustituto similar. El que manifiesta lealtad sólo hacia la empresa, o al partido político, o al Estado y olvida a su familia o al resto de la sociedad, es un ser perdido dentro de sí mismo. El provincialismo intelectual que nos ha llevado a este estítico individualismo cultural "in extremis", está provocando en la actualidad un conflicto social de proporciones antediluvianas. Válganos esta sentencia: el gobierno republicano de los EU ha declarado que "la solidaridad no es un principio que deba recaer en el gobierno más poderoso de la tierra." *
Hoy gobiernan al mundo un puñado de idólatras desquiciados por sus propias sectas, con el único fin de ostentar un poder cada vez más incrustado en una sociedad conformista e inerte. Sumido en la homogeneización de ese vacío, y sumergido en su pobreza, el Hombre cómodo sólo atina a intoxicarse diariamente con los productos tecnológicos que, en un círculo vicioso, la misma sociedad crea, para continuar, irremediablemente, evadiéndose de la realidad en una especie de adicción cuya dependencia empobrece no sólo su calidad de vida, sino la libertad del mismo sistema democrático que tanto venera y del cual se vale para gobernar.
Es posible que el humanismo tal cual fue concebido por los antiguos o por los renacentistas ya no tenga sentido ni cabida en un mundo cada vez más interdependiente y pequeño. Apenas somos una aldea vulnerable en un Cosmos que cada día nos resulta menos misterioso. Pero si el verdadero y único fin de la vida es simplemente vivirla, los humanos tenemos la obligación moral de hacerlo, pero de hacerlo bien. Esto no implica necesariamente seguir un código religioso o una doctrina atea. Bastaría con aprender a conocernos más y mejor. Saber cuáles son nuestros imperativos categóricos y no cederlos nunca, por nada, ni a nadie. Es humanizar los medios con que contamos para que estos justifiquen y legitimen la nobleza de un fin común: el de un mundo mejor y un poco más feliz para todos.
(*)Norman Birnbaum, noviembre de 2005. El País, España, Opinión, 4/XI/2005.
La degradación de la felicidad a un simple estado de bienestar se debe a la supremacía del poder económico sobre los principios axiológicos. Con dinero no sólo se obtiene bienestar material. Se tiene acceso fácil al conocimiento, a la información, a la cultura, al arte y en gran medida, como se dice por ahí, proporciona una tranquilidad mejor que el más eficaz de los sedantes. Pero también, como toda fuerza, nos obliga a responsabilidades insospechadas. Entre ellas, la de administrar ese poder virtuosamente, con justicia y generosidad solidaria. El altruismo con criterio justo es parte esencial de la felicidad porque nos involucra y convoca a ser juez de uno mismo para beneficio del otro.
La transferencia de valores para obtener un bienestar logrado sólo por medio del dinero no es gratuita. Cuanto más de nuestros principios sean sometidos para obtener lo que deseamos poseer, más enajenados estaremos de lo que anhelamos ser. Si lográramos regular esa transferencia manteniendo una permanente e íntima "negociación personal" para utilizar ese poder como un medio noble y no como un fin en sí mismo, todas las teorías políticas, económicas y filosóficas que actualmente provocan malestares sociales irían a parar al rincón de los trastos.
El Hombre actual, que ha transferido al dinero, a la ideología egoísta del bienestar material individual o a una filosofía de vida donde el éxito se mide en cifras y no en conocimiento o bondad, donde prima el cinismo del doble estándar; olvidando sus anhelos de realización, sus convicciones y su autonomía, en nada se diferencia del idólatra que las ha trasladado a un tótem, a una droga, a un astro o a la tiranía de una pulsión nunca satisfecha.
Por todo lo expuesto, el Hombre de hoy no solo está perturbado, es también, en cierto modo, un idólatra que ha ido perdiendo su libertad y su autoestima a medida que transfiere sus valores a los objetos que él mismo fabrica y que termina por adorar queriendo ver en ellos lo que antes estimaba en sí mismo y que ahora exige en los demás.
El hecho que observemos en nuestro medio social conductas egoístas, de un oportunismo conformista, no es más que la resultante de haber hipotecado el innato sentido solidario por otro sustituto similar. El que manifiesta lealtad sólo hacia la empresa, o al partido político, o al Estado y olvida a su familia o al resto de la sociedad, es un ser perdido dentro de sí mismo. El provincialismo intelectual que nos ha llevado a este estítico individualismo cultural "in extremis", está provocando en la actualidad un conflicto social de proporciones antediluvianas. Válganos esta sentencia: el gobierno republicano de los EU ha declarado que "la solidaridad no es un principio que deba recaer en el gobierno más poderoso de la tierra." *
Hoy gobiernan al mundo un puñado de idólatras desquiciados por sus propias sectas, con el único fin de ostentar un poder cada vez más incrustado en una sociedad conformista e inerte. Sumido en la homogeneización de ese vacío, y sumergido en su pobreza, el Hombre cómodo sólo atina a intoxicarse diariamente con los productos tecnológicos que, en un círculo vicioso, la misma sociedad crea, para continuar, irremediablemente, evadiéndose de la realidad en una especie de adicción cuya dependencia empobrece no sólo su calidad de vida, sino la libertad del mismo sistema democrático que tanto venera y del cual se vale para gobernar.
Es posible que el humanismo tal cual fue concebido por los antiguos o por los renacentistas ya no tenga sentido ni cabida en un mundo cada vez más interdependiente y pequeño. Apenas somos una aldea vulnerable en un Cosmos que cada día nos resulta menos misterioso. Pero si el verdadero y único fin de la vida es simplemente vivirla, los humanos tenemos la obligación moral de hacerlo, pero de hacerlo bien. Esto no implica necesariamente seguir un código religioso o una doctrina atea. Bastaría con aprender a conocernos más y mejor. Saber cuáles son nuestros imperativos categóricos y no cederlos nunca, por nada, ni a nadie. Es humanizar los medios con que contamos para que estos justifiquen y legitimen la nobleza de un fin común: el de un mundo mejor y un poco más feliz para todos.
(*)Norman Birnbaum, noviembre de 2005. El País, España, Opinión, 4/XI/2005.