El grito que no escuché
En 1999, la ONU reconoció oficialmente el 25 de noviembre como el "Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres". Valga la ocasión para elogiar a los diferentes grupos que alzan sus voces por aquellos que sólo han podido callar. Ellos han luchado con furor por erradicar este flagelo que ataca a la humanidad.
Conmemoramos el día de la no violencia contra la mujer, pero no podemos descartar que nuestra sociedad está golpeada por este fenómeno, que se incrementa a diario en diversas modalidades.
No olvidemos que también es violencia el desecho de un ser vivo gestante que lucha por crecer y que es minimizado a despojo. Es violencia el olvido de los ancianos, porque su voz se apaga y su cuerpo se debilita. Es violencia perturbar las mentes de inocentes y no obrar con justicia. Es violencia no ser dignos y también callar, olvidar y contribuir en dejar pasar estos males por simplemente no inmiscuirse en ellos.
Siendo eco de la labor de estos grupos está el génesis de esta reflexión para transmitir el sentir de aquellos que han sufrido los embates de esta plaga y no han podido subsistir o luchan por sobrevivir.
Nadie escapa de la violencia: La escuchamos en las noticias; la vemos en los trabajos, en las calles y en la vida cotidiana. Está por doquier, pues aún en sus formas más sutiles no deja de ser violencia. Está inmersa en la sociedad siendo a veces aceptada y, lo peor, justificada. La violencia es democrática, no discrimina raza, edad, credo, ni condición social. Fugazmente ataca y sumerge a la víctima en un mar profundo que la asfixia. Estas palabras van dirigidas a la sociedad en general pero, en especial, al componente de ella más afectado.
Es necesario hablar sin reparo ante la violencia. A través del poder de la palabra debemos desnudar el vestido del alma de los que viven esta situación y dejar al descubierto las consecuencias de la violencia.
Exponer con frases intensas el dolor que atraviesan las víctimas de la violencia no basta. Es preciso denunciar la violencia desde sus raíces.
Espero que estas palabras posean el valor y sean capaces de transmitir los sentimientos más hondos de aquellos que no pudieron hablar. Las víctimas callan por diversas razones, razones que no se nos está permitido juzgar. Pero, ¡qué triste el padecimiento del que no puede hacer nada!
La manera de contribuir a su erradicación es la denuncia de tales hechos. La violencia no debe ser un mecanismo de solución de conflictos. Es preciso que las denuncias repiquen en los oídos de los que pueden hacer algo. Que tu silencio no hiele los corazones y las mentes de quienes con el manto de la indiferencia ocultan la subcultura de la violencia.
No te permitas solamente ver el mar en calma. No hagas oídos sordos al grito silencioso de tantas víctimas que claman por justicia.