El grito de los hambrientos
En silencio y persistentemente nuestros niños siguen muriendo de hambre, mientras desde todos los rincones del país, las críticas a la corrupción política se levantan cada día con mayor vehemencia. En Panamá hay hambrientos de todo tipo. En un país, por cuyas calles transita la ostentación mostrada a mera vista por cientos automóviles de lujo y otras bellezas, el grito de los hambrientos parece no tener eco. En las esferas del gobierno, el tema principal es sobre el recambio del poder político y no parece haber en agenda, un programa estratégico capaz de hacerle frente a la pobreza.
Llegó la hora de la veleidad y la rapacidad. El volcán de las pasiones políticas empieza a humear antes de tiempo. Aún en el alba del nuevo año, y al despuntar del primer mes, el aleteo de las aves electoreras se dibuja en el cielo del país con verdaderas señales de golosa hambre. Pero su hambre es distinta, radicalmente distinta, a la que se anida en las entrañas de cientos de miles de niños panameños, que parecen condenados al retorno a la madre tierra, ante de que la vida hubiere deparado oportunidades. El hambre de unos y otros es harto diferente. Unos, los de los "porsches, meches y bemes", están harto prevenidos y curados de las famélicas consecuencias de la falta de carbohidratos, proteínas y lípidos, mientras que los otros, pese a marchar desde una frontera a la otra, no encuentran un pedazo de tierra en la cual cultivar un bendito único grano.
Y mientras el hambre marcha incontenible por aldeas y pueblos, en busca del siguiente pequeño o pequeña, quizá para darles una oportunidad en la otra vida, y que su sufrimiento visceral sea corto y benévolo, por las mismas aldeas y pueblos ya se ve el revoloteo, valga decir, la marcha implacable de los "buscavotos profesionales cincoañeros". Estos marchan con un mendrugo de pan, quizá sin mantequilla, en una mano, y en la otra una banderita que lleva impresa la paradojal frase " vota por mí para darte una vida feliz."
La marcha de los hambrientos es por ahora silenciosa, no tiene el acompañamiento de las estridencias de altoparlantes y de la cadencia de las murgas de los buscavotos del alba. Los hambrientos no reparan, no miran la mano de la banderita, se les van los ojos mirando la que sostiene el mendrugo, y se preguntan cuándo terminará aquel soso discurso que el huesudo y macilento abuelo, le balbucea al oído a su nieto, "Tengo setenta años de venir escuchando el mismo discurso, y mira que si tienen buena memoria, porque es el mismo de cada cinco años y que les he oído por catorce veces". Mientras tanto, los nietos siguen mirando la mano que ase aquel mugroso mendrugo y se preguntan cuándo lo soltará, aquel caído del cielo. Ya no quieren seguir viendo la banderita, y es que casi, literalmente hablando, no pueden seguir viéndola. Los retortijones de sus amplias barriguitas, llenas de parásitos se tornan insoportables y los minutos marchan en su contra. La parca amenaza con arrebatarles el último suspiro.
Este triste escenario se torna más dramático y tétrico, cuando al pequeño pueblo llega la noticia de otro niño que ha muerto de hambre. Pero el "buscavotos" sigue con su discurso y su música, abstraído en sus promesas de siempre. Y como ya todos los asistentes al mitín se han marchado para ofrendar una flor de macano por el inocente que se ha ido, de pronto cae en cuenta que está solo, que lo han dejado solo. Levanta el vuelo (marcha) y se muda al siguiente pueblo, sin soltar el mendrugo de sus manos y sin dejar caer siquiera una pequeña migaja. Se va raudo al siguiente pueblo y, de tarde en tarde, se repite el mismo espectáculo. Así transcurre el tiempo arengando, de aldea en aldea; de vez en cuando tira al aire una porción del mendrugo por cada mil banderitas. Algunos, los más viejos, saben que es el mismo mendrugo de hace cinco años atrás.
