El futuro de Hugo Chávez
Simultáneamente con el anuncio de su holgada ventaja electoral, el lenguaje político del candidato presidencial en tránsito a su proclamación como jefe de estado de una nación en grave crisis, empezó a moderarse. La retórica apocalíptica de la campaña inició su gradual morigeración, prometiendo Chávez respetar las inversiones extranjeras, reducir la burocracia como lo demanda el Fondo Monetario Internacional y bajar al cincuenta por ciento el número de ministerios e instituciones públicas.
Realmente no es lo mismo tomar el poder por un golpe de estado que obtenerlo a través de elecciones democráticas. Chávez no tiene otra alternativa que respetar las reglas del juego. Su convocatoria a una Asamblea Constituyente que redacta una nueva constitución tendrá que plantearla dentro de los esquemas legislativos, empezando por reconocer que la oposición tiene la mayoría y que
or tanto deberá dialogar y uno imponer convencer y no coactar. Sus pretensiones de fundar una nueva república que reemplace al sistema que, en cuarenta años de cogobierno, promovió despilfarro, corrupción y el olvido de los sectores populares, es viable en la medida que respete las reglas del juego y aclare algunas de sus iniciativas.
El presidente electo Hugo Chávez se propone crear, por ejemplo, un nuevo poder del estado, denominado poder moral. Retoma un planteamiento histórico estampado por Simón Bolívar en la Carta de Jamaica. El Libertador impulsó la idea del poder moral, como una especie de supervisión y control de la ética de los gobernantes. El proyecto es conveniente en sí mismo, pero en última instancia depende de cómo lo instrumente el gobierno de Chávez. Por lo común, con el pretexto de moralizar el país, los regímenes autoritarios aplican mecanismos clandestinos de control que, a la larga, violan los derechos humanos y desencadenan la destrucción moral de los adversarios. Chávez debe contemplarse en el espejo del gobernante peruano Fujimori que, so pretexto de atacar a los partidos tradicionales, ha convertido al servicio de inteligencia militar en instrumento político para espiar a la oposición, interceptar teléfonos y acosar a los periodistas independientes. En los hechos, pocas cosas son más inmorales que un poder moral, puesto en acción bajo esos términos antidemocráticos.
Por otro lado, en medio de la euforia del triunfo, Chávez recibió una amarga noticia económica, es decir la peor caída del precio internacional del petróleo, en 25 años, eje de la economía venezolana: Con un enorme déficit fiscal y una inflación del 30 por ciento, Chávez se verá urgido a realizar reajustes fiscales, no por sugerencia del FMI, sino dictado por la realidad de sus ingresos. Por añadidura tendrá que confrontar las expectativas generadas por sus anuncios de subir los salarios y aumentar el empleo. El gobierno de Chávez se moverá en una estrecha zanja para maniobrar entre la austeridad fiscal y sus promesas populistas. Día a día se irá incrementando el suspenso en Venezuela y el mundo para conocer cómo navega entre Scila y Caribdis, como decían los clásicos griegos de los navegantes que vieron los arrecifes como feroces monstruos mitológicos.
Realmente no es lo mismo tomar el poder por un golpe de estado que obtenerlo a través de elecciones democráticas. Chávez no tiene otra alternativa que respetar las reglas del juego. Su convocatoria a una Asamblea Constituyente que redacta una nueva constitución tendrá que plantearla dentro de los esquemas legislativos, empezando por reconocer que la oposición tiene la mayoría y que
or tanto deberá dialogar y uno imponer convencer y no coactar. Sus pretensiones de fundar una nueva república que reemplace al sistema que, en cuarenta años de cogobierno, promovió despilfarro, corrupción y el olvido de los sectores populares, es viable en la medida que respete las reglas del juego y aclare algunas de sus iniciativas.
El presidente electo Hugo Chávez se propone crear, por ejemplo, un nuevo poder del estado, denominado poder moral. Retoma un planteamiento histórico estampado por Simón Bolívar en la Carta de Jamaica. El Libertador impulsó la idea del poder moral, como una especie de supervisión y control de la ética de los gobernantes. El proyecto es conveniente en sí mismo, pero en última instancia depende de cómo lo instrumente el gobierno de Chávez. Por lo común, con el pretexto de moralizar el país, los regímenes autoritarios aplican mecanismos clandestinos de control que, a la larga, violan los derechos humanos y desencadenan la destrucción moral de los adversarios. Chávez debe contemplarse en el espejo del gobernante peruano Fujimori que, so pretexto de atacar a los partidos tradicionales, ha convertido al servicio de inteligencia militar en instrumento político para espiar a la oposición, interceptar teléfonos y acosar a los periodistas independientes. En los hechos, pocas cosas son más inmorales que un poder moral, puesto en acción bajo esos términos antidemocráticos.
Por otro lado, en medio de la euforia del triunfo, Chávez recibió una amarga noticia económica, es decir la peor caída del precio internacional del petróleo, en 25 años, eje de la economía venezolana: Con un enorme déficit fiscal y una inflación del 30 por ciento, Chávez se verá urgido a realizar reajustes fiscales, no por sugerencia del FMI, sino dictado por la realidad de sus ingresos. Por añadidura tendrá que confrontar las expectativas generadas por sus anuncios de subir los salarios y aumentar el empleo. El gobierno de Chávez se moverá en una estrecha zanja para maniobrar entre la austeridad fiscal y sus promesas populistas. Día a día se irá incrementando el suspenso en Venezuela y el mundo para conocer cómo navega entre Scila y Caribdis, como decían los clásicos griegos de los navegantes que vieron los arrecifes como feroces monstruos mitológicos.