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El gusto de ir a Panamá


Panamá tiene una resonancia profunda en nuestra memoria histórica y en el devenir de nuestro futuro. Es el nombre que evoca el esfuerzo del Libertador Simón Bolívar por lograr una América Latina más integrada, es la referencia al esfuerzo titánico que llevó a construir un canal por el cual se unieron dos océanos, es el ejemplo de la recuperación de ese canal por parte de Panamá para reforzar su independencia, es la ruta por donde Chile sale al encuentro de buena parte de sus mercados para avanzar en su crecimiento.
Chile es el quinto usuario del Canal. Estados Unidos y China se cuentan entre quienes le anteceden y ello habla de la importancia que esa ruta tiene en nuestro desarrollo. Pero también el diálogo entre Chile y Panamá está marcado por el interés de incrementar la cooperación en materias de seguridad, educación, cultura y economía.
Ambos países ya tenemos firmados varios acuerdos, entre ellos, algunos de cooperación técnica y científica, promoción y protección de las inversiones, prevención del uso ilícito de estupefacientes, transporte aéreo, turismo, agricultura, minería, inversiones públicas y asuntos navales. Recién hemos reanudado las conversaciones para explorar la factibilidad de un TLC entre ambos países. Pero ahora, especialmente, me trae a Panamá una circunstancia que aprecio profundamente: la III Feria Internacional del Libro. No hay relación rica entre los países si junto al crecimiento económico no colocamos la cultura, las dimensiones de lo que somos y las realidades mayores donde se asienta nuestra identidad.
Escritores y hombres de letras de más de 170 países llegarán hasta el Istmo, entre ellos algunos de los nuestros para mostrar el perfil de la literatura chilena contemporánea, en diálogo con sus colegas del resto del continente y del mundo.
Con el presidente Martín Torrijos compartimos esta visión de conjunto donde se articulan humanismo y política, como también coincidimos en la mirada que tenemos sobre los desafíos de la América Latina en el siglo XXI y la forma de avanzar en este tiempo.
América Latina ha dejado de ser caracterizada como una región dominada por regímenes autoritarios. El respeto a los derechos de las personas y a las instituciones democráticas que los garantizan se ha afianzado en el continente. Sin embargo, nuestras democracias siguen enfrentando importantes desafíos para consolidarse y conservar, recuperar o ampliar la adhesión ciudadana. La gobernabilidad democrática requiere de mejores instituciones y mayor fortaleza. Al mismo tiempo, debemos lograr que nuestro crecimiento económico vaya de la mano con el progreso social. Es en este ámbito donde nuestras democracias tienen su más grave déficit y, por lo tanto, donde más debemos exigirnos. No podemos dar vuelta la espalda a las cifras de la pobreza, del desempleo, de la discriminación y la falta de oportunidades en este continente.
La democracia se construye con libertad. La libertad se alimenta de los sueños posibles de cada ciudadano. Ello exige una cierta intervención del Estado en la vida económica y social, a fin de procurar a todas las personas las prestaciones y servicios que requieren para la satisfacción de sus necesidades básicas. Es lo que conocemos como bienes públicos. Hacer efectivo el acceso a esos bienes supone, primero, un enorme esfuerzo de toda la sociedad en pos del crecimiento y la modernización de la economía que haga posible su financiamiento. Segundo, también importante, una democracia de ciudadanos que vele porque los frutos de ese esfuerzo se distribuyan según criterios de equidad y humanidad. Hablar de estos temas enriquece el diálogo que hoy tienen Chile y Panamá.
Hemos puesto la mirada en el futuro y sabemos que esta es la única senda posible para avanzar con realismo y seriedad en la construcción de sociedades más justas e igualitarias.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América