El fantasma de mayo 2009
Sin duda, éste no será un año fácil para el gobierno. Las condiciones internacionales y las proyecciones económicas, políticas y sociales internas ya no son las mismas. El 2008 se hace presente con los efectos de las reclamaciones en todos los sectores populares, con la intensificación de las actividades políticas proselitistas y con otros factores que inciden en el proceso de gobernabilidad. De modo que el año preelectoral no podrá ser de promesas sin fundamento y sin referencia al comportamiento responsable que se requiere en las circunstancias que vivimos. No es un mal escenario, sin embargo, para la continuación del trabajo propio de un Gobierno responsable. Cuando las dificultades asoman, lo que se busca son medidas y soluciones, no lamentos y quejas. Lo que hay que hacer es demostrar que se está haciendo todo lo necesario, lo mejor posible, y que se trabaja con intensidad y eficiencia. ¡Nadie espera milagros, pero tampoco resignación!
En realidad, a nadie se le aparece todavía el "fantasma de mayo 2009", pero cada cual sabe que está allí, a la vuelta de la esquina. Este año preelectoral se inició con muchos conflictos sociales preanunciados, con la posibilidad de restricciones energéticas, con el reinicio de la conflictividad política y con definiciones partidarias pendientes. Ningún artificio puede competir con la realidad, y este año -repetimos- se vislumbra con suficientes dificultades auténticas como para, además, hacerse cargo de juegos de artificios propios de la politiquería.
No obstante, pareciera que la oposición política piensa que por la sola crítica obtendrá el respaldo ciudadano que busca. En general, termina cansando el hecho de que sus precandidatos presidenciales a cada paso digan lo que cada uno de ellos "habría" realizado en caso que "hubiera" resultado elegido Presidente. El tema que importa no es qué "hubiera pasado" si las cosas hubieran sido distintas. Hablar hoy de un Panamá ficticio no tiene sentido. Tampoco de esa manera se concita interés. Sólo cuando no se hace todo lo que se puede, se pasa de la preocupación al reclamo abierto. Pero éste no ha sido el caso. Los hechos reales más bien obligan a un tratamiento diferenciado de problemas de distinta envergadura, de diferente origen y de protagonistas claramente diferenciados.
Hay que gobernar con la mirada puesta en los ciudadanos, no en las elites; en el interés nacional, no en los cálculos partidistas. Vale decir, es esencial que el Gobierno no se deje distraer por la pequeña política.