El espectáculo no puede ser más canalla y denigrante. Custodiados en sus carretas de cien mil palos o guanos, van dejando el lastre de su miserable marcha, sin advertir, por un instante, que se avecina una multitud de harapientos de extrema, no crean ustedes que son de la extrema izquierda, no definitivamente no, sí son la extrema, pero de la extrema pobreza. Al verlos, los "buscavotos" se alegran. Sus rápidas, pero no tan ágiles mentes, empiezan a sumar cien, doscientos, tres mil, veinte mil votos. Pero al acercarse, entre el polvo levantado por "los meches y bemes" escuchan el grito y el pregón de los hambrientos. Al oírlos no reparan en dar marcha atrás. Lo que escuchan no son vivas y más vivas. Es el grito de los hambrientos llorando las precoces y desafortunadas muertes de sus hijos. No hay discurso ni mendrugo que pueda acallar el dolor de aquellas pérdidas. No hay oído para el discurso, ni ojos para las banderitas y de pronto, cuando pasen cincos años, al ritmo que danza la parca por el país, ya no habrá a quien descargar aquel mismo discurso de hace setenta años, y quizá ya no habrá abuelos que lo recuerden al oído.
¿Qué nos ha pasado a los panameños? Despertemos y tiremos el voto al que no hace promesas y al que no respeta nuestra inteligencia. ¿No cree Ud. que de cada valla política saldría más de un comedor? No somos un país pobre, somos un país de pobres y miserables de espíritu, atrapados en la futilidad del poder y empeñados en perpetuar el genocidio silencioso de las futuras generaciones. En casi todos los discursos de los políticos, en campaña mañanera, se derraman efluvios de bondosas y generosas intenciones y promesas, que a ciencia cierta, al leerlos líneas por línea y entre líneas, no atisbamos ningún asomo ni pista que indique un compromiso sincero en pro del adecentamiento en el manejo de la res pública, que haga posible la generación de proyecto de desarrollo, orientado por la justicia social y enfocado al desarrollo humano sostenible del país. Noticias como las que leemos en los diarios, " Otro niño muere de hambre", son una bofetada asestada no sólo en la faz (en la jeta, como diría mi abuela) de los que gobiernan, sino en la de todos los panameños que apostamos por el progreso y la prosperidad de todos los habitamos en esta tierra. Ojalá los que equivocaron su voto, tengan la aptitud para intuir qué candidato será el más capaz de escuchar y responder al grito de los hambrientos.
Llegó la hora de la veleidad y la rapacidad. El volcán de las pasiones políticas empieza a humear antes de tiempo. Aún en el alba del nuevo año, y al despuntar del primer mes, el aleteo de las aves electoreras se dibuja en el cielo del país con verdaderas señales de golosa hambre. Pero su hambre es distinta, radicalmente distinta, a la que se anida en las entrañas de cientos de miles de niños panameños, que parecen condenados al retorno a la madre tierra, ante de que la vida hubiere deparado oportunidades. El hambre de unos y otros es harto diferente. Unos, los de los "porsches, meches y bemes", están harto prevenidos y curados de las famélicas consecuencias de la falta de carbohidratos, proteínas y lípidos, mientras que los otros, pese a marchar desde una frontera a la otra, no encuentran un pedazo de tierra en la cual cultivar un bendito único grano.
Y mientras el hambre marcha incontenible por aldeas y pueblos, en busca del siguiente pequeño o pequeña, quizá para darles una oportunidad en la otra vida, y que su sufrimiento visceral sea corto y benévolo, por las mismas aldeas y pueblos ya se ve el revoloteo, valga decir, la marcha implacable de los "buscavotos profesionales cincoañeros". Estos marchan con un mendrugo de pan, quizá sin mantequilla, en una mano, y en la otra una banderita que lleva impresa la paradojal frase " vota por mí para darte una vida feliz."
La marcha de los hambrientos es por ahora silenciosa, no tiene el acompañamiento de las estridencias de altoparlantes y de la cadencia de las murgas de los buscavotos del alba. Los hambrientos no reparan, no miran la mano de la banderita, se les van los ojos mirando la que sostiene el mendrugo, y se preguntan cuándo terminará aquel soso discurso que el huesudo y macilento abuelo, le balbucea al oído a su nieto, "Tengo setenta años de venir escuchando el mismo discurso, y mira que si tienen buena memoria, porque es el mismo de cada cinco años y que les he oído por catorce veces". Mientras tanto, los nietos siguen mirando la mano que ase aquel mugroso mendrugo y se preguntan cuándo lo soltará, aquel caído del cielo. Ya no quieren seguir viendo la banderita, y es que casi, literalmente hablando, no pueden seguir viéndola. Los retortijones de sus amplias barriguitas, llenas de parásitos se tornan insoportables y los minutos marchan en su contra. La parca amenaza con arrebatarles el último suspiro.
Este triste escenario se torna más dramático y tétrico, cuando al pequeño pueblo llega la noticia de otro niño que ha muerto de hambre. Pero el "buscavotos" sigue con su discurso y su música, abstraído en sus promesas de siempre. Y como ya todos los asistentes al mitín se han marchado para ofrendar una flor de macano por el inocente que se ha ido, de pronto cae en cuenta que está solo, que lo han dejado solo. Levanta el vuelo (marcha) y se muda al siguiente pueblo, sin soltar el mendrugo de sus manos y sin dejar caer siquiera una pequeña migaja. Se va raudo al siguiente pueblo y, de tarde en tarde, se repite el mismo espectáculo. Así transcurre el tiempo arengando, de aldea en aldea; de vez en cuando tira al aire una porción del mendrugo por cada mil banderitas. Algunos, los más viejos, saben que es el mismo mendrugo de hace cinco años atrás.
El espectáculo no puede ser más canalla y denigrante. Custodiados en sus carretas de cien mil palos o guanos, van dejando el lastre de su miserable marcha, sin advertir, por un instante, que se avecina una multitud de harapientos de extrema, no crean ustedes que son de la extrema izquierda, no definitivamente no, sí son la extrema, pero de la extrema pobreza. Al verlos, los "buscavotos" se alegran. Sus rápidas, pero no tan ágiles mentes, empiezan a sumar cien, doscientos, tres mil, veinte mil votos. Pero al acercarse, entre el polvo levantado por "los meches y bemes" escuchan el grito y el pregón de los hambrientos. Al oírlos no reparan en dar marcha atrás. Lo que escuchan no son vivas y más vivas. Es el grito de los hambrientos llorando las precoces y desafortunadas muertes de sus hijos. No hay discurso ni mendrugo que pueda acallar el dolor de aquellas pérdidas. No hay oído para el discurso, ni ojos para las banderitas y de pronto, cuando pasen cincos años, al ritmo que danza la parca por el país, ya no habrá a quien descargar aquel mismo discurso de hace setenta años, y quizá ya no habrá abuelos que lo recuerden al oído.
¿Qué nos ha pasado a los panameños? Despertemos y tiremos el voto al que no hace promesas y al que no respeta nuestra inteligencia. ¿No cree Ud. que de cada valla política saldría más de un comedor? No somos un país pobre, somos un país de pobres y miserables de espíritu, atrapados en la futilidad del poder y empeñados en perpetuar el genocidio silencioso de las futuras generaciones. En casi todos los discursos de los políticos, en campaña mañanera, se derraman efluvios de bondosas y generosas intenciones y promesas, que a ciencia cierta, al leerlos líneas por línea y entre líneas, no atisbamos ningún asomo ni pista que indique un compromiso sincero en pro del adecentamiento en el manejo de la res pública, que haga posible la generación de proyecto de desarrollo, orientado por la justicia social y enfocado al desarrollo humano sostenible del país. Noticias como las que leemos en los diarios, " Otro niño muere de hambre", son una bofetada asestada no sólo en la faz (en la jeta, como diría mi abuela) de los que gobiernan, sino en la de todos los panameños que apostamos por el progreso y la prosperidad de todos los habitamos en esta tierra. Ojalá los que equivocaron su voto, tengan la aptitud para intuir qué candidato será el más capaz de escuchar y responder al grito de los hambrientos.