El “gobierno vertical”
En Panamá, son muy pocos, poquísimos, los ministros y ministras que conservan el cargo durante todo el mandato presidencial. Y esa tradición no cambiará con el Sr. Martinelli, quien ha quitado el sueño a varios de los que designó hace un año con grandes elogios, al anunciar, sin dar nombres, que cambiará varios ministros y directores de entidades autónomas, porque “algunos se han quedado rezagados”.
Las encuestas han venido “identificando” a los y las integrantes del equipo de gobierno que reciben las calificaciones más pobres por su desempeño. Además, uno de ellos, fue emplazado a renunciar por un diputado, cuya “estatura política” fue exaltada por el propio Martinelli. Pero aparte de esa crónica de una “destitución anunciada”, ¿cuáles otros u otras serán defenestrados? Las especulaciones están a la orden del día.
En Panamá, los ministros, así lo señala la Constitución en el Artículo 183, son de libre nombramiento y remoción por el presidente de la República. Sin embargo, esa facultad ha tenido matices y limitaciones en aquellos casos en que un presidente o presidenta logró su victoria electoral a la cabeza de una alianza de fuerzas equilibradas y de pactos para repartir parcelas o cuotas de poder. Pero ese no es el caso del Sr. Martinelli, quien prácticamente ganó solo; todavía mantiene un alto nivel de aceptación y, además, agranda su partido a pasos agigantados con las deserciones masivas que socavan a sus aliados y también a sus ex-adversarios del PRD.
Tan consciente es el Sr. Martinelli de su poder político, que no se limitó a anunciar cambios ministeriales. También incluyó a las instituciones autónomas, sin importarle que esos cargos no sean de su libre nombramiento y remoción; pues casi todos requieren de la ratificación de la Asamblea o que tengan períodos fijos. Para salvar las apariencias, tendrán que darse, y se darán, nadie lo dude, algunas “renuncias espontáneas”.
Una de las consecuencias negativas de un presidencialismo exacerbado, que en el caso del Sr. Martinelli no es achacable a la Constitución sino a la personalidad y el “estilo” del gobernante, es que en sus ministros y altos funcionarios se arraiga la inseguridad, el temor a dar pasos en falso y una denodada competencia por imitar y agradar al jefe.
Los cambios vienen, eso ya está decantado. Pero, ¿será eso lo que conviene a Martinelli para proyectarse, él y su gobierno, o para evitar que baje su nivel de aprobación? Lo pongo seriamente en duda. La solución no es el cambio de personas, pues el problema es la ausencia de rumbo institucional, resultado de la falta de un “plan de gobierno coherente”.
Salvo en la época de la dictadura, ningún gobernante había conseguido tanta ascendencia sobre los otros órganos del Estado, en los que incluyo al Tribunal Electoral, el Ministerio Público y la Contraloría. Y si, además, la llamada “oposición” es un “tigre de papel”, es claro que, por acción o por omisión, el Sr. Martinelli manda con poderes casi omnímodos. Tal vez él y sus más íntimos colaboradores consideren que esa “ascendencia” le permite gobernar mejor o con más efectividad. Creo que están equivocados. La concentración del poder, aparte de antidemocrática, también concentra la responsabilidad política, y no solo por los aciertos; también por los errores.