El Evangelizador (III)
Estando en el año Paulino y estando seguro de que de San Pablo sabemos muy poco, lo mínimo que podemos hacer es repetir lo que otras veces hemos oído para no olvidarlo o mencionar nuevos ángulos de los estudios paulinos.
Sé que algunos de mis lectores me repetirán lo que me dijeron cuando el Año Ignaciano: "Ya aburres con tu Año Ignaciano". Sin embargo, es cierto que uno se aburre de aburrirse.
Cómo era la ciudad en que nació Pablo, Tarso. Para ellos como para nosotros, la patria es el universo. "En esa época Tarso era una de las ciudades más florecientes de Asia. Colmada de favores por Roma, libre y exenta de impuestos desde Pompeyo, metrópoli de Cilicia desde Augusto, debía ella a su soberbia situación el ser una factoría de primer orden y uno de los mercados más activos. Desde las alturas vecinas de la ciudad, la mirada abarcaba a la vez, por encima de los bosquecillos de palmeras, la nevada mole del Taurus, las blancas velas del Mediterráneo que llegaban hasta la población por un río entonces navegable -El Cydmus-; y en fin, toda la Cilicia campestre, labrada en cuanto alcanzaba la vista y que semejaba un tablero de ajedrez por los innumerables canales que la cruzaban". Así se expresan estudiosos de esas topografías paulinas.
No parece que haya dejado impresión alguna en la imaginación de Pablo este bello panorama, ya que en sus escritos muy raras veces o casi nunca hace alusión a las bellezas paisajísticas de su ciudad natal. Algunos lo explican diciendo que tenía una debilidad congénita de la vista o por carencia del don de la observación. Tal y como nos sucede a muchos de nosotros con las bellezas de nuestro país que los extranjeros nos repiten, "Uds no saben lo que tienen".
Pablo no ve la naturaleza inanimada más que en sus relaciones con el hombre. Dominaba el campo de la sicología. Sus metáforas están tomadas de las manifestaciones exteriores de la vida humana. Describe lo deportivo, los juegos helénicos que llamamos Olimpiadas 2 Tim4/6-8, "He librado un buen combate, he terminado mi carrera". Observa a los soldados romanos disciplinados y ágiles bajo el peso de loas armas". Alude a los mercados orientales llenos de esclavos y los grandes edificios, templos y palacios. Todos estos aspectos y otros aparecen a lo largo de sus cartas y discursos. Así se explica en parte aquella frase a los Romanos 8/28: "Diligentibus Deo omnia cooperantur in bonum". ("A los que aman a Dios todas las cosas le ayudan al bien").