El gobierno da dinero a los amigos
En Chile se ha armado un gran escándalo por el subido monto de honorarios, gastos reservados y otros, que no son contemplados en el presupuesto fiscal y que, sospechan algunos malpensados, habrían sido cobrados por personas o empresas cercanas a los partidos oficialistas. Si así fuera, ¿cuál sería la novedad, cuando todos sabemos que las platas estatales en todo el mundo van a dar de preferencia a los amigos, parientes y correligionarios Es como si nos llamara la atención que en la administración pública contraten sólo a compadres de los partidos oficialistas y que éstos asciendan con mayor rapidez que el resto. Es que, por ser gobiernistas, las personas se hacen de inmediato más inteligentes, y obtienen premios, fondos de investigación, becas, y tantos regalos que se dan a diario.
Se trata, precisamente, de uno de los grandes temas de los estados activos y de gran tamaño: que los recursos quitados por la fuerza a la gente, incluidos los más pobres, se traspasan a compadres, a gremios poderosos, a grupos de empresarios o capitalistas, organizaciones no gubernamentales y variadas modalidades de bolsillos. Todo esto, como es evidente, para el progreso social, y para proteger a idiotas como nosotros, que no comprendemos la vida, no sabemos ser felices ni qué hacer con el dinero que ganamos trabajando.
Los gobiernos, con la mejor intención, favorecen a los contratistas afines y ayudan a los candidatos y partidos en las campañas. En las empresas que controlan, colocan personas de su confianza, y cuando en ellas se generan proyectos de inversión u otras grandes operaciones comerciales, se deslizan dinerillos para fortalecer el mercado político.
Las propuestas públicas se interfieren, aunque siempre se convoca a más de un proveedor para que compitan. Los que hemos sido consultores sabemos que con el sector público no se puede hacer nada sin tener conexiones. Hay algunas excepciones notables que sirven sólo para confirmar la regla.
La verdad es que todos los gobiernos hacen lo mismo, y Chile no ha sido una excepción, con independencia de quién haya estado arriba. Es un problema cuya única solución es desactivar el aparato oficial y terminar con el cuento de que el Estado hace tanto por nosotros. Lo cierto es que casi todo lo hace mal, y en un ambiente de derroche, ineficiencia y corrupción que es inevitable, y que se genera aunque los gobernantes sean personas honestas y decentes.
Andaríamos mejor, por de pronto en el plano moral, si el Estado se limitara a su función tradicional de velar por el orden, la seguridad y la justicia, áreas evidentemente dejadas a un lado porque son poco vistosas en relación con otras, como sacarles platas a unos para dárselas a otros, en una suerte de rifa o juego donde las cartas suelen estar marcadas.
Decano de economía de la Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central.
Se trata, precisamente, de uno de los grandes temas de los estados activos y de gran tamaño: que los recursos quitados por la fuerza a la gente, incluidos los más pobres, se traspasan a compadres, a gremios poderosos, a grupos de empresarios o capitalistas, organizaciones no gubernamentales y variadas modalidades de bolsillos. Todo esto, como es evidente, para el progreso social, y para proteger a idiotas como nosotros, que no comprendemos la vida, no sabemos ser felices ni qué hacer con el dinero que ganamos trabajando.
Los gobiernos, con la mejor intención, favorecen a los contratistas afines y ayudan a los candidatos y partidos en las campañas. En las empresas que controlan, colocan personas de su confianza, y cuando en ellas se generan proyectos de inversión u otras grandes operaciones comerciales, se deslizan dinerillos para fortalecer el mercado político.
Las propuestas públicas se interfieren, aunque siempre se convoca a más de un proveedor para que compitan. Los que hemos sido consultores sabemos que con el sector público no se puede hacer nada sin tener conexiones. Hay algunas excepciones notables que sirven sólo para confirmar la regla.
La verdad es que todos los gobiernos hacen lo mismo, y Chile no ha sido una excepción, con independencia de quién haya estado arriba. Es un problema cuya única solución es desactivar el aparato oficial y terminar con el cuento de que el Estado hace tanto por nosotros. Lo cierto es que casi todo lo hace mal, y en un ambiente de derroche, ineficiencia y corrupción que es inevitable, y que se genera aunque los gobernantes sean personas honestas y decentes.
Andaríamos mejor, por de pronto en el plano moral, si el Estado se limitara a su función tradicional de velar por el orden, la seguridad y la justicia, áreas evidentemente dejadas a un lado porque son poco vistosas en relación con otras, como sacarles platas a unos para dárselas a otros, en una suerte de rifa o juego donde las cartas suelen estar marcadas.
Decano de economía de la Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central.