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El Estado se ha comido a la Nación


Esta frase de Uslar Pietri es tan cierta en todas sus connotaciones que parece una perogrullada. El Estado, mera representación política de la Nación, se la ha comido. Se la ha comido, en cuanto a que la ha consumido con sus impuestos y su burocracia usurpadora. Se la ha comido, como un cáncer invasivo que ocupa el lugar que antes tenían los tejidos sociales sanos. Se la ha comido, como un hábil estafador que ha jugado con su buena fe. Se la ha comido, en cuanto a que pretende ser la propia Nación que ha devorado con su poder delegado.
El Estado, que se creó para proteger los derechos individuales y sociales, ahora pretende determinar cuáles derechos se deben respetar y cuáles no. El Estado, al que se le delegó la fuerza de la Ley para asegurar la vida, la honra y los bienes de los ciudadanos junto a la fe pública, es el principal peligro para la vida, la honra y los bienes de los ciudadanos y, sobre todo para la fe pública.
El Estado, controlado por quienes ejercen el Poder Público, olvida que éste emana del Pueblo. El Estado olvida que los impuestos que percibe no son un derecho sino una gracia que le otorga el Pueblo para que pueda cubrir sus gastos de funcionamiento, y no para que tenga excedentes. El Estado olvida que los bienes públicos son de la Nación y no del Estado, y que sus beneficios deben ser entregados a sus legítimos propietarios, que no son ni los gobernantes ni los eternos burócratas, sino los ciudadanos.
El Estado olvida que es un mero administrador de bienes ajenos y que por ende está en la obligación de rendir cuentas de sus actos, y que hacerlo no es ningún gesto plausible, sino un deber. El Estado olvida que la riqueza la produce la gente y no los decretos, y que normalmente se produce más riqueza en proporción inversa al grado de intervención estatal.
Es hora de que la Nación se libere del ogro, por más filantrópico que lo quieran pintar, y deje claro quién es el servidor y quién es la soberana.

101 años de Panamá América

 
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