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El Evangelizador (IV Parte)


Terminando con lo que empecé con motivo del bicentenario del Apóstol, hablaba de su origen y de sus posibles influencias manifiestas en sus escritos y no pretendimos ser exhaustivos como no debo aspirar a serlo en este corto espacio.

La erudición de Pablo no es libresca. Posee a fondo una sola ciencia, la Religión, revelada en solo un libro, la Biblia

Muy joven fue a Jerusalén y se orientó en su estudios a convertirse en escriba, ya que el escriba era, a la vez, abogado, fiscal, magistrado, y jurisconsulto, consejero, predicador, hombre de ley y hombre de iglesia. Para lograr ese objetivo, se enroló en la escuela del sucesor de Hillel, el anciano Gamaliel. Venerable a los ojos de los cristianos por haber defendido a los Apóstoles, era el fariseo ideal, "la pureza del fariseos murió con él". Saulo se sentó a los pies del Rabban Gamaliel.

Saulo se distinguía, en esa época, por el rigor de su fariseísmo. "Yo estaba, dice, lleno de celo por la Ley de Dios". Hechos 22,3. "Yo viví como fariseo". id.26,5. "Yo también fui fariseo, perseguidor de la Iglesia". Filipenses 3,6. Y viene el episodio de la muerte de Esteban, donde él cuidaba las vestiduras, "Yo perseguía sin medida y desolaba la Iglesia de Dios excediendo por la exaltación de mi judaísmo a la mayor pare de mis contemporáneos". Gal I,13. En resumen, un furioso desbocado contra los cristianos de Damasco y allí era donde lo esperaba el designio de Dios. Su conversión fue el milagro mejor comprobado, después de la resurrección del Salvador.

Existen tres relatos de la visión de Damasco, uno de San Lucas por su propia cuenta, y los otros dos en labios del mismo Pablo.

Todos concuerdan en el lugar, la hora, la cegadora claridad que envió de súbito a toda la caravana, el diálogo entre Saulo y la voz misteriosa, la ceguera temporal del perseguidor, su bautismo, su curación y, sobre todo, la orientación totalmente nueva que repentinamente lo convierte en el Apóstol cuyo bicentenario intentamos a nuestra manera de celebrar fructuosamente a través de distintas manifestaciones y, en especial, con el conocimiento de sus escritos y el ejemplo de su vida entregada a Cristo. "Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí". Ideal de todo cristiano.

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