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El golpe de Estado en Ecuador


El derrocamiento del presidente constitucional ecuatoriano Jamil Mahuad constituye un serio revés para la democracia latinoamericana, que virtualmente resucitó desde mediados de los años 80 luego de sucesivas décadas de dictaduras militares firmemente asentadas en el Cono Sur, y de democracias de papel en México, el Istmo centroamericano y el Caribe.
Lo ocurrido en Ecuador es producto de una compleja trama en la que se entrelazan la pobreza generalizada, el desempleo espantoso, la inflación galopante, la deuda asfixiante, el abuso de la riqueza por unos pocos, la corrupción endémica y una fuerza militar omnipresente.
En ese escenario, cualquier gobierno que intente quebrar la estructura de los intereses económicos que entrelaza a los militares con las empresas financieras, el poder económico, el contrabando, la burocracia y el aparato judicial corrupto hasta el tuétano, será derrocado. Jamil Mauad trató de quebrar esa estructura corrupta y ésta terminó quebrándolo. Igual ocurrió a su predecesor, el también presidente electo Bucaram derrocado en 1998 por los mismos autores del golpe del viernes.
El desencadenante de la espiral golpista fueron las masivas manifestaciones indígenas que sirvieron de base a los militares para pretextar anarquía. Pero circunscribir el movimiento indígena al contexto étnico, conduciría a un error. Más bien hay que tener presente que ellos allá son mayoría y personifican la pobreza. Su toma de las calles de la capital y del Congreso simbolizó por ende el derrumbe de las represas que largamente contenían el problema social.
La explicación dicha al oído por los golpistas es que Mahuad debía ser sacrificado, para evitar una represión sangrienta que constituiría una tragedia mayor. Desde ese punto de vista, la sustitución del mandatario por su vicepresidente Gustavo Novoa, asegura una apariencia mínima de respeto de la institucionalidad. Pero en el fondo, es un mero maquillaje de un vulgar golpe de estado que tan sólo busca mantener el status quo. Novoa tan sólo les da un respiro, mientras el sistema consolida sus posiciones para seguir pelechando del poder.
Por otro lado, es indudable que existe una relación entre lo ocurrido en Ecuador y lo que pasa actualmente en Venezuela. Ambos son países petroleros y presentan básicamente el mismo traumatizante cuadro social, económico y político. No es difícil entonces anticipar igual resultado. El petróleo requiere estabilidad para que sus precios se mantengan.
Por último, lo ocurrido tiene que ver con nosotros. EU debe haber sentido la pérdida de sus bases en Panamá. Y es de suponer que a corto plazo presionarán más para encontrar algún sustituto. Porque se les ha creado un anillo bolivariano al cuello, que aprieta los vitales intereses petroleros de una cadena de pozos que se extiende desde el Caribe venezolano, las llanuras del sureste colombiano y la amazonia ecuatoriana. Por otro lado, está la advertencia subyacente de lo que ocurre a las barbas del vecino si no cesa la corrupción y no se atiende adecuadamente la problemática social panameña.

101 años de Panamá América

 
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