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El Haití nuestro de cada día


Hace varias décadas, bajo la dirección del hoy desaparecido sociólogo Gerard Pierre Charles, se reunieron en Panamá delegaciones de haitianos provenientes de distintas partes del mundo. Era la intelectualidad haitiana que, parte de una diáspora obligada, encontraba aquí un espacio para la reflexión sobre el trágico destino que desde su independencia, la primera ocurrida en América Latina, ha acompañado al Haití nuestro de cada día. “Dispersos por el mundo, obligados a vivir alejados de Haití hoy, muchos nos reencontramos después de tantos años de vagar por el mundo”, dijo Pierre Charles en aquella ocasión. Cuando se independizó hace más de 200 años, Haití era el principal proveedor de azúcar de Francia, y su acción de autonomía le valió una millonaria indemnización por parte de París. Desde esa fecha, el aislamiento ha marcado su destino. Pareciera que la ignorancia y el odio en que se tradujo la dictadura de los Duvalier, y el salvajismo posterior de sus gobernantes no ha dado pie para otra cosa que no sea el analfabetismo y la miseria. De Haití sólo se sabe por la tragedia. Hace varios años, las Naciones Unidas entraron a ser garantes de un proceso cuyos resultados se desconocen. En un editorial de diciembre pasado, pedíamos a las Naciones Unidas informes sobre los progresos y las dificultades en Haití, porque no basta con seguir lamentando la incertidumbre de esa Nación. Después de tanta indiferencia, la humanidad está en deuda con ese país.

101 años de Panamá América

 
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