El fantasma de la mentira en Irak
El secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, dijo hace poco que el secretario general de la ONU, Koffi Annan, se había equivocado cuando poco antes había reiterado que la invasión a Irak fue ilegal. Ninguno de los dos abundó en argumentos sustentatorios, pero no hizo falta. En su momento, antes de iniciarse la invasión, los hubo de sobra.
En esencia, quienes favorecieron la legitimidad de la guerra, se basaron en la supuesta tenencia de armas de destrucción masiva en poder de Irak, entonces gobernado por el dictador Sadam Hussein. Y, del otro lado, quienes adversaron la aventura bélica, lo hicieron con base a la inexistencia de dichas armas en manos del tirano y al principio de la no intervención. Los de la última posición se respaldaron en los informes rendidos por los observadores de las Naciones Unidas, quienes una y otra vez se desgañitaron sosteniendo que tales armas no existían, mientras que los otros dieron fe a información de inteligencia británica y norteamericana que indicaba lo contrario.
Lo que siguió después es historia. Los aliados occidentales derrotaron al ejército de Sadam y el país yace ocupado. Hoy se desarrolla una guerra de insurrección promovida por diversos grupos contra la ocupación del país, cuyos pozos petroleros son administrados por compañías extranjeras, aunque la mayor parte de su producto se destina a la compra de alimentos, medicinas, gastos de reconstrucción y administración.
Hemos de añadir otro detalle, que es historia. A la postre, se comprobó que la existencia de armas de destrucción masiva era pura patraña y, como chivos expiatorios, saltaron de su puesto los máximos jefes de la CIA norteamericana, mientras que el primer ministro británico, Tony Blair, debió defenderse en un juicio en el que se le involucró por el misterioso suicidio de uno de sus asesores en seguridad, especialista en armas de destrucción masiva, y en otro, por mentir sobre las armas.
A manera de epílogo, el cuerpo de inspectores de las Naciones Unidas acaba de publicar un informe final de 1,500 páginas, en el que cierra el capítulo de las supuestas armas de destrucción masiva. En él se concluye que no había tales armas. Y sobre esa base, seguramente, el secretario Annan, concluyó sobre la ilegalidad de la guerra. En verdad, la ilegalidad fue desde el inicio, cuando la organización se negó a autorizarla.
Obviamente, la historia la escriben los vencedores. Y George Bush y Tony Blair han elaborado su nueva justificación a posteriori, coincidida en que el tirano asesino merecía ser derrocado y su régimen desmantelado. El mundo - dicen - es hoy más seguro. Lo cierto es que el dictador merecía ser derrocado, pero no está tan claro que el mundo está más seguro, a más que no vemos claro si ameritaba el costo del esfuerzo en términos de destrucción material, vidas y sufrimiento humano para todos los involucrados, incluyendo a los soldados de la coalición y sus familias.
En esencia, quienes favorecieron la legitimidad de la guerra, se basaron en la supuesta tenencia de armas de destrucción masiva en poder de Irak, entonces gobernado por el dictador Sadam Hussein. Y, del otro lado, quienes adversaron la aventura bélica, lo hicieron con base a la inexistencia de dichas armas en manos del tirano y al principio de la no intervención. Los de la última posición se respaldaron en los informes rendidos por los observadores de las Naciones Unidas, quienes una y otra vez se desgañitaron sosteniendo que tales armas no existían, mientras que los otros dieron fe a información de inteligencia británica y norteamericana que indicaba lo contrario.
Lo que siguió después es historia. Los aliados occidentales derrotaron al ejército de Sadam y el país yace ocupado. Hoy se desarrolla una guerra de insurrección promovida por diversos grupos contra la ocupación del país, cuyos pozos petroleros son administrados por compañías extranjeras, aunque la mayor parte de su producto se destina a la compra de alimentos, medicinas, gastos de reconstrucción y administración.
Hemos de añadir otro detalle, que es historia. A la postre, se comprobó que la existencia de armas de destrucción masiva era pura patraña y, como chivos expiatorios, saltaron de su puesto los máximos jefes de la CIA norteamericana, mientras que el primer ministro británico, Tony Blair, debió defenderse en un juicio en el que se le involucró por el misterioso suicidio de uno de sus asesores en seguridad, especialista en armas de destrucción masiva, y en otro, por mentir sobre las armas.
A manera de epílogo, el cuerpo de inspectores de las Naciones Unidas acaba de publicar un informe final de 1,500 páginas, en el que cierra el capítulo de las supuestas armas de destrucción masiva. En él se concluye que no había tales armas. Y sobre esa base, seguramente, el secretario Annan, concluyó sobre la ilegalidad de la guerra. En verdad, la ilegalidad fue desde el inicio, cuando la organización se negó a autorizarla.
Obviamente, la historia la escriben los vencedores. Y George Bush y Tony Blair han elaborado su nueva justificación a posteriori, coincidida en que el tirano asesino merecía ser derrocado y su régimen desmantelado. El mundo - dicen - es hoy más seguro. Lo cierto es que el dictador merecía ser derrocado, pero no está tan claro que el mundo está más seguro, a más que no vemos claro si ameritaba el costo del esfuerzo en términos de destrucción material, vidas y sufrimiento humano para todos los involucrados, incluyendo a los soldados de la coalición y sus familias.