El FMI y Argentina
Ese doble estándar para juzgar a un aliado estratégico y a un país emergente distante de las montañas de Afganistán generó críticas de algunos miembros importantes del directorio del FMI. El Canciller de Francia Hubert Vedrine urgió la pronta ayuda al país del Plata y el vicepresidente de España Rodrigo Ratto se pronunció en sentido idéntico, pero sin tener acogida ambas propuestas. Significativamente, Lawrence Meyer, de la Reserva Federal de Estados Unidos, estima que el FMI debió mostrar mayor flexibilidad ante la crisis argentina.
Sin buscarle justificaciones plausibles a las raíces de la desestabilización económica, que por cierto empezaron en el régimen de Menem, las violentas manifestaciones protagonizadas por los sectores populares son indicativas de lo que acontece cuando un país emergente privilegia los compromisos financieros de la deuda externa en desmedro de las necesidades básicas de la población. No es un dilema fácil de resolver porque a menudo los gobernantes populistas no pagan la deuda ni cumplen con atender las demandas del pueblo.
Sin embargo, Argentina ha sido un laboratorio vivo de las funestas calamidades sociales que excita la ortodoxia fondomonetarista, que exige cortes de gastos sin preocuparles los costos humanos del desempleo. Tampoco angustia a los ejecutivos del FMI que el cumplimiento estricto de los compromisos financieros desemboquen en la inestabilidad política de gobiernos elegidos constitucionalmente. Todo esto, pues, ha llevado a los justicialistas a suspender el pago de los intereses de la deuda externa, recurso extremo pero inevitable para defender los residuos de la gobernabilidad, después de saqueos y agitación en las principales provincias. Desdichadamente, el FMI está preparando medidas de ajuste mucho más severas que las actuales bajo la influencia del gobierno republicano de Bush.
Si no quieren que el incendio se propague en otros países latinoamericanos; si no quieren que los sectores populares de otros países no sigan destruyendo las tiendas de combustibles, el FMI debe prepararse para reprogramar los montos y fechas de vencimiento de las anualidades de la deuda externa. Si no lo hace, América Latina repetirá el ciclo de campañas hostiles a la deuda externa ante la evidencia de que pagar a los acreedores internacionales puede implicar merma de la reactivación interna y menoscabo de la calidad de vida del pueblo. Panamá es uno de los países que debe mirarse en el espejo argentino frente a los compromisos y condicionamientos insólitos del FMI, como ejecutar reformas tributarias en medio de una galopante desaceleración.
Sin buscarle justificaciones plausibles a las raíces de la desestabilización económica, que por cierto empezaron en el régimen de Menem, las violentas manifestaciones protagonizadas por los sectores populares son indicativas de lo que acontece cuando un país emergente privilegia los compromisos financieros de la deuda externa en desmedro de las necesidades básicas de la población. No es un dilema fácil de resolver porque a menudo los gobernantes populistas no pagan la deuda ni cumplen con atender las demandas del pueblo.
Sin embargo, Argentina ha sido un laboratorio vivo de las funestas calamidades sociales que excita la ortodoxia fondomonetarista, que exige cortes de gastos sin preocuparles los costos humanos del desempleo. Tampoco angustia a los ejecutivos del FMI que el cumplimiento estricto de los compromisos financieros desemboquen en la inestabilidad política de gobiernos elegidos constitucionalmente. Todo esto, pues, ha llevado a los justicialistas a suspender el pago de los intereses de la deuda externa, recurso extremo pero inevitable para defender los residuos de la gobernabilidad, después de saqueos y agitación en las principales provincias. Desdichadamente, el FMI está preparando medidas de ajuste mucho más severas que las actuales bajo la influencia del gobierno republicano de Bush.
Si no quieren que el incendio se propague en otros países latinoamericanos; si no quieren que los sectores populares de otros países no sigan destruyendo las tiendas de combustibles, el FMI debe prepararse para reprogramar los montos y fechas de vencimiento de las anualidades de la deuda externa. Si no lo hace, América Latina repetirá el ciclo de campañas hostiles a la deuda externa ante la evidencia de que pagar a los acreedores internacionales puede implicar merma de la reactivación interna y menoscabo de la calidad de vida del pueblo. Panamá es uno de los países que debe mirarse en el espejo argentino frente a los compromisos y condicionamientos insólitos del FMI, como ejecutar reformas tributarias en medio de una galopante desaceleración.