El Euro y la integración
El pasado sábado los jefes de gobierno de la Unión Europea aprobaron a los 11 de sus socios que serán pioneros de la integración monetaria de la organización. A partir del 1 de enero de 1999, Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal, adoptarán la nueva divisa común en su intercambio comercial.
Empero no será sino hasta el 1 de junio del 2002 cuando entrará en circulación el papel moneda en reemplazo de las divisas nacionales. De cualquier manera se estima que el sábado tuvo lugar la arrancada de un proceso de integración definitiva, sin boleto de retorno.
El acontecimiento no estuvo libre de problemas de último momento, que pusieron en peligro su verificación, cuando inesperadamente surgió un delicado diferendo entre sus principales promotores: Francia y Alemania.
En las últimas semanas, Francia, que inicialmente había dado su visto bueno al actual presidente del Banco Central Europeo (BCE), el holandés Wim Duisenberg exigió la designación de un titular paralelo, de nacionalidad francesa.
Alemania rechazó de inmediato la propuesta francesa y su poderoso banco central, el Bundesbank, amenazó con retirar su pleno respaldo al BCE, con lo cual se frustraría el proyecto.
Así fue que tras días de apuradas y agotadoras negociaciones, se buscó una salida para que Duisenberg pudiera renunciar antes del reglamentario período de ocho años de su presidencia en el BCE, en junio del 2002, para dar lugar a que ocupe entonces el cargo el actual presidente del banco central francés, JeanClaude Trichet u otro recomendado de su país.
Por cuestión de imagen se acordó que el actual presidente holandés del BCE, continuara en el cargo sin compartirlo, pero con la facultad de dejar el cargo "sin presiones" antes de terminar su mandato, originalmente previsto hasta el 2008.
Superado pues el mal momento, se espera con curiosidad la evolución del experimento que afianzará la unidad de un bloque económico que involucra a 300 millones de habitantes.
Con la nueva moneda se espera simplificar el intercambio y estabilizar los mercados del Viejo Continente, al tiempo que se uniforma el patrón de referencia de los costos y se generaliza un esquema de estricta disciplina presupuestaria de los gobiernos.
La aventura, sin embargo, no está libre de riesgos. Algunos han advertido que la uniformidad monetaria forzará a los socios a compartir tanto la prosperidad como las crisis, las que en lo sucesivo no podrán ser atendidas desde la óptica particular de cada país, sino que tendrán que ser tratadas conjuntamente, desde una visión regional y no individual.
De cualquier modo es un paso gigantesco hacia la integración de Europa que debemos seguir con atención en nuestro continente, donde tenemos también fijada una meta análoga aunque con varios lustros de retraso.
Empero no será sino hasta el 1 de junio del 2002 cuando entrará en circulación el papel moneda en reemplazo de las divisas nacionales. De cualquier manera se estima que el sábado tuvo lugar la arrancada de un proceso de integración definitiva, sin boleto de retorno.
El acontecimiento no estuvo libre de problemas de último momento, que pusieron en peligro su verificación, cuando inesperadamente surgió un delicado diferendo entre sus principales promotores: Francia y Alemania.
En las últimas semanas, Francia, que inicialmente había dado su visto bueno al actual presidente del Banco Central Europeo (BCE), el holandés Wim Duisenberg exigió la designación de un titular paralelo, de nacionalidad francesa.
Alemania rechazó de inmediato la propuesta francesa y su poderoso banco central, el Bundesbank, amenazó con retirar su pleno respaldo al BCE, con lo cual se frustraría el proyecto.
Así fue que tras días de apuradas y agotadoras negociaciones, se buscó una salida para que Duisenberg pudiera renunciar antes del reglamentario período de ocho años de su presidencia en el BCE, en junio del 2002, para dar lugar a que ocupe entonces el cargo el actual presidente del banco central francés, JeanClaude Trichet u otro recomendado de su país.
Por cuestión de imagen se acordó que el actual presidente holandés del BCE, continuara en el cargo sin compartirlo, pero con la facultad de dejar el cargo "sin presiones" antes de terminar su mandato, originalmente previsto hasta el 2008.
Superado pues el mal momento, se espera con curiosidad la evolución del experimento que afianzará la unidad de un bloque económico que involucra a 300 millones de habitantes.
Con la nueva moneda se espera simplificar el intercambio y estabilizar los mercados del Viejo Continente, al tiempo que se uniforma el patrón de referencia de los costos y se generaliza un esquema de estricta disciplina presupuestaria de los gobiernos.
La aventura, sin embargo, no está libre de riesgos. Algunos han advertido que la uniformidad monetaria forzará a los socios a compartir tanto la prosperidad como las crisis, las que en lo sucesivo no podrán ser atendidas desde la óptica particular de cada país, sino que tendrán que ser tratadas conjuntamente, desde una visión regional y no individual.
De cualquier modo es un paso gigantesco hacia la integración de Europa que debemos seguir con atención en nuestro continente, donde tenemos también fijada una meta análoga aunque con varios lustros de retraso.