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El fracaso de la educación en México


Antes se decía que cada niño traía su "torta" bajo el brazo. En la economía agrícola, la que sostenía a la mayor parte de la población mundial hasta hace poco, la "dichosa torta" era una realidad.
Cada niño que nacía comenzaba a ser productivo tan pronto podía caminar. En el campo, arrancaba las hierbas, cubría los granos sembrados, espantaba a los pájaros. En la casa, desgranaba el maíz, alimentaba a los animales domésticos o cuidaba a sus hermanos menores. Los niños eran productivos. El beneficio que producían era mayor que los costos que generaban. La "torta" bajo el brazo era verdadera.
La industrialización de las economías cambió esa realidad. Los campesinos se transformaron en obreros. Dejaron el campo y llegaron a vivir a las ciudades. El trabajo se especializó y se convirtió en una mercancía que se compra y se vende. Las leyes de protección a los menores hicieron que los niños se convirtieran en una carga para la familia. En la ciudad, los niños no podían trabajar antes de cumplir cierta edad y tenían que asistir a la escuela seis o más años. En la sociedad industrial, los niños y los jóvenes son consumidores netos. Ciertamente un pesado fardo para las familias pobres. La "famosa torta" desapareció y, en México, hoy los niños son ya deudores al momento de nacer.
La escuela debería preparar a los niños para llevar una vida productiva en la sociedad industrial. El alfabetismo y las matemáticas, los hábitos de higiene, de disciplina y de puntualidad junto con el civismo son la base de la productividad en la sociedad industrial. Inculcarlos no es tarea fácil.
Seis o nueve años de escuela son el mínimo necesario. La escuela es como una fábrica: produce "corridas largas" de productos idénticos. En los países industrializados se desarrollan y se aplican pruebas estandarizadas para el control de calidad. Los jóvenes reciben al final un certificado que "garantiza" que al menos cubrieron los requisitos formales del proceso de aprendizaje.
En México, por desgracia, los resultados de este proceso son inadecuados y costosos. Inadecuados para la economía industrial. El número de analfabetas sigue siendo elevado. El manejo de los números es desconocido para muchos. Los hábitos personales y de convivencia social de muchos individuos no son los que la sociedad moderna requiere. Los profesionales que tenemos son pocos y no responden a las necesidades del desarrollo nacional. Nuestra educación es un verdadero fracaso.
México hoy está siendo presionado por los cambios globales. La economía planetaria es ya la economía de la información. Una nueva economía que produce valor no en el reino de la materia sino directamente en las mentes de los hombres y mujeres, de los niños y de los viejos. Una economía en donde la mayoría manipula conceptos abstractos, palabras e ideas en lugar de máquinas y materiales para con ellos construir nuevas realidades virtuales que producen riqueza y bienestar reales.
En esta nueva realidad global, el éxito no está asegurado para nadie. Son las familias que estimulan a los niños tempranamente, las guarderías que los socializan, las escuelas que están permanentemente integradas a la supercarretera de la información, las bibliotecas públicas virtuales, los clubes y héroes deportivos que los inspiren, los medios electrónicos y los maestros que se esfuerzan por abrirles nuevos horizontes.
La economía informática se basa en "corridas cortas", individualizadas.
Los padres deben poder escoger la escuela y la enseñanza para sus hijos. La competencia y la experimentación son necesarias para lograr una educación de alta calidad. La justicia y la igualdad de oportunidades exigen que se otorguen subsidios directos a quienes los necesitan. Los llamados "bonos educativos". Las mentes de los mexicanos son el recurso más valioso con que contamos. No podemos seguir desperdiciándolas.
Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo AC.

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