El fenómeno Alberto Vallarino
Cada proceso electoral tiene sus características propias que lo singularizan. En las elecciones de 1989, lo característico fue que no votamos por ninguno de los candidatos, sino contra alguien que no era candidato, a saber Noriega. En las elecciones de 1984, fue el voto al segundo. En efecto, se discutía quién iba de segundo, Rubén Blades, Chinchorro Carles o Mireya Moscoso, incluso hasta en la fila esperando para votar, con el propósito de saber a quién darle el voto y evitar así que ganara el candidato del PRD.
Lo que caracteriza estas elecciones es el hecho de que las encuestas no reflejan el fenómeno político que representa Alberto Vallarino. Martín Torrijos y Mireya Moscoso son casos de vigencia política architradicional, la del hijo o la viuda de un caudillo, tal que se ha visto en numerosos otros casos que confunden familia y política. Ninguno de los dos llamaría la atención ni a nadie se le hubiera ocurrido sugerirlos para Presidente de la República en razón de sus antecedentes propios. El uno no tiene ninguna experiencia y la otra no tiene ninguna preparación para el cargo. Sólo son candidatos en virtud de un vínculo familiar con caudillos muertos. Son casos de lo que llamaría un pseudo-Cid Campeador por parentesco: muerto el Cid se le montó a caballo para que ganara la batalla; en estos casos, en vez del cadáver del Cid, se ha montado al hijo o la viuda del Cid, que para todos los efectos políticos de envergadura también son "cadáveres".
El fenómeno nuevo en estas elecciones es Alberto Vallarino. Su candidatura ha superado toda suerte de obstáculos que hubieran acabado con cualquiera otra candidatura. Se presentó tarde para las primarias del Partido Arnulfista y en condiciones de "tigre suelto con burro amarrado". Aún sin poder inscribir nuevos miembros en su partido, en un período cortísimo y a pesar del control vertical que ejerce Mireya sobre los organismos del partido, logró casi el 40% de los votos. Al haber perdido las primarias del mireyismo parecía que no tenía más futuro. Sin embargo, en la campaña por el No para el referéndum del 30 de agosto, asumió un liderazgo organizativo y de convocatoria que Mireya trató de socavar, por ejemplo, cuando la gente de Alberto invitó a la inmensa caravana. En los hechos él se convirtió en el principal dirigente de la oposición a la reelección, pero su futuro como candidato seguía incierto.
En el período posterior al referéndum, sus esfuerzos por conformar una alianza electoral se toparon con las tramoyas de Mireya a través de pequeños grupúsculos disidentes en los partidos Demócrata Cristiano, Liberal y Renovación Civilista, para impedir que estos partidos lo postularan. Estos enredos, además de la dificultad al último momento en conformar su nómina, casi generaron el retiro de su candidatura en el mes de enero. Pero venciendo también este impedimento, su candidatura se formalizó para hacerle frente al continuismo de Martín Torrijos y al tradicionalismo de Mireya Moscoso.
Alberto ha demostrado una determinación excepcional por transformar el sistema de fuerzas políticas, rompiendo con los hábitos gastados, entorpecedores e históricamente regresivos de un incipiente bipartidismo tornado hacia el pasado y obsesionado con beneficiar a sus respectivas cúpulas. Ha podido así ofrecerle al país una nueva propuesta de cara al futuro. Como toda empresa innovadora, ésta ha encontrado la resistencia y la maledicencia de las fuerzas retardatarias que han usufructuado los privilegios de los dos últimos Gobiernos. Pero a fuer de visión y de voluntad ha abierto un nuevo camino. Las encuestas nos quieren hacer pensar que el pueblo panameño desea por gran margen la continuación del Gobierno del PRD o el retroceso a una nueva versión del endarismo. Es absurdo.
La misma campaña de Alberto ha sido renovadora. Gracias a su insistencia el tema de los programas de Gobierno ha estado en el corazón de la discusión pública. El es el único que ha formulado propuestas concretas que le permitirían al pueblo exigir su cumplimiento, mientras que Martín y Mireya no tendrían que responderle a nadie porque no se han comprometido a nada específico y cuantificado. Por ello, con la Presidencia de Alberto maduraría democráticamente la relación entre gobernantes y gobernados, en vez de mantenerse en la dinámica habitual de promesa vaga-incumplimiento concreto-frustración repetida. Además, sus compromisos específicos responden a las aspiraciones más sentidas del pueblo panameño, a saber mayores y mejores oportunidades de empleo y aumento en los ingresos de las personas de más bajos recursos. Las encuestas nos quieren hacer pensar que los votantes prefieren ampliamente a quienes nada proponen en estos dos campos, en vez de favorecer a quien se compromete formalmente a crear 250,000 empleos, a eliminarle el impuesto sobre la renta a quienes tienen un ingreso de menos de B/.700 al mes y a aumentar inmediatamente el salario mínimo en 15%. Nuevamente, es absurdo.
Por otra parte, los indicios empíricos de participación popular en las giras que Alberto realiza, la receptividad creciente a sus visitas, el número de autos en la extraordinaria caravana que encabezó, la admiración que suscitan sus presentaciones por televisión, por radio y en cuanto foro al que lo invitan, la concentración de la opinión pública en torno a sus propuestas, todo ello sugiere un aumento en la preferencia por Alberto Vallarino. Pero las encuestas señalarían lo contrario, si fueran un fiel reflejo de la realidad.
De allí ha surgido en muchísima gente la sospecha, que rápidamente se convierte en convicción, de que las encuestas están siendo manipuladas para encubrir el aumento en la intención de voto a favor de Alberto, desalentar a sus seguidores y beneficiar a Martín o a Mireya. Personalmente no creo en estas teorías de conspiración.
Con analizar lo que sucedió el 30 de agosto pasado para el referéndum tenemos la clave.
El electorado se puso las camisetas del Sí en los días de campaña. Bailó al son del Sí en el Bulevard Balboa la víspera. Se montó en los autobuses del Sí para ir a votar el día del referéndum. Le preguntó a la gente del Sí en qué mesa debía votar. Se comió la comida del Sí que le ofrecieron cerca de los lugares de votación. Le contesto Sí a los encuestadores antes de votar y al salir del recinto de votación. Pero cuando se encontró a solas con su conciencia para emitir el voto, votó rotundamente No. El electorado demostró así su astucia, su cautela, su voluntad de no revelar su voto, ya sea por temor, ya sea porque está hastiado de que se entrometan en su vida, ya sea porque juega vivo y es desconfiado como son los panameños y panameñas "vida mía".
Estoy convencido de que lo mismo está sucediendo ahora con respecto a quienes representan las fuerzas políticas prepotentes, ensimismadas e irrespetuosas. Después de leer en la más reciente encuesta que prácticamente uno de cada dos votantes habría decidido votar por Martín Torrijos, le he preguntado a la gente que me toca el tema si alguno tiene esa experiencia en su entorno, de Paitilla o de San Miguelito, de Arraiján o de Barú, de Yaviza, o de Changuinola, y nadie me ha respondido afirmativamente. Creo que nos encaminamos hacia una gran sorpresa el 2 de mayo. Esa sorpresa se llama Alberto Vallarino, el único candidato que se opone al continuismo y ha roto con el tradicionalismo para ofrecerle al pueblo panameño un proyecto nuevo de cara al futuro, de más empleos, menos impuestos y más ingresos, con un estilo nuevo de hacer política, a base de independencia de criterio, de propuestas concretas y de exponerse al cuestionamiento de todos sus conciudadanos. ¡Bienvenida la sorpresa!
Lo que caracteriza estas elecciones es el hecho de que las encuestas no reflejan el fenómeno político que representa Alberto Vallarino. Martín Torrijos y Mireya Moscoso son casos de vigencia política architradicional, la del hijo o la viuda de un caudillo, tal que se ha visto en numerosos otros casos que confunden familia y política. Ninguno de los dos llamaría la atención ni a nadie se le hubiera ocurrido sugerirlos para Presidente de la República en razón de sus antecedentes propios. El uno no tiene ninguna experiencia y la otra no tiene ninguna preparación para el cargo. Sólo son candidatos en virtud de un vínculo familiar con caudillos muertos. Son casos de lo que llamaría un pseudo-Cid Campeador por parentesco: muerto el Cid se le montó a caballo para que ganara la batalla; en estos casos, en vez del cadáver del Cid, se ha montado al hijo o la viuda del Cid, que para todos los efectos políticos de envergadura también son "cadáveres".
El fenómeno nuevo en estas elecciones es Alberto Vallarino. Su candidatura ha superado toda suerte de obstáculos que hubieran acabado con cualquiera otra candidatura. Se presentó tarde para las primarias del Partido Arnulfista y en condiciones de "tigre suelto con burro amarrado". Aún sin poder inscribir nuevos miembros en su partido, en un período cortísimo y a pesar del control vertical que ejerce Mireya sobre los organismos del partido, logró casi el 40% de los votos. Al haber perdido las primarias del mireyismo parecía que no tenía más futuro. Sin embargo, en la campaña por el No para el referéndum del 30 de agosto, asumió un liderazgo organizativo y de convocatoria que Mireya trató de socavar, por ejemplo, cuando la gente de Alberto invitó a la inmensa caravana. En los hechos él se convirtió en el principal dirigente de la oposición a la reelección, pero su futuro como candidato seguía incierto.
En el período posterior al referéndum, sus esfuerzos por conformar una alianza electoral se toparon con las tramoyas de Mireya a través de pequeños grupúsculos disidentes en los partidos Demócrata Cristiano, Liberal y Renovación Civilista, para impedir que estos partidos lo postularan. Estos enredos, además de la dificultad al último momento en conformar su nómina, casi generaron el retiro de su candidatura en el mes de enero. Pero venciendo también este impedimento, su candidatura se formalizó para hacerle frente al continuismo de Martín Torrijos y al tradicionalismo de Mireya Moscoso.
Alberto ha demostrado una determinación excepcional por transformar el sistema de fuerzas políticas, rompiendo con los hábitos gastados, entorpecedores e históricamente regresivos de un incipiente bipartidismo tornado hacia el pasado y obsesionado con beneficiar a sus respectivas cúpulas. Ha podido así ofrecerle al país una nueva propuesta de cara al futuro. Como toda empresa innovadora, ésta ha encontrado la resistencia y la maledicencia de las fuerzas retardatarias que han usufructuado los privilegios de los dos últimos Gobiernos. Pero a fuer de visión y de voluntad ha abierto un nuevo camino. Las encuestas nos quieren hacer pensar que el pueblo panameño desea por gran margen la continuación del Gobierno del PRD o el retroceso a una nueva versión del endarismo. Es absurdo.
La misma campaña de Alberto ha sido renovadora. Gracias a su insistencia el tema de los programas de Gobierno ha estado en el corazón de la discusión pública. El es el único que ha formulado propuestas concretas que le permitirían al pueblo exigir su cumplimiento, mientras que Martín y Mireya no tendrían que responderle a nadie porque no se han comprometido a nada específico y cuantificado. Por ello, con la Presidencia de Alberto maduraría democráticamente la relación entre gobernantes y gobernados, en vez de mantenerse en la dinámica habitual de promesa vaga-incumplimiento concreto-frustración repetida. Además, sus compromisos específicos responden a las aspiraciones más sentidas del pueblo panameño, a saber mayores y mejores oportunidades de empleo y aumento en los ingresos de las personas de más bajos recursos. Las encuestas nos quieren hacer pensar que los votantes prefieren ampliamente a quienes nada proponen en estos dos campos, en vez de favorecer a quien se compromete formalmente a crear 250,000 empleos, a eliminarle el impuesto sobre la renta a quienes tienen un ingreso de menos de B/.700 al mes y a aumentar inmediatamente el salario mínimo en 15%. Nuevamente, es absurdo.
Por otra parte, los indicios empíricos de participación popular en las giras que Alberto realiza, la receptividad creciente a sus visitas, el número de autos en la extraordinaria caravana que encabezó, la admiración que suscitan sus presentaciones por televisión, por radio y en cuanto foro al que lo invitan, la concentración de la opinión pública en torno a sus propuestas, todo ello sugiere un aumento en la preferencia por Alberto Vallarino. Pero las encuestas señalarían lo contrario, si fueran un fiel reflejo de la realidad.
De allí ha surgido en muchísima gente la sospecha, que rápidamente se convierte en convicción, de que las encuestas están siendo manipuladas para encubrir el aumento en la intención de voto a favor de Alberto, desalentar a sus seguidores y beneficiar a Martín o a Mireya. Personalmente no creo en estas teorías de conspiración.
Con analizar lo que sucedió el 30 de agosto pasado para el referéndum tenemos la clave.
El electorado se puso las camisetas del Sí en los días de campaña. Bailó al son del Sí en el Bulevard Balboa la víspera. Se montó en los autobuses del Sí para ir a votar el día del referéndum. Le preguntó a la gente del Sí en qué mesa debía votar. Se comió la comida del Sí que le ofrecieron cerca de los lugares de votación. Le contesto Sí a los encuestadores antes de votar y al salir del recinto de votación. Pero cuando se encontró a solas con su conciencia para emitir el voto, votó rotundamente No. El electorado demostró así su astucia, su cautela, su voluntad de no revelar su voto, ya sea por temor, ya sea porque está hastiado de que se entrometan en su vida, ya sea porque juega vivo y es desconfiado como son los panameños y panameñas "vida mía".
Estoy convencido de que lo mismo está sucediendo ahora con respecto a quienes representan las fuerzas políticas prepotentes, ensimismadas e irrespetuosas. Después de leer en la más reciente encuesta que prácticamente uno de cada dos votantes habría decidido votar por Martín Torrijos, le he preguntado a la gente que me toca el tema si alguno tiene esa experiencia en su entorno, de Paitilla o de San Miguelito, de Arraiján o de Barú, de Yaviza, o de Changuinola, y nadie me ha respondido afirmativamente. Creo que nos encaminamos hacia una gran sorpresa el 2 de mayo. Esa sorpresa se llama Alberto Vallarino, el único candidato que se opone al continuismo y ha roto con el tradicionalismo para ofrecerle al pueblo panameño un proyecto nuevo de cara al futuro, de más empleos, menos impuestos y más ingresos, con un estilo nuevo de hacer política, a base de independencia de criterio, de propuestas concretas y de exponerse al cuestionamiento de todos sus conciudadanos. ¡Bienvenida la sorpresa!