El gran engaño
La salida del último asesor de Mireya Moscoso no ha causado el impacto que merece. Mario Galindo, en la forma elegante que lo caracteriza, explicó que renunciaba porque ya no se era necesario en el gobierno. En 1998, durante la campaña electoral, Moscoso entendió que el electorado tenía serias dudas sobre su capacidad para gobernar el país (y el electorado no se equivocó, según lo ha demostrado el tiempo) y decidió engañarnos a todos rodeándose de figuras prestigiosas a quienes presentó como sus asesores en el futuro gobierno. Mario Galindo, J.J. Vallarino y Roberto Eisenman, con su participación activa en la campaña, ayudaron a Moscoso a ganar la presidencia. Una vez instalada, la Presidenta conformó un grupo de cinco asesores denominados en los círculos del gobierno como el “gabinete de cocina”, aludiendo a una traducción literal del término “kitchen cabinet” que usan los norteamericanos. El equipo fue integrado por los tres ilustres antedichos, a quienes se agregaron Raúl Arango, sumado a la Coalición de Gobierno inmediatamente después de la victoria, y Carlos Rodríguez, arnulfista de vieja data, a quien la mandataria pidió retornar de Miami en donde residía.
Otras figuras que la opinión popular percibió como asesores (Weeden, Antadillas, Bernal), tuvieron otros orígenes y funciones, pero realmente nunca integraron este selecto y lujoso grupo. Lo impresionante, lo aterrorizante, es que transcurridos menos de tres años del nuevo gobierno, los cinco asesores del “gabinete de cocina” han renunciado y todos por la misma razón: estuvieron de adorno. Nunca se les escuchó ni se atendieron sus recomendaciones. El primero en irse fue Carlos Rodríguez, quien volvió a Miami en marzo de 2000. Luego ante el ruego de Moscoso, regresó a Panamá para mantener las apariencias. Un año después, en mayo del 2001, se fue Beby Arango, silenciosamente y sin aspavientos, satisfaciendo la solicitud presidencial de no dar a conocer su salida. Luego llegó el turno de Roberto Eisenman, quien sí causó gran revuelo con su renuncia, a partir de la cual se ha dedicado a criticar con delicadeza a su antigua jefa. J.J. Vallarino no tuvo que renunciar. Simplemente dejó de asistir a las inútiles reuniones en la presidencia y se fue disipando sin hacerle falta a nadie. Finalmente, el último de los asesores de lujo, Mario Galindo, también ha dicho adiós.
Moscoso nos engañó a todos. Toma sus decisiones con aquéllos a quienes el pueblo siempre repudió y temió ver en el gobierno y a quienes hábilmente escondió durante la campaña electoral. Debería existir en nuestra Constitución una salida institucional para los casos en que el país confronte un desgobierno mayúsculo como el actual. Se atrevería Moscoso a enfrentar un referéndum con una sola pregunta: ¿Debe salir de la máxima magistratura de inmediato, sí o no? Independientemente de la idílica posibilidad de corregir un lamentable error popular sacando del poder institucionalmente a quien demuestre flagrante incapacidad en el cargo, una cosa ya ha quedado demostrada: el gobierno de Mireya Moscoso pasará a la historia de Panamá como el peor del período republicano.
(jjherreram@hotmail.com)
Otras figuras que la opinión popular percibió como asesores (Weeden, Antadillas, Bernal), tuvieron otros orígenes y funciones, pero realmente nunca integraron este selecto y lujoso grupo. Lo impresionante, lo aterrorizante, es que transcurridos menos de tres años del nuevo gobierno, los cinco asesores del “gabinete de cocina” han renunciado y todos por la misma razón: estuvieron de adorno. Nunca se les escuchó ni se atendieron sus recomendaciones. El primero en irse fue Carlos Rodríguez, quien volvió a Miami en marzo de 2000. Luego ante el ruego de Moscoso, regresó a Panamá para mantener las apariencias. Un año después, en mayo del 2001, se fue Beby Arango, silenciosamente y sin aspavientos, satisfaciendo la solicitud presidencial de no dar a conocer su salida. Luego llegó el turno de Roberto Eisenman, quien sí causó gran revuelo con su renuncia, a partir de la cual se ha dedicado a criticar con delicadeza a su antigua jefa. J.J. Vallarino no tuvo que renunciar. Simplemente dejó de asistir a las inútiles reuniones en la presidencia y se fue disipando sin hacerle falta a nadie. Finalmente, el último de los asesores de lujo, Mario Galindo, también ha dicho adiós.
Moscoso nos engañó a todos. Toma sus decisiones con aquéllos a quienes el pueblo siempre repudió y temió ver en el gobierno y a quienes hábilmente escondió durante la campaña electoral. Debería existir en nuestra Constitución una salida institucional para los casos en que el país confronte un desgobierno mayúsculo como el actual. Se atrevería Moscoso a enfrentar un referéndum con una sola pregunta: ¿Debe salir de la máxima magistratura de inmediato, sí o no? Independientemente de la idílica posibilidad de corregir un lamentable error popular sacando del poder institucionalmente a quien demuestre flagrante incapacidad en el cargo, una cosa ya ha quedado demostrada: el gobierno de Mireya Moscoso pasará a la historia de Panamá como el peor del período republicano.
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