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¿El final de la guerra antidrogas?


¿Cómo se explica semejante desastre, en un país que dilapida miles de millones de dólares anuales en defensa? La respuesta es sencilla: No supo usar eficientemente sus inmensos recursos materiales y humanos. En otras palabras, los malgastó en cosas innecesarias, sin ningún sentido de las prelaciones. Y eso le ocurrió a partir de 1989 tras el derrumbe del Muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética.
De pronto, aquel inmenso aparato bélico industrial, hasta entonces el niño mimado de todas las administraciones desde la fundación del país en 1776, quedó ocioso, amenazado por el desempleo y, de hecho, fue sometido a fuertes reducciones presupuestarias y de personal. Como consecuencia de ello, clausuró bases militares en todo el orbe, incluyendo las nuestras en el área canalera, y se dedicó a jugar a ser el policía mundial.
Así fue que, más por encontrar trabajo y una nueva razón de existir, el aparato bélico estadounidense inventó y abrazó para sí la responsabilidad de llevar a cuestas el peso de la lucha contra las drogas, a la cual empezó a llamarle "guerra" y a militarizarla. Por eso es que el general Barry McCaffrey fue nombrado "zar antidrogas".
A partir de entonces, la lucha contra el comercio ilícito de estupefacientes, se convierte en asunto militar; y los sofisticados aviones de la Fuerza Aérea se ven involucrados en labores de vigilancia que antes eran desempeñadas por las fuerzas policiales y de inteligencia civil. Incluso la CIA y el FBI, cargan con todos sus recursos gran parte de la responsabilidad para vencer al nuevo enemigo.
Perdieron tiempo y recursos valiosos en un empeño inútil en el que todas las cifras apuntan hacia un estrepitoso fracaso. Los carteles de la droga son hoy más ricos y poderosos, porque mientras más se les apriete, mejores son los precios y más ricas las ganancias. Cada vez son más quienes piensan que esa guerra se perdió. Incluso hay gente prestigiosa de todo el mundo que en creciente número empieza a abogar por su legalización.
Se gastó tanto en la guerra contra las drogas, que nadie se dio cuenta que, en el Medio Oriente, se gestaba el nacimiento de un nuevo e invisible enemigo, el terrorismo islámico, que ha hecho de la destrucción de Occidente, su guerra santa y, si se quiere, su puerta de entrada al paraíso. Por eso, es de esperar que, costosas iniciativas como el Plan Colombia, que involucra en su fase inicial una inversión de $1,200 millones de dólares, sea puesto en un segundo plano, ante la necesidad más urgente de enfrentar al nuevo y poderoso adversario el cual, igual que las drogas, amenaza con destruir al país desde sus propias entrañas.


101 años de Panamá América

 
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