El futuro de la globalización
La administración de EU ha tomado conciencia de la importancia de la coyuntura y está controlando, mediante decisiones monetarias y fiscales, los comportamientos económicos y sociales ante la evidente recesión. La Reserva Federal impulsa la provisión de liquidez al sistema y ha reducido la tasa de interés, respondiendo con agilidad a la situación creada. El presidente Bush promete una política expansiva del gasto, entre ellos la atención de las dificultades de las líneas aéreas o, más recientemente, la instrumentación de nuevas reducciones impositivas. Otra señal política de importancia es la posible autorización al Ejecutivo para desarrollar pactos comerciales basados en el sistema de la vía rápida. Lo que se pretende es alentar acuerdos comerciales que el Congreso pueda aprobar o rechazar, pero no enmendar o modificar.
El comercio es un ingrediente de la globalización que puede llegar a tener gran valor estratégico para todos los países si incluye la liberalización del comercio de productos agrícolas, postergada durante la segunda mitad del siglo XX, cuando el mundo se abrió a los intercambios industriales. Hay que tener en cuenta que la globalización, aun cuando es la resultante de factores tecnológicos y culturales de gran envergadura, tiene también sus detractores y hay corrientes de pensamientos que discuten su legitimidad y reclaman la imposición de restricciones. Los desórdenes ocurridos en Seattle y Génova son la expresión de esas tendencias que propician nuevas formas de proteccionismo y aislamiento en el plano internacional.
La realidad es que el progreso material de los dos últimos siglos ha estado siempre acompañado de procesos de apertura transnacional. Que la desaceleración de la economía mundial se profundice o no dependerá de la forma en que evolucione el conflicto con el terrorismo, pero también de los comportamientos de las distintas sociedades ante el miedo que suscita todo proceso de integración y apertura.
Mantener la globalización será siempre lo más saludable y lo que mejor responderá a las necesidades del mundo actual. Sin perjuicio de ello, será indispensable una visión clara de los gobernantes y los creadores de opinión respecto de la necesidad de un desarrollo más equilibrado de las relaciones internacionales, como también de una mayor legitimidad y armonía en los vínculos económicos y sociales internos de cada nación.
El comercio es un ingrediente de la globalización que puede llegar a tener gran valor estratégico para todos los países si incluye la liberalización del comercio de productos agrícolas, postergada durante la segunda mitad del siglo XX, cuando el mundo se abrió a los intercambios industriales. Hay que tener en cuenta que la globalización, aun cuando es la resultante de factores tecnológicos y culturales de gran envergadura, tiene también sus detractores y hay corrientes de pensamientos que discuten su legitimidad y reclaman la imposición de restricciones. Los desórdenes ocurridos en Seattle y Génova son la expresión de esas tendencias que propician nuevas formas de proteccionismo y aislamiento en el plano internacional.
La realidad es que el progreso material de los dos últimos siglos ha estado siempre acompañado de procesos de apertura transnacional. Que la desaceleración de la economía mundial se profundice o no dependerá de la forma en que evolucione el conflicto con el terrorismo, pero también de los comportamientos de las distintas sociedades ante el miedo que suscita todo proceso de integración y apertura.
Mantener la globalización será siempre lo más saludable y lo que mejor responderá a las necesidades del mundo actual. Sin perjuicio de ello, será indispensable una visión clara de los gobernantes y los creadores de opinión respecto de la necesidad de un desarrollo más equilibrado de las relaciones internacionales, como también de una mayor legitimidad y armonía en los vínculos económicos y sociales internos de cada nación